Empire Ants, por Deyanira R. B. | MÁS LITERATURA

Fotografía: ABC NEWS

Veracruz, 1979

Todos en la zona centro sabían que el Motel “El Edén”, regentado por don Ezequiel Gamboa, se estaba cayendo a pedazos.

Había pasado muchísimo tiempo desde que aquel tugurio vivió sus días de gloria.

Ezequiel Gamboa recibió el local como herencia de su padre en 1948, cuando todavía era el famoso y reputado Hotel Edén, un ícono de la vida porteña desde los tiempos de la época de la Reforma.

Al principio, todo marchó maravillosamente con el hotel, los clientes llegaban al local con la esperanza de vivir una estancia del lujo que podía ofrecer aquel inmueble.

No obstante, conforme pasaban los años, el esplendor del Edén se iba apagando lentamente.

Llegaron los años sesenta y don Ezequiel, un hombre divorciado, de mediana edad y libidinoso, había decidido aprovechar la creciente popularidad de los moteles en el área porteña para revivir su marchito negocio.

Al comienzo, su motel había ganado gran fama entre los marineros y otro tipo de huéspedes debido a sus precios accesibles y a la gran comodidad de las habitaciones de estilo neoclásico, a pesar de que estaban arruinadas por el salitre del mar. Además, se había corrido la voz de que en aquel lugar se podían realizar todo tipo de actividades “recreativas” sin recibir regaño alguno por parte de la administración.

Don Ezequiel parecía estar levantando cabeza con aquel negocio. Incluso se daba el lujo de espiar por las mirillas que había instalado en las entradas de diversas habitaciones, deleitándose con la diversión que experimentaban sus huéspedes dentro de aquellas paredes.

De repente, la comunidad empezó a reclamarle a aquel hombre por su pecaminoso negocio, así como a quejarse de las parrandas que armaba la gente que se hospedaba en el motel.

No es que a Ezequiel Gamboa le preocupara gran cosa la opinión de unos cuantos beatos asustadizos, pero si le importaba que las constantes quejas de los mismos le generaron mala fama entre los turistas, incluso los reclamos sobre su local habían llegado a oídos del Municipio, quienes pensaron seriamente en clausurar aquel “tugurio de perdición” como lo denominaban los vecinos de la zona.

Aunque la municipalidad no clausuró el local de Ezequiel Gamboa, debido al valor histórico del edificio, los funcionarios no tuvieron remordimiento en imponerle a don Ezequiel una multa bastante alta por las faltas a la moral producidas por sus huéspedes.

Con eso, los pocos ahorros que aquel hombre no había desperdiciado en el Chino´s Palace, famoso prostíbulo en el puerto, se terminaron ocupando en saldar la deuda con los funcionarios del Municipio. El hombre quedó tan arruinado que hasta las ganas de espiar a sus huéspedes se le disiparon de la noche a la mañana.

Así, para fines de los años setenta, el alguna vez floreciente negocio de don Ezequiel parecía estar, una vez más, hundido en la ruina más absoluta. Aunque las cosas pronto cambiarían… a peor.

Aquel 17 de marzo de 1979, una cópula furiosa y desagradable entre un par de amantes inauguró el momento en el que don Ezequiel vería su vida volteada patas arriba.

Los ruidos de aquella molesta pareja resonaban por todo el motel, arruinando la estadía del resto de los huéspedes y provocando que todos se fueran de ese lugar con una celeridad impresionante. Poco después que todos saliera huyendo, se hizo el silencio.

Don Ezequiel salió detrás de la barra de recepción para comprobar lo que ocurría con la pareja de escandalosos, ya que, después de un tiempo, los ruidos y chillidos de esos dos se habían callado desde hacía un buen rato.

Ezequiel Gamboa observó por la mirilla de la habitación, pero no encontró nada a simple vista ya que las luces estaban apagadas y no había señales aparentes de movimiento alguno.

Él no quería entrar al cuarto, pues temía encontrarse con una escena sangrienta sacada directamente de la sección de Policiales que aparecía todos los días en el periódico local.

El hombre tocó varias veces a la habitación donde se hospedaba la pareja en cuestión; pasó mucho tiempo, pero no recibió ni una respuesta desde el interior del cuarto.

Don Ezequiel no encontró ni un alma en la habitación. Él buscó en cada rincón del cuarto, pero no pudo hallar a sus huéspedes, tampoco hallo signos de ninguna pelea o suceso truculento, ni siquiera había secreciones sugerentes en el área de la cama. Era como si se los hubiera tragado la tierra.

Ezequiel Gamboa estaba completamente confundido por esa desaparición repentina. En el armario aún se hallaba el equipaje de la ruidosa pareja. Las maletas, llenas de ropa lujosa y objetos bastante finos, estaban prácticamente sin abrir, por lo que descartó que se hubieran ido sin pagar.

Lo único que había en el cuarto, a parte de los bienes mencionados, eran unas hormigas. Estas corrían por toda la habitación, llenándola con su característico olor desagradable.

Desde hacía una buena temporada, a esos bichos les había dado por rondar en varias de las instalaciones del hotel. Especialmente, solían aparecer en los días de lluvia cuando se apiñaban en las áreas donde podía haber alimentos, sobre todo en la pequeña cocina del motel donde tenían invadido el frutero y el pan dulce.

No había insecticida o control de plagas completamente eficaz en controlar aquella plaga, irremediablemente volvían y con mucha más fuerza que al inicio.

