Breve historia del Museo Louvre

La riqueza patrimonial del Museo Louvre se conserva hoy en un impresionante conjunto de edificios, que ha valido al museo el renombre de ser “el más grande del mundo”. Pero, además de museo, el Louvre es una obra arquitectónica excepcional, un monumento que ha ido tomando forma a lo largo de ocho siglos de una turbulenta historia, a veces trágica, que coincide con la de Francia y sus soberanos.

Museo del Louvre

UNA FORTALEZA MEDIEVAL

La historia arquitectónica del Louvre comenzó a Finales del siglo XXI, cuando Felipe Augusto (1165-1223) mandó construir un imponente torreón circular rodeado por una muralla con torres y dos edificios en la esquina suroeste de lo que es hoy el patio “Carré”. Esta fortaleza destinada a proteger París de los eventuales ataques del enemigo inglés se alzaba en un lugar llamado “Lupara”, de donde procede la palabra Louvre, que tantas hipótesis etimológicas ha suscitado, de ellas la más pintoresca es la que dice que antiguamente era una “lobera”.

patio Carré

Con el paso del tiempo, el edificio militar –del que se conservan vestigios en el sótano del museo, desde que se sacaron a la luz en 1984-1985– fue perdiendo su carácter defensivo. Sirvió de prisión, de arsenal y, con Felipe IV el Hermoso, de depósito del Tesoro Real. Las dependencias recibieron en pocas ocasiones a los sucesivos soberanos acostumbrados a una existencia itinerante de castillo en castillo, hasta que Carlos V (1338-1380), tras haber edificado alrededor de París una nueva muralla con un recinto más vasto, estableció su residencia. Raymond du Temple, encargado de acondicionar el Louvre y a través de esa misión de exaltar el poderío real, aportó el confort y el lujo que le faltaban: hizo más altos los antiguos edificios y en los dos nuevos, comunicados por una suntuosa escalera, la “gran escalera de caracol”, abrió grandes ventanales y decoró sus interiores con frescos y artesonados. En la bella residencia gótica, el rey instaló su famosa biblioteca, compuesta por centenares de manuscritos raros, joyas y objetos preciosos.

Pero la elección del Louvre como residencia real fue efímera. Francia atravesaría después largas décadas de disturbios –demencia de Carlos VI, conflictos civiles, guerra de los Cien Años–, sucesos que llevaron a los reyes a abandonar París e instalarse en el valle de Loira o en la región Ile-de-France.

EL RENACIMIENTO DEL LOUVRE

Habría que esperar a un gran constructor como Francisco I (1494-1547) para que la antigua fortaleza abandonada se convirtiera en un palacio digno de la capital del reino. En el espacio de la Gran Torre, derribada en 1528, se hizo un patio y, en 1540, se renovaron los edificios para acoger dignamente el emperador Carlos V. Después, en 1546, empezaron las transformaciones decisivas: sobre los antiguos cimientos de la muralla, en paralelo al río Sena, el arquitecto Pierre Lescot erigió un nuevo edificio, siendo Jean Goujon el encargado de la decoración de las fachadas, artista excepcional al que también debemos las magníficas columnas-mujer de la sala de las Cariátides, donde hoy se presentan una parte de las esculturas antiguas, y que fuera antes sala de ceremonias de la residencia real. La disposición de la fachada interior del edificio, en tres niveles, con amplios ventanales, arimeces, cornisas y columnas ofrece un testimonio ejemplar de la arquitectura del Renacimiento francés que, por otra parte, determinaría la historia monumental del Louvre, puesto que sirvió de inspiración y modelo en las sucesivas ampliaciones de los edificios.

la sala de las Cariátides

La obra de Lescot, acabada esencialmente durante el reinado de Enrique II (1547-1559) prosiguió al sobrealzar un ala en ángulo que enlazaba con el edificio anterior a través del pabellón del Rey. Durante el reinado de Carlos IX (1560-1574) continuaron las obras con la construcción de una pequeña galería a la italiana en dirección del Sena y catalina de Médicis, viuda de Enrique II, mandó edificar un palacio fuera de la ciudad, en el lugar llamado Tullerías –de los talleres de ‘tuiles’, tejas en francés, instalados allí antiguamente, de ahí su nombre–, a quinientos metros al oeste del Louvre. El arquitecto Philibert Delorme concibió en ese espacio un enorme cuadrilátero con varios cuerpos de edificios, pero las obras, confiadas a su sucesor Jean Bullant, sólo se realizaron en parte. Lo único que se consiguió realizar fue el acondicionamiento del jardín a la italiana, en el que Bernard Palissy decoraría con terracotas esmaltadas una pequeña cueva pintoresca, como gustaba en aquella época.

