Nota sobre una enemistad literaria: Reyes y López Velarde / José Emilio Pacheco | MÁS LITERATURA

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Ramón López Velarde (1888-1921) y Alfonso Reyes (1889-1959) pertenecen a la generación de los que tuvieron veinte años en 1910: la generación del Ateneo de la Juventud al que no se incorporó López Velarde, quien por entonces apenas terminaba sus estudios de abogado en San Luis Potosí.

A simple vista, la cronología es el único lazo de unión entre dos escritores separados en primer término por la clase social a la que pertenecieron. López Velarde fue hijo de una modesta familia de Jerez, Zacatecas. El general Bernardo Reyes, en cambio, era entre 1899 y 1909 el segundo “hombre fuerte” del país, al punto que muchos lo vieron como el probable sucesor de Porfirio Díaz. Alfonso Reyes fue un producto de la Escuela Nacional Preparatoria en su última fase, cuando los alumnos reaccionaron contra la enseñanza positivista de su fundador, Gabino Barreda, y su rebeldía intelectual —que únicamente en los casos de José Vasconcelos y Martín Luis Guzmán se tradujo después en militancia política— minó la base ideológica del porfiriato en vísperas de que se iniciara la lucha armada.

López Velarde estuvo inicialmente en la ciudad de México de junio de 1912 a febrero de 1913. No hay testimonio de ningún encuentro con Reyes. Desde sus textos adolescentes Reyes mostró la seguridad del escritor nato y una información cultural que sólo podía adquirirse en las condiciones económicas más privilegiadas. En esa época ya había dado un asombroso libro juvenil, Cuestiones estéticas. López Velarde tuvo un aprendizaje más lento: la Prosa política que durante aquellos meses publicó en el diario católico La Nación resulta indigna de lo que escribe a partir de 1915.

En la vida de Reyes el hecho crucial fue la muerte de su padre el 9 de febrero de 1913. La llamada “Decena trágica”, los días en que la capital fue devastada por la rebelión del ejército porfiriano —rebelión que en sus primeros momentos encabezó Bernardo Reyes— y el asesinato de! presidente Francisco I. Madero, también provocaron en López Velarde un perdurable horror a la violencia y lo hicieron alejarse temporalmente de la ciudad de México.

No menos intensa que la pugna intergeneracional es la que existe a veces entre individuos de una misma generación. Las relaciones literarias de Reyes y López Velarde configuran el cuadro de una enemistad literaria, bien que expresada con la finura, sutileza y cortesía que hasta hace poco se juzgaron características de los mexicanos.

Desde 1914 Reyes se había establecido en Madrid, sin prisa ni pausa, su trabajo editorial y periodístico aumentaba el prestigio que adquirió antes de salir de su país. Cuando en 1920 reunió sus primeros cuentos en El plano oblicuo, una reseña de López Velarde —que ya era el autor de La sangre devota (1916) y Zozobra (1918)— rompió el fuego e insinuó muchos de los cargos que sus malquerientes siguieron manejando en contra de Reyes:

Alfonso Reyes, El plano oblicuo, Madrid, 1920.

En el grupo de nuestros buenos prosistas —José Juan Tablada, Rafael López, Francisco Orozco Muñoz, Julio Torri, para no citar otros—, Alfonso Reyes representa lo que pudiéramos llamar el parpadeo fosfórico del estilo. Su prosa es fosfórica en el sentido de la titilación cerebral y en el sentido de la emoción, porque aun ésta se tiñe de colores intelectuales, casi siempre graciosos. Mucho se ha hablado de las capacidades para la prosa en relación con la vocación para la poesía. Lo cierto es que no se puede suscribir una regla terminante. Si hemos tenido grandes poetas, aptos para la prosa (Díaz Mirón, por ejemplo) en otros no ocurre igual. Lo que sí parece comprobarse es que cuando el poeta sobresale por su disciplina netamente artística, su prosa descuella. Tal es el caso de Reyes, por más que le prefiramos, en definitiva, fuera de la lírica. Ni qué decir que su personalidad rebasa los límites de una nota volandera. Para la joven generación es Alfonso Reyes un modelo de perspicacia, de ondulación, de seso y de lectura. Quizá con demasiada experiencia de los libros, en cuanto que ciertas fragancias juveniles se hallan amortiguadas en él. El volumen a que nos referimos hoy, compuesto de prosas de años muy anteriores, exhibe, como sus libros más recientes, eso donaire intelectivo a que aludíamos al principio, donaire tan vigoroso que M resuelve, a veces, en guarismos de razón pura. Esta manera de desencarnar los tipos y las situaciones, extrayéndoles su ideología espectral y haciendo que la pasión misma so desenlace en muecas de filósofo, es una de las operaciones principales que ejecuta Reyes, y la señal primera y concluyen te de su fuerza. También es su riesgo . . . Felizmente, el autor de Cuestiones estéticas atesora fibras vitales, malicia y numen que lo librarán de despistarse en vías discursivas. Estamos seguros de que seguirá dándonos, como hasta aquí, el esqueleto de la idea y la emoción palpable, la vitrina en que sueñan las materias grises y el tallo en que respiran los cinco sentidos. Nos lo fían así su virtud humana y su travesura, que no cesa de pestañear.

