La carta de Jacques Virgil, por Amaury R. Ledesma | MÁS LITERATURA

Gustave Courbet
Le Désespéré

Emile despertó esa mañana, y al girar su cabeza vio que encima de la otra almohada había unas hojas dobladas. Era una carta, él supo que había sido escrita por su amigo Jacques Virgil, tres semanas atrás. Miró extrañado a la ventana abierta (que él había cerrado en la noche) de su departamento en Luxemburgo, después comenzó a leer la misiva. Cuando terminó de leerla, un escalofrío recorrió todo su cuerpo; la desesperación lo inundó a tal grado que su expresión era descompuesta y llena de pánico. Cerró la ventana, tomó una pintura que estaba colgada en el muro frente a su cama y la destruyó haciendo jirones el lienzo, invadido por un miedo que le helaba la sangre. Luego rompió las hojas de papel en las que había escrito su amigo Jacques y, sin importarle nada más, quemó tanto lo que quedaba de la pintura como de la carta.

Esa carta decía lo siguiente:

En algún lugar de Rusia

14 de abril de 1912

Querido Emile:

Primero que nada: lamento haberme ido de forma tan abrupta. Durante mi estancia en Luxemburgo tú fuiste la única persona que me trató como un amigo y, Emile, ese sentimiento siempre fue mutuo; espero que nunca te haya quedado duda.

Sé que las palabras referentes a disculpas sobran, sobre todo después de un año de mi partida, o, más bien, desde que hui. Tú, amigo mío, eres la única persona a la que le contaré toda la verdad, y más que nada porque sé que de alguna forma me creerás. Has experimentado situaciones que a veces no pueden ser explicadas de la manera ortodoxa. Estuve a punto de contarte todo, una noche que platicábamos; cuando me contaste que tu padre, en la dichosa taberna Stanly, allá en Luxemburgo, había conocido a un hombre que podía saber el pasado de cualquier objeto con tan solo tocarlo.

Emile, serás el único hombre que sabrá los motivos tenebrosos que me han llevado a emigrar constantemente durante veintidós años; desde que cumplí los diecinueve. Y créeme, no te imaginas las angustias y terrores que he vivido desde mi juventud, pero, a final de cuentas, cada quien encuentra a la persona que será su confidente de vida; el destino se encarga de darte a ese alguien, el cual sabrá todos tus secretos, y, para mí, tú eres ese alguien. Sé que debes de ser tú quien sepa todo, y me disculpo por ello, porque lo que leerás en esta carta no te hará sentir bien, sino todo lo contrario.

Te hablé alguna vez que provengo de una antigua familia de pintores. Lo que no te dije es que algunos de ellos poseían prodigios únicos referentes a su arte; algunos podían pintar el pasado o el futuro; unos pintaban paisajes que nunca habían visto, pero estaban seguros que existían en alguna parte de la Tierra, o, incluso, de otros mundos; hubo también, entre mis antepasados, algunos que podían plasmar en lienzo a seres extraños que no se asemejan a nada visto por la humanidad. Algunos de los Virgil pagaron caro por poseer esos dotes; muchos se perdieron en el devenir; tíos, primos, incluso mi abuelo.

Yo heredé tanto el don de pintar, como también ese aspecto sobrenatural que ha existido en mi genealogía desde mucho tiempo atrás. El problema fue que, para mí, ambas cosas resultaron ser un maldito suplicio que me ha estado atormentando al grado de aborrecer mi propia existencia.

He vivido en muchas ciudades de Europa, incluso, esta agónica condición me ha llevado a pasar algunas estaciones en Egipto y Oriente medio. Desde que comencé a huir siempre he estado en la miseria; sobreviviendo con lo justo, y la mayoría del tiempo con menos que eso. No ahondaré en ello, pues tú mismo te dabas cuenta de mi precaria condición económica. No debería de ser así, pues mi familia ha tenido recursos suficientes para que yo no viviera este infierno que paso día con día, noche tras noche, pero no sé nada de los Virgil desde que hui de Ameins, y no quiero saber nada de ellos; yo continúo huyendo de aquí a allá; de Lisboa a Praga; De Escocia a Chipre; huyendo de aquello que me atormenta y destroza mi cordura.

También sabes que lo poco que me gano en esta ingrata vida lo consigo vendiendo mis pinturas. Sé cuánto las apreciabas, aunque nunca quise regalarte o venderte alguna; tuve mis razones, amigo mío. Lamento haberme puesto un tanto violento cuando el idiota de Otto quiso regalarte una de mis obras que me había comprado. Sé que todos en ese momento creyeron que me había vuelto loco, pero no me importó. Espero de todo corazón que, posterior a mi partida, no hayas aceptado como obsequio esa pintura, o conseguido alguna otra de mis obras; no lo hagas nunca, Emile, por favor. Esas pinturas están malditas.

Mis dones no tuvieron que ver con pintar el pasado o el futuro ni con ningún otro prodigio (que yo sepa) que mi sobrenatural ascendencia llegó a generar con el arte pictórico. No. Yo fui maldecido con algo diferente. Te explico: algo me persigue; no sé cómo llamarle: creatura, espectro o ente, pero me persigue. Tampoco sé dónde está ahora o cómo se desplaza, no obstante, conocimientos llegan a mí de vez en cuando, mostrándome, algunas veces, lugares en los que nunca he estado, o en los que he vivido antes de salir huyendo de ellos; y otras, vivencias que no son sueños, pensamientos ni alucinaciones, sino acontecimientos que aquello que me persigue experimentó. Todo simplemente aparece en mi mente, son conocimientos que no adquirí de ninguna forma a través de la experiencia, solo me son enviados, y no sabes cuánto me aterran.