EL GRAN PROYECTO REAL

Aunque demasiado corto, el reinado de Enrique IV (1589-1610) sería decisivo en la historia del palacio, ya que gracias a este monarca, que anhelaba consolidar a París como el centro político e intelectual de Francia, se debe el deseo de enlazar el Louvre con las Tullerías. Para ello, proyectó completar la Pequeña Galería perpendicular al Sena y, sobre todo, erigir un largo edificio bordeando el río, la Gran Galería, o “Galería a orillas del agua”, de 460 metros de longitud, que terminaron en 1608 Louis Métezeau y Jacques II Androuet du Cerceau. Y por último, un complejo conjunto de edificios y patios debería ser la ciudad real abierta a los artistas con la que soñaba aquel rey.

tullerías

Desafortunadamente, asesinado en 1610, Enrique IV no pudo ver su “gran proyecto” realizado, pero su hijo Luis XIII (1610-1643) asumió la continuación del plan. Confió al pintor Nicolas Puossin el decorado interior de la Gran Galería y encargó a Jacques Le Mercier que completase el patio “Carré” haciendo que desaparecieran los últimos vestigios medievales. Por ello, el arquitecto prolongó el ala de Lescot y edificó el pabellón del “Horloge”, ‘cierre central’ del palacio del Louvre. Con Luis XIV (1643-1715), Louis Le Vau continuó las ampliaciones cerrando el cuadrilátero por medio de la edificación del ala oriental. La fachada exterior fue objeto de un concurso en el que participó Bernini, pero su proyecto calificado de demasiado “italiano” fue eliminado, siendo Claude Perrault con su austera columnata el ganador.

Las obras obligaron a la corte a trasladarse a las Tullerías, renovadas en 1666, que dominaban un parque a la francesa dibujado por Le Nôtre. Pero Luis XIV, obsesionado por su palacio de Versalles, decidió convertirlo en su residencia permanente abandonando París en 1678.

A finales del siglo XVIII, el palacio, desde hacía tiempo desalojado por los soberanos, inacabado y sin techo en algunas partes, se dividió en talleres y viviendas donde habitaban artistas mezclados a una población heteróclita.

EL RETORNO A LAS GRANDES REFORMAS

Las décadas de inestabilidad política posteriores no fueron propicias para obras arquitectónicas de envergadura. A pesar del deseo manifiesto de Napoleón I por reanudarlas, los arquitectos Percier y Fontaine sólo pudieron erigir el arco del triunfo del Carrusel, a la entrada del patio de las Tullerías e iniciar el ala norte de la confluencia de los palacios del Louvre, del lado de la calle de Rivioli, trazada en 1802. Habría que esperar todavía casi medio siglo para que el ‘gran proyecto’ de Enrique IV estuviera de nuevo a la orden del día.

louvre

Algunos tramos en el ala norte se construyeron durante la Restauración, pero fue Napoleón III (1808-1873), que residía en las Tullerías desde su proclamación, el que reemprendió las reformas que dieron al Louvre los volúmenes imponentes de hoy, Louis Visconti y Hector Lefuel, los encargados de esta obra colosal sucesivamente, derribaron el barrio que había ido estableciéndose desde hacía siglos entre los palacios, completaron los edificios, construyeron nuevos pabellones a uno y otro lado del actual patio Napoleón y uniformizaron las fachadas, a veces destruyendo las antiguas. Una parte de los nuevos locales se destinó a la administración, reservándose a Napoleón III una suite en el ala norte. El emperador inauguró el Nuevo Louvre el 14 de agosto de 1857.

Pero apenas la “ciudad  imperial” terminada sobrevino la guerra franco-germana de 1870, seguida de una guerra civil, la Comuna, y la destrucción de las Tullerías por un incendio en 1871, que abrió una brecha en el inmenso trapecio que formaba con el Louvre. Entonces se pensó en restaurar las Tullerías, pero al final se derribaron en 1883, excepto las extremidades del edificio desaparecido, los pabellones de Marsan y de Flore.