Nadie nos dice lo que quisiéramos oír de la manera en que nos gustaría escucharlo. Acaso Reyes hubiera cambiado todos los legítimos elogios a su prosa por el reconocimiento que siempre anheló como poeta. Hombre de auténtica generosidad, exento de la triste envidia que se diría la enfermedad profesional de los escritores. Reyes, con todo, no parece haberse consolado jamás de que López Velarde y no él fuera el gran poeta de su generación. Paralelamente, el autor de Zozobra, a juzgar por su reseña, debe de haber resentido la destreza incomparable de Reyes en un terreno que él también frecuentaba.

“Venganza literaria” llamó Reyes a una fantasía ensayística de 1926 recogida en un libro de 1953: Árbol de pólvora,* auténtica curiosidad literaria pues se dice —y no hay posibilidad de comprobarlo— que, una vez impreso, el mismo Reyes apartó el tomo de la circulación. El texto está en una clave cuyo código no compartimos; pero hacia el final hay un pasaje que, por algunos rasgos caricaturescamente lopezvelardeanos (“poetas de campanario”, “faldas de percal”, “virtudes aldeanas”, “incienso de la parroquia”, etcétera), es interpretable como el vaso en que se contiene la “venganza” del título:

Aquí salió cantando en falsete nuestro Apollinaire, que si no le daban caviar todas las noches, como a los viajeros mimados de la Holland-America Line, era capaz de hacer esto y lo otro. Yo, que sentía la necesidad de crear absurdos, lo alcancé por el cuello, lo enjerté en los poetas de campanario, y me puse a cosechar, en mi nuevo árbol evolutivo, primaveras almidonadas en faldas de percal y servilletas duras como cartones, del tiempo de Don Simón. Así, así me las pagarán todas esos del Ángelus, esos del Toque de Queda, esos de las muchachas de la retreta, esos de las virtudes aldeanas, esos del incienso de la parroquia, esos de las tardes de la granja, las veladas de la quinta y hasta Don Catrín el Calavera: poetas pepitos, poetas rotos para decirlo a la mexicana. Traen raídos los traseros del alma y lo andan tapando como pueden, y dicen que es por meditabundos y por pasear manos a la espalda. Y los dejé convertidos en papel de moscas, olor de sin-sin, aguaflorida barata, mucílago y panal de América en dulzor de pegajosas pepitorias. ¡Fuchi!

Trece años después, (1939), en una memoria de sus años de juventud que da título al libro Pasado inmediato, y fue escrita “para la sesión conmemorativa del Primer Congreso Nacional de Estudiantes reunidos en México el año de 1910”, Reyes dedica seis escuetas palabras a “Ramón López Velarde, estrella fugaz en nuestro cielo poético”.

Menos reticente se muestra en “De Poesía Hispanoamericana”, otro ensayo del mismo volumen, informe preparado para The Nation (Nueva York), “en una serie destinada a ofrecer un panorama de conjunto al público norteamericano”.

La naturaleza casi telegráfica del género milita contra toda acusación de mala fe por parte de Reyes:

El argentino Fernández Moreno (1886-1950), poeta de lo cotidiano, puede acercarse a los criollistas, al uruguayo Fernán Silva Valdés (1887) y al mexicano Ramón López Velarde (1888-1921). Este, en quien se descubren rastros de Lugones y de Francis Jammes, arte aldeano y arte complicado, y en quien hoy la joven crítica busca muchos secretos, conquistó la fama de una vez con una sola poesía: La suave patria.

En 1951 Reyes publicó su único texto consagrado exclusivamente a fijar su posición ante López Velarde: “Croquis en papel de fumar”. Es tan sutil como la reseña de El plano oblicuo pero la delicada agresividad se halla presente desde las primeras palabras que no ocultan la intención de “fumarse”, de reducir no tanto a cenizas como a lo que Reyes consideraba su justa proporción, el prestigio póstumo de López Velarde:

