Espíritu y materia, Bertrand Russell | MÁS LITERATURA

Russell 1

Platón, con el esfuerzo de la religión, ha llevado a la humanidad a aceptar la división del mundo conocido en dos categorías: espíritu y materia. Los físicos y los psicólogos, a la vez, han empezado a dudar de esa dicotomía. Según empieza a suponerse, la materia, como el Gato de Cheshire, se está haciendo cada vez más diáfana, hasta el punto que, de ella, no queda nada más que la mueca regocijada, motivada, probablemente, por la diversión que le producen los que todavía creen que la están viendo. El espíritu, por otro lado, como consecuencia de la cirugía cerebral y de las dichosas oportunidades que ha ofrecido la guerra para estudiar los efectos producidos por las balas incrustadas en tejidos cerebrales, empieza a suponerse, cada vez más, que es sólo un subproducto trivial de determinados tipos de condiciones fisiológicas. Esta concepción se ha visto reforzada por el horror morboso a la introspección, que acosa a los que temen que cierta vida privada, sea la que fuere, puede exponerles a las atenciones de la policía. Estamos, así, en presencia de una curiosa situación paradójica, que recuerda el duelo entre Hamlet y Laertes, en la que los estudiosos de la física se han hecho idealistas, mientras que muchos psicólogos están al borde del materialismo. La verdad es, naturalmente, que espíritu y materia son ilusiones. Los físicos, que estudian la materia, descubren este hecho en ella; los psicólogos, que estudian el espíritu, lo descubren en él. Pero cada grupo sigue convencido de que el objeto de estudio del otro debe tener alguna solidez. Lo que pretendo hacer, en este ensayo, es restablecer las relaciones entre espíritu y materia, de manera que no impliquen la existencia de uno ni de otra.

Lo que se puede llamar la opinión convencional ha variado poco desde la época de los cartesianos. Existe el cerebro, que actúa siguiendo las leyes físicas; y existe el espíritu, que, aunque parece poseer algunas leyes propias, está sometido, en muchos aspectos decisivos, a las condiciones físicas del cerebro. Los cartesianos suponían la existencia de un paralelismo, según el cual, el espíritu y el cerebro estaban, cada uno por su lado, determinados por sus propias leyes, pero, con tan estrecha relación entre las dos series, que, cuando se daba un acontecimiento en una, era seguro que fuera acompañado por un acontecimiento correspondiente en la otra. Utilicemos una sencilla analogía: si suponemos que un inglés y un francés recitan, cada uno en su lengua y al mismo ritmo, el Credo de los Apóstoles, se puede deducir, por lo que uno de ellos dice en un momento dado y en su idioma, lo que está diciendo el otro en el suyo. Las dos series se suceden paralelamente, aunque ninguna de las dos es causa de la otra. Pocas personas admitirían ahora esta teoría en su integridad. La negación de la interacción entre el espíritu y el cerebro está en contradicción con el sentido común y nadie ha aportado en su favor argumentos que no fueran metafísicos. Todos sabemos que un estímulo físico, como un puñetazo en la nariz, puede provocar una reacción mental —en este caso, de dolor—. Y todos sabemos que esta reacción mental de dolor puede ser la causa de un movimiento físico; por ejemplo: de otro puñetazo. Existen, sin embargo, dos escuelas opuestas, no tanto en pensamiento como en práctica. Una de las escuelas tiene por ideal un completo determinismo físico por lo que se refiere al universo material, junto con un diccionario que establece que determinados fenómenos físicos son contemporáneos, invariablemente, de ciertos fenómenos mentales. Existe otra escuela, cuya parte más influyente está constituida por los psicoanalistas, que investiga simplemente las leyes psicológicas y no pretende, desde el principio, el establecimiento de una armazón causal en la física. La diferencia entre las dos escuelas se manifiesta en la interpretación de los sueños. Si usted tiene una pesadilla, una de las escuelas le explicará que es debido a que ha comido demasiada langosta, y la otra, v a que está inconscientemente enamorado de su madre. Estoy lejos de tomar partido en una polémica tan áspera; mi opinión personal es que cada tipo de explicación está justificado allí donde tiene éxito. Realmente, yo concibo el problema global de un modo que suprime la controversia; pero, antes de que pueda aclararlo, es necesario hacer una considerable cantidad de aclaraciones teóricas.