EL SIGLO XX

Debido a las sucesivas ampliaciones, los edificios fueron objeto paralelamente de importantes remodelaciones interiores. Primero destinadas a exaltar la gloria de los monarcas, estas renovaciones se orientaron después a enaltecer las obras de arte conservadas en el monumento, constantemente en aumento. Esta firme voluntad conoció su apoteosis en el siglo XX con el proyecto del “Gran Louvre”, lanzado en 1981 por el presidente François Miterrand y cuya manifestación material más espectacular la constituye la pirámide de cristal del Louvre, situada en el patio Napoleón, claramente contemporánea, concebida por el arquitecto Ieoh Ming Pei. Se alza como la coronación de una operación de gran envergadura que consistió en ampliar el museo añadiendo la parte que ocupaban las administraciones y en renovar las galerías subterráneas para albergar los locales técnicos y mejorar el acceso de los visitantes.

pirámide de cristal del Louvre

Este deseo de poner de relieve la exposición de las colecciones, en continuo devenir, se inscribe en la historia dos veces centenaria –y esta vez del museo– del Louvre.

DEL PALACIO AL MUSEO

El museo del Louvre abrió oficialmente sus puertas en medio del tumulto de la Revolución Francesa, el 10 de agosto de 1793. Y sin embargo, el nacimiento de este “Museo central de las Artes”, abierto a todos, lo habían preparado desde hacía tiempo, durante el Antiguo Régimen, los sucesivos directores de los Edificios del rey. Desde 1768, el marqués de Marigny, apoyado por la petición de escritores y filósofos de las Luces, había sometido a Luis XV un primer proyecto para exponer las colecciones reales en la Gran Galería. El proyecto, rechazado entonces, fue retomado y ampliado por el conde de Angiviller que, con el fin de crear un “museum”, realizó el inventario de las colecciones reales guardadas en el Louvre, además de realizar adquisiciones y restaurar cuadros. El pintor Hubert Robert, que custodiaba las obras, participó en el programa del museo y, en particular, propuso la iluminación central.

louvre salas

Las dificultades de financiación y los sucesos políticos interrumpieron la ambiciosa empresa fomentada durante el Antiguo Régimen, pero desde 1791 se formó una comisión de artistas para preparar la apertura del Museum. Se expusieron cuadros en la Gran Galería, y en la planta baja de la Pequeña Galería se presentaron las antigüedades. La colección real, que pasó a ser “nacional”, se enriqueció durante la Revolución con obras de artistas incautadas en los edificios religiosos y en las viviendas de los emigrantes. Con el paso del tiempo, se fueron añadiendo las requisas realizadas en los Países Bajos, Italia y Alemania durante las guerras napoleónicas. Nuevamente bautizado como “Museo Napoleón” en 1803, el Louvre, dirigido entonces por Vivant Denon, ofrecía un conjunto excepcional de obras maestras en las salas especialmente renovadas para mostrarlas.

EL INCREMENTO DE LAS COLECCIONES

El final del Imperio, en 1815, obligó al museo, nuevamente “real”, a restituir las obras embargadas, excepto un centenar que fueron objeto de negociaciones e intercambio –entre ellas las célebres Bodas de Caná de Veronés. Pero pronto nuevas colecciones empezaron a constituirse, en particular con el traslado al Louvre de las esculturas del efímero Museo de los Monumentos Franceses, cerrado en 1816, y, sobre todo, gracias a las misiones arqueológicas que ampliaron el campo del saber a nuevas civilizaciones e hicieron al museo con sus descubrimientos. El aflujo de antigüedades griegas –la Venus de Milo llegó al Louvre en 1821–, romanas, egipcias o de oriente próximo condujo a la renovación del conjunto de edificios, en particular, los del patio “Carré” donde se crearon los “museos” especializados: el museo Egipcio, confiado a Champillion en 1826, o el museo Asirio creado en 1847, presidido por los toros alados de Khorsabad.

Bodas de Caná de Veronés

Por último, donaciones y adquisiciones enriquecieron al museo en las décadas siguientes hasta el punto de que se hizo necesaria una nueva distribución de las colecciones por departamentos para darles mayor coherencia. Hoy, con un total de ocho, permiten presentar al público unas treinta mil obras, a las que cabe añadir las conservadas en el departamento de Artes Gráficas, que se muestran por turno en las exposiciones temporales.

Escrito por Anne Sefrioui y traducido por Ana Botella Sorribes, texto tomado del libro La Guía del Louvre, 2015.

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