De ese modo, Ezequiel Gamboa había terminado por acostumbrarse a la constante presencia de los bichos en cada rincón de su negocio. Al fin y al cabo, la nauseabunda clientela que frecuentaba el lugar desde su segunda caída en desgracia no se quejaba ante la pequeña invasión de las hormigas.

Ezequiel Gamboa estaba a punto de abandonar aquel cuarto cuando, de repente, pisó en una madera podrida, haciéndolo caer en las profundidades de un abismo, más allá de los cimientos de su local.

El golpe de la caída había dejado a don Ezequiel bastante aturdido y desorientado. Al abrir nuevamente sus ojos, él se encontraba en un lugar en el que nunca antes había estado, ni siquiera parecía un rincón perteneciente a la tierra.

Las paredes estaban repletas de una especie de baba extraña, viscosa y repugnante. Miles de diminutas hormigas se arrastraban por las paredes de aquel extraño espacio, lo cual ponía más nervioso al hombre.

Después de un tiempo, el hombre comenzó a sentir una intensa sensación de cosquilleo proveniente de sus brazos y piernas.

Se dio cuenta que varias hormigas se encontraban subiendo por su cuerpo, picándolo en varias zonas para dejarlo paralizado por el efecto de su veneno reconcentrado, mientras que otro puñado de esos insectos se estaban encargando de transportar el cuerpo hacia un destino indefinido.

Él quiso gritar, intentó levantarse, pero la ponzoña paralizante había avanzado demasiado por su torrente sanguíneo, impidiéndole mover ni un solo dedo. Estaba atrapado.

En ese momento, Ezequiel Gamboa recordó, como si se tratara de una trivialidad rebuscada en lo profundo de su memoria, que las hormigas podían cargar hasta cincuenta veces su peso. Aún así, aquello era demasiado.

Aquellos seres arrastraron a Ezequiel hasta los confines más remotos de su guarida, logrando pegarlo a aquellas paredes pegajosas.

Ezequiel Gamboa se dio cuenta que aquel lugar era el hormiguero, y que los bichos tenían a la pareja de escandalosos pegados a las paredes. Ellos aún se encontraban vivos, pero estaban completamente desfigurados ahí donde las hormigas habían arrancado carne con sus pequeñas fauces y donde aún tenían residuos de jugos gástricos.

Del mismo modo, aún había trozos de otras víctimas desperdigados en un rincón en específico del lugar. Ante todo, las hormigas mantenían en orden sus desperdicios humanos.

Las hormigas comenzaron a subir por todo el cuerpo del hombre hasta alcanzar la zona de la cabeza. Por más que Ezequiel Gamboa intento resistirse, y agitar su cabeza tanto como se lo permitía la parálisis, no hubo forma de deshacerse de sus pequeños invasores. Después de un tiempo, las hormigas habían logrado introducirse usando las orejas y las fosas nasales del hombre.

Por un angustioso instante, él pensó que aquellos insectos se lo comerían vivo desde su interior, dejando únicamente la carcasa vacía después de devorar sus órganos. No obstante, las hormigas se concentraron en llegar a la zona cercana al cerebro y dejar implantado en el hombre un mensaje contundente junto con un fuerte dolor de cabeza producido por las mordeduras de los bichos:

“Ahora estás en nuestro poder, no tienes escapatoria, sírvenos y todo te será dado, lo único que tienes que hacer es alimentarnos regularmente con carne humana fresca. De lo contrario, te usaremos para implantar nuestros huevos y que nuestras crías se alimenten de ti. La decisión depende de ti.”

No había escapatoria posible para aquel hombre. Cubierto de aquella baba pegajosa, y asustado por la amenaza debajo de aquel mensaje, aceptó sellar el pacto con un asentimiento de cabeza que llegó inmediatamente a las antenas receptoras de las hormigas y, moviendo levemente sus pequeñas fauces, el pacto quedó sellado.

A finales de año, el negocio de Ezequiel Gamboa había cambiado radicalmente, los muebles de estilo neoclásico habían sido restaurados, las paredes y desperfectos habían sido reparados con los mejores materiales, e incluso logró volver a comprar los derechos para elevar su negocio, una vez más, a la categoría de hotel.

El Hotel Edén fue reinaugurado con todo lujo y pompa para satisfacción de los guardianes de la moral. Fue un evento inolvidable para la sociedad porteña.

Sin embargo, ninguno de los vecinos se explicaba de dónde provenía todo el dinero que Ezequiel Gamboa usó para mejorar las condiciones lamentables en las que se hallaba sumido su negocio, pero ciertamente, le habían quedado muy bien las reparaciones y no le dieron más importancia al asunto.

Lo único que nadie quería averiguar era el motivo por el cual el hotel desprendía constantemente un olor extraño o la razón de que, de vez en cuando, llegaran a desaparecer marineros u otros huéspedes de medio pelo en los callejones cercanos al Hotel Edén.

Nadie sospechaba que, debajo de aquel respetable local, las hormigas estaban construyendo, poco a poco, un notable imperio. Don Ezequiel se había convertido, por siempre y hasta su muerte, en su criado más fiel, alimentando a las nuevas generaciones con la carne de turistas incautos, ignorantes del peligro que anidaba en los confines de los cimientos del Edén.

Sobre la Autora:

Deyanira R. B. Nacida en Veracruz, Ver, México. Próxima licenciada en Lingüística y Literatura Hispánica. Lectora por pasión y narradora por convicción, ha publicado un par de relatos en páginas especializadas como Íkaro, Casa Rosa, Monolito, Teresa Magazin, Penumbría y Página Salmón, pero siempre con el deseo de dar a conocer más de su narrativa.

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