Pero el miedo que más me recorre a lo largo de la espina, es el hecho de saber que esa cosa está buscándome; surcando las fronteras y países para venir a por mí. No me preguntes cómo sé aquello, ni siquiera yo puedo entenderlo, pero desde mis diecinueve años me di cuenta que, como un Virgil, eso sería una parte del prodigio que me correspondería. Más adelante sabrás dónde entra mi obra pictórica.

Esa cosa me está buscando, Emile, desde hace años. Siento que cuando me encuentre me esperará un destino peor que la misma muerte. Aunque desde el principio he podido estar siempre un paso adelante y huir a tiempo, hay veces que creo que la he librado por poco.

No sé por qué me está buscando, pero sé que lo hace, tampoco sé lo que quiere, pero sé que sus intenciones son malignas. Los días y noches que he vivido desde que poseo esta maldición han sido crueles y despiadados. Sin siquiera poder dormir bien; mirando siempre a las puertas o ventanas con temor a que esa cosa las atraviese y por fin me atrape. Ese macabro encuentro siempre es latente.

La angustia en soledad es lapidaria, pero lo que en verdad pulveriza el espíritu es la incertidumbre; la expectativa de lo que puede depararme si aquello me encuentra. Toda esa miseria suele ser llevadera en compañía de las personas que voy conociendo en cada ciudad, así como, en Luxemburgo, te conocí a ti y a los demás. Aunque la sensación de que está buscándome nunca desaparece, las tertulias y el alcohol suelen darme cierta distracción, y los he sabido valorar con el tiempo.

No tienes idea de lo desgraciado que soy, Emile. Estas facultades que me fueron heredadas por mis ancestros desde el remoto pasado han arruinado mi vida; me han convertido en este saco de huesos decadente que, con naturalidad, llamaste alguna vez amigo. La incertidumbre enferma corazones, quebranta el carácter y mutila esperanzas.

A pesar de que siento gran desesperación al no poder transmitir en su totalidad la condición que ha derrumbado mi existencia, siento un gran alivio de que tú solo puedas imaginarte tan solo una ínfima parte de los horrores que han acaecido en mi precario existir. Qué bueno que sea así, si no, puede que incluso tú, Emile, te veas invadido por la completa desesperación que deprava la mente ante una calamidad de tal magnitud.

Hoy vendí dos pinturas. Eso me alcanzará, por lo menos, para sobrevivir el siguiente par de semanas. Me considero bueno plasmando en el lienzo. Mi habilidad pictórica me ha ayudado, así como más me ha perjudicado. ¿Sabes por qué? ¿Sabes el por qué me puse tan agresivo cuando intentaste conseguir una de mis obras? La gente solo ve mis pinturas como bonitas postales de diversos sitios: una antigua puerta en Bruselas; masetas llenas de coloridas flores en Nápoles; una habitación en Estambul, solo ven eso, y las compran porque he ejecutado bien mi técnica, porque la composición es excelente, la gama de colores es la correcta, pero nadie ve en esas pinturas lo que yo veo, Emile. Ninguno es capaz de percibir lo que yo percibo, pues en cada pintura que he creado desde mi autoexilio está también aquello que me persigue; yo no recuerdo nunca cuando lo pinto, sencillamente lo plasmo en cada una de mis obras, tal como si lo hiciese en trance o algo así, y solo yo lo veo.

Oh, Emile, si pudieras ver aquello. Si tan solo tus ojos fueran capaces de ver lo que ven los míos, te abordarían un miedo y una angustia inimaginables. Todas mis pinturas tienen a esa cosa, casi como una especie de maligna firma involuntaria, y, aun así, nadie más logra ver aquello, solo yo.

Es mejor que tu mente solo pueda imaginarla, pues cualquier abominación que tu pensamiento te arroje es cien veces menos obscena de lo que mi pincel, guiado por mi mano en una elipsis de locura, ha plasmado en esos lienzos.

Ponte a pensar en ellos, amigo; en aquellos pobres diablos que han comprado mis pinturas. Pobres estúpidos, se vanaglorian con aquel arte maldito; adornan sus opulentos salones con esos lienzos creados por mi mano, sin saber la depravada abominación que en verdad reside en ellos. Por eso no quería que tú tuvieras una de mis obras; a ti te estimo y no quiero que aquello pueda llegar a observarte a través del lienzo, o no sé qué represente el que esa cosa esté ahí, pero, por si acaso, te protegí de que tuvieras la mala fortuna de poseer una de esas imágenes que portan un macabro y aberrante inquilino.

Sé que soy un cobarde, amigo mío, sé que lo soy, y que he huido de aquello por pavor al peor de los destinos. Cada día que pasa siempre lo pienso, y una parte de mí trata de reprocharme esa cobardía, pero nadie, ni por asomo, entenderá nunca lo que yo he vivido, sentido y visto. Además, no voy a rendirme ante esa cosa, no le daré la oportunidad de que me encuentre y me atrape. Es más, no lo va a lograr, te lo prometo, Emile.

En toda esta miseria, lo único que me queda es la terquedad de seguir huyendo. A aquello no le será fácil obtenerme, oh no, amigo mío. Seguiré moviéndome, escapando de esa cosa, no importa qué pase, jamás me va a

Lo encontré. Él es mío. Jacques Virgil es mío.

Amaury R. Ledesma (Lagos de Moreno, Jalisco, 16 de agosto de 1991). Narrador y poeta. Co-fundador, de la revista digital Perro Negro de la Calle. Ha publicado: “El noveno arcano”, (Revista La Marraqueta, Santiago de Chile, 2019). “El puente del recuerdo” (Revista franco americana “Resonancias”, 2020). “Lo que pasó en el sótano” (Seminario digital de horror, fantasía y ciencia ficción, Monterrey, Nuevo León, 2019), entre otras.

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