La persona física y moral de López Velarde ha dejado una impresión de blancura. En su persona poética hay mucho que explorar. Desentendámonos de influencias: el inevitable Lunario sentimental y, creo yo, la Antología Francesa Moderna de [Enrique] Díez-Canedo y [Fernando) Fortún. Desentendámonos de minuciosas técnicas: conceptismo y gongorismo espontáneos y también cultivados, barroco de la Nueva España o como se llame, etc. Si nos atenemos al saldo, resaltan tres notas principales, concertadas por el solo hecho de coexistir; que aquí nunca fueron felices los intentos de sistematización racional. El ser es mucho más que razón, y no hay confesión más amplia del ser que la poesía. Tales notas o aspectos son, brevemente enumerados, el agua corriente, el cristal del agua congelada y el rumor del agua subterránea. El agua corriente. Nitidez, candor, religión de devocionario, música popular, feria, provincia, sentimientos elementales, rubores y armonías coloristas, costumbrismo en azul y en rosa. Pienso en un Aduanero Rousseau (chaqué y ramo de flores), en un Francis Jammes muy mexicano:

Mi madrina invitaba a mi prima Águeda

a que pasara el día con nosotros…

En la referencia familiar, todo el terruño; en la referencia al hábito de “pasar el día”, toda la aldeana lentitud, tiempo remansado en lago, presente durable. El agua en cristal. Estabilidad, equilibrio, escultura y esmalte, casi parnasianos; un decir justo, que se inmoviliza en la meta:

Patria, tu superficie es el maíz;

tus minas, el palacio del Rey de Oros,

y tu cielo, las garzas en desliz

y el relámpago verde de los loros.

O bien la exactitud, el laconismo clásico ya intocable:

Joven abuelo: escúchame loarte,

único héroe a la altura del arte.

El agua profunda. Algo del “nuevo calofrío” que Hugo halló en Baudelaire. Voz patética, sensualidad y miedo, simbolismo más o menos consciente, sonambulismo “suprarrealista”, avant la lettre. Se oye un hondo ruido de catavotro.

La complejidad, la trama de estos motivos se establece, desde luego, merced a recursos de cultura; pero, sobre todo, de sensibilidad. El fruto de nuestra América hereda, sin querer saberlo ni detenerse a analizarlo, la savia de muchas tradiciones.

Véase cómo puede brotar la imagen, cómo la cabal expresión, de un vago recuerdo infantil: En Jerez perduró de algún modo el prehistórico matrimonio de rapto.” ‘El padre nunca daba a la hija, que tanto fuera confesar su ineptitud para mantenerla, grave desdoro. El novio comenzaba por arrebatarla, a reserva de sellar las paces ante los hechos consumados. Hasta hace poco, las novias se salían de su casa y se refugiaban junto a alguna familia amiga antes de las nupcias. Los parientes no asistían a la iglesia, y ellas se casaban llorando (¿No ha recordado el poeta, por ahí, el pañuelo de lágrimas, indispensable en las bodas?). La reconciliación, a los pocos días, lo arreglaba todo. En la mente de López Velarde se agitan estas visiones, mezcladas con las mitologías del valiente y del bandido enamorado, tema de los “corridos”. La patria se le vuelve mujer. La quiere con apetito, con dolor y con sangre. Y ¿qué le dice?

Quiero raptarte en la cuaresma opaca,

sobre un garañón, y con matraca,

y entre los tiros de la policía.

Puede pensarse que es una falta de respeto y una nota del peor gusto traer a cuento estas pequeñeces, discretamente sepultadas por nuestra historiografía literaria. Pero no hay razón para no discutir en público lo que se dice en privado: en esta enemistad sin virulencia hay un rasgo humanizador, oportuno cuando Reyes y López Velarde han sido ampliamente “recuperados” y corren el riesgo de volverse estatuas de mármol en el mausoleo de la cultura oficial, en vez de convertirse en las lisuras vivas, polémicas y actuantes que para nuestro beneficio literario necesitamos ver en ellos. Por lo demás, la legítima admiración por Reyes y López Velarde basta para sentirse eximido de todo sentimiento culpable.

Sin quererlo ni buscarlo, quienes ahora estamos vivos ya somos esa efímera posteridad a la que toca resolver provisionalmente la querella. De modo inevitable, el juicio ha de ser salomónico: López Velarde es un gran poeta, Reyes un gran escritor en prosa, pero en el campo literario no existen líneas rectas sino espirales y curvas: una simplificación tan arbitra ria como esta oscurece irresponsablemente los méritos de la prosa de El minutero y del verso de Ifigenia cruel y tantos otros poemas admirables de Reyes.

Las paralelas llegan a encontrarse; los opuestos se vuelven complementarios en ese bien común de una tradición, donde los individuos se desvanecen y ya no cuenta la propiedad privada. Si Reyes y López Velarde no existieran habría que inventarlos. La ausencia de sus libros nos empobrecería irremediablemente. No hay rivalidades en literatura porque cada quien no puede competir en serio sino consigo mismo, con los niveles que se fije y las aptitudes que posea. Nadie quiere (ni puede) escribir lo que escribe el otro. “Todo lo sabemos entre todos ” fue el lema de Alfonso Reyes. Tal vez podría añadirse que todo lo escribimos entre todos.

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