Camino hacia Demir, por Andrea Pereira | MÁS LITERATURA

Virginia camina descalza, con su pijama corto, por su descolorido y húmedo apartamento de la Ciudad Vieja. Tomando una taza de café, mira por la ventana, está comenzando un nuevo día. Deja su taza a medio tomar junto a la computadora. La enciende y comienza a grabar su voz:

Santiago, sabes bien que odio escribir por eso te mando este mensaje. Hace seis meses que tomé esta decisión, pero no quería comunicártela hasta estar totalmente segura de que iba a hacerlo. Nuestra relación no va muy bien, tenemos que ser sinceros, no sabemos ni de qué hablar cuando estamos solos, llevamos ocho años de novios y no hicimos ni un solo plan de convivencia, mucho menos de matrimonio. No te lo reclamo, no creas que es por eso, tampoco deseo que pase.

Guarda la grabación y la adjunta a un mail. Camina hacia el guardarropas, y saca una maleta, luego una cartera. Se quita el pijama, y lo deja tirado en el suelo. Desnuda, revisa las pocas ropas que quedan dentro del viejo mueble, elige un jean negro y una blusa roja, se los pone, toma la cartera y va hacia la cama, saca un pasaje de avión y lo observa un momento. Lo deja a un lado, se sienta en la cama y estira una pierna hacia debajo de la misma, saca de allí las zapatillas negras, y se las pone.

Me gusta la ciudad vieja, piensa, pero necesito un cambio, necesito algo radical. Cumplí treinta y nueve años, y no quiero llegar a los cuarenta sin conocer nada más que este barrio y un par más de lugares, pero todo dentro del país. Deseo ver mundo, observa por la ventana nuevamente, sabe que algún día ese paisaje será un recuerdo. Ese olor a humedad y ese panorama que ha visto por tantos años.

Vuelve a sentarse frente a su computadora.

Espero que me disculpes, Santiago, las cosas pasaron sin querer, un día hace más o menos un año, creo que un año, sí, estaba aburrida mirando fotos en Facebook, y tuve una solicitud de amistad, lo acepté, era un hombre que con dificultad hablaba español, y algo de inglés. Lo comencé a ayudar con lo del idioma, y hoy se defiende muy bien, Demir, así se llama él, comenzó a contarme muchas cosas de su vida, y nos hicimos amigos. Intercambiamos fotos nuestras y de los países. Una tarde, hará unos ocho meses, vos y yo habíamos discutido, ni me acuerdo por qué, bueno, llegué me conecté, y Demir apareció online, chateamos horas, me hizo sentir bien, en calma, hizo que olvidara el mal rato.

Guarda el segundo audio y lo adjunta. Camina hacia el espejo; mirándose, recoge su cabello, sonríe, lo vuelve a soltar.

Creo que la vida sin riesgos y sin locuras no tiene sentido, piensa, mi vida con Santiago no va para ningún lado, y ya no siento lo mismo. La culpa no es de Demir, no es de Santiago, no es mía, es la vida, el destino, cosas que pasan y nada más.

Vuelve a la computadora y graba otro audio.

Al otro día intercambiamos las cuentas de Skype, nos vimos por webcam, todo comenzó jugando, haciendo bromas por los problemas que él tiene con el idioma, riéndonos de nosotros mismos, luego siguió con lanzarnos besos, ¡Ay, Santiago! Creo que es hiriente para vos que te cuente los detalles, basta con que sepas que tuve una experiencia diferente. Nunca pensé que podría a llegar a gustarme tanto, creo que porque me sentí atractiva, deseada, como vos hace años no me haces sentir. El punto es que este tipo de relación, digámosle íntima con Demir, se repitió muchísimas veces al punto de rechazarte en varias ocasiones. No te voy a mentir, comenzó como una novedad, siguió como un vicio y termine enamorándome de él. No sé si para vos cuenta como que tengo un amante, o te parece una tontería, pero te estoy dejando porque lo amo. Me voy porque creo que mi única frontera es mi voluntad, no hay límites para esto, el amor es así, sólo pasa.

Solo grabaré un audio más, susurra tras adjuntar el archivo anterior al mail, y piensa, dicen que es un país muy bonito, que tiene edificios increíbles, he buscado imágenes además de las fotos que me mostró Demir. Sí, yo quiero conocer ese lugar, pero da igual, no me voy solamente por hacer turismo, o cambiar de aires, me voy porque allí me espera él, en realidad no es un camino hacia su país, es un camino hacia Demir. Sí, quiero conocer el mundo, tener nuevas experiencias, pero sin Demir no me interesaría, no lo hubiera siquiera imaginado.

Se levanta, camina hacia la maleta, la pone sobre la cama junto a la cartera, guarda los pasajes en el bolsillo y graba:

Tuvimos buenas épocas, pero hace seis meses, cuando le dije a Demir que lo amaba, y me propuso que me fuera con él que siento que acá no tengo nada. A mis viejos no los veo hace como tres años, mi trabajo es una porquería y, en fin, lo único que quise fue explicártelo, y no desaparecer como una loca. No te amo, Santiago, pero te quiero muchísimo.

Virginia adjunta el último archivo de audio. Toma la maleta, la cartera y, sin sentarse, escribe : “Santiago, en los archivos te lo explico todo, me voy para Turquía, con cariño, Vicky”. Lo envía y se va con una sonrisa en los labios, el paso seguro, dejando el pijama en el suelo, la computadora encendida y una taza a medio tomar de café.

Andrea Pereira (1983). Escritora uruguaya, sus cuentos fueron, en varias ocasiones, seleccionados por revistas literarias o galardonados en concursos. Fue alumna del taller de María de la Cuadra. Su primer premio fue en Misiones, Argentina, ganando el tercer lugar con “El mate y la plaza”. En el 2019 con “Flor de Lino” ganó el primer lugar. Fue publicada en: México, Perú, Chile, Argentina, Alemania, Colombia, España y Uruguay.

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