Descartes, como todo el mundo sabe, dice: «Yo pienso, luego yo existo.» Y continúa en seguida, como si no hubiera dicho nada nuevo, afirmando: «Yo soy una cosa que piensa.» Sería difícil encerrar, deliberadamente, tal número de errores en tan pocas palabras. Empecemos con «Yo pienso». La palabra «Yo» se ajusta, forzosamente, a la gramática y la gramática entraña la metafísica de nuestros primeros antepasados indoeuropeos, tal y como la tartamudeaban en torno de sus fuegos de campamento. Por lo tanto, debemos suprimir la palabra «yo». Dejaremos el verbo «pienso», pero sin sujeto, puesto que él sujeto entraña una creencia en la substancia que debemos excluir de nuestros pensamientos. Las palabras «luego yo existo», no sólo repiten el pecado metafísico que encarna la palabra «yo», sino que cometen, además, el pecado, tan enérgicamente puesto en la picota en todas las obras de Carnap, de confundir una palabra entre comillas con una palabra que no está entre comillas. Cuando digo «yo soy» o «Sócrates existió» o cualquier afirmación similar, realmente estoy diciendo algo sobre la palabra «yo» o la palabra «Sócrates»: simplificando, estoy diciendo que «yo» o «Sócrates» son nombres. Pues es evidente que, si se piensa en todas las cosas que existen en el mundo, dichas cosas no se pueden dividir en estas dos categorías: las que existen y las que no existen. De hecho, la no existencia es una propiedad muy rara. Todo el mundo sabe la historia de los dos filófosos pesimistas alemanes, en la que uno de ellos exclama: «¡Cuánto más feliz se hubiera sido si no se hubiese nacido!» A lo que el otro responde, con un suspiro: «¡Es verdad! Pero ¡qué pocos son los que tienen esa dicha!» De hecho, no tiene sentido decir de alguna cosa que existe. Lo que tiene sentido es decir que la palabra con que se expresa esa idea designa algo, lo cual no es verdad en palabras como «¡Hamlet! » Cada alusión sobre Hamlet, en el drama, lleva implícita la siguiente afirmación falsa: «’Hamlet’ es un nombre», porque no se puede tomar el drama como una parte de la historia de Dinamarca. De modo que, cuando Descartes dice «yo soy», lo que debía dar a entender es: «’yo’ es un nombre»; afirmación, sin duda, muy interesante, pero que no tiene las consecuencias metafísicas que Descartes quería extraer de ella. Sin embargo, no son éstos los errores que deseo hacer resaltar en la filosofía de Descartes. Lo que yo deseo hacer resaltar es el error que presupone decir: «yo soy una cosa que piensa». En esta frase se supone la filosofía de la substancia. Se supone que el mundo consiste en objetos más o menos permanentes con estados cambiantes. Esta concepción fue desarrollada por los metafísicos originales que inventaron el lenguaje, y que se encontraron muy sorprendidos al comprobar la diferencia que existía entre sus enemigos cuando estaban luchando con ellos, por una parte, y esos mismos enemigos después de ser degollados, por otra, a pesar de que estaban persuadidos de que ése que antes temían y ése que después se estaban comiendo eran una misma persona. De semejantes orígenes es de donde el sentido común deriva sus creencias. Y lamento decir que demasiados profesores de filosofía consideran como un deber el convertirse en portavoces del sentido común rindiendo así, sin duda, sin la intención de hacerlo, un homenaje a las supersticiones salvajes de los caníbales. ¿Con qué debemos sustituir la creencia de Descartes de que era una cosa que pensaba? Naturalmente, había dos Descartes, cuya diferenciación es la que hace surgir el problema que deseo discutir. Había el Descartes para sí mismo y el Descartes para sus amigos. Descartes estaba interesado en el que era para sí mismo. Lo que era para sí mismo no queda descrito de la mejor forma diciendo que era una entidad única que podía adoptar estados cambiantes. La entidad única es completamente superflua. Los estados en constante cambio bastan. Ante sí mismo, Descartes aparecía como una serie de acontecimientos, cada uno de los cuales podría llamarse un pensamiento, siempre que la palabra se interprete ampliamente. Lo que era para los otros, de momento, lo ignoraré. Era esta serie de «pensamientos» lo que constituía el «espíritu» de Descartes; pero su espíritu no fue una entidad independiente, como la población de Nueva York no es una entidad independiente, además de un ser un número de habitantes. En vez de decir: «Descartes piensa», debemos decir: «Descartes es una serie cuyos miembros son pensamientos.» Y, en lugar de: «luego Descartes existe», debemos decir: «Puesto que ‘Descartes’ es el nombre de esa serie, de ello se sigue que ‘Descartes’ es un nombre». Pero la afirmación: «Descartes es una cosa que piensa», no la podemos sustituir con nada, ya que dicha afirmación no contiene nada más que sintaxis defectuosa.

Fragmento del ensayo “Espíritu y materia”, del libro Retratos de memoria y otros ensayos, de Bertrand Russell

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