Enriqueta Ochoa: entre la religión y el deseo | MÁS LITERATURA

Enriqueta ochoa

Por: Andrea Castillo Pacheco

Enriqueta Ochoa es una de las poetas prescindibles de la poesía mexicana del siglo XX. Nació en Torreón Coahuila, el 2 de Mayo de 1928; muere en la ciudad de México, el 1 de diciembre de 2008. Fue profesora de la UAEM, UNAM y la SOGEM. Contemporánea de Dolores Castro, Rosario Castellanos, Jaime Sabines, y Rubén Bonifaz Nuño con quienes comparte la poesía. Mientras que con Juan Rulfo y José Revueltas entabla un diálogo sobre el destino de la humanidad y los avatares en que esta especie ha caído sin remedio alguno, realidad, que, siempre les provoca dolor.

La poesía de Enriqueta Ochoa es libre, emotiva, desgarradora e intensa. Deja de lado la estructura rígida de las normas clásicas para entregarse al inconsciente sin perder el ritmo que le da sentido a los elementos que conjugan sus versos. Instaura un nuevo concepto literario, lleno de un discurso religioso y femenino. Uno de los recursos más recurrentes de los que se vale la autora, es el oxímoron, siendo un asidero fundamental a nivel simbólico en donde los contrarios se buscan y se complementan.

Su poesía es luminosa, litúrgica, existe el yo y la otredad, la comunión y lo espiritual. La vida y la muerte, la luz y la oscuridad, lo exterior y lo interior. Elementos irónicos que se unen para crear orfandad. Nos topamos en sus versos con la cansada soledad; el irremediable destino; un deseo que saciar; la obsesión por lo divino y la semilla que se ha de sembrar en el vientre materno.

Ochoa construye un cosmos, borra las fronteras y las convierte en un universo poético, para ella no hay límites. Toma lo externo para convertirlo en un nexo profundo con las cosas para después exteriorizarlas con un simbolismo cosmogónico.

Enriqueta tiene un fuerte vínculo con lo religioso. Muestra su afición por lo sagrado. A un Dios que une polos opuestos, un Dios que penetra en la corporeidad del hombre y la mujer para que sean uno solo. Un Dios al que se le implora, pero así mismo se le cuestiona. Retrata a un Dios que palpita desde el interior de cada ser, que se encuentra en la profunda intimidad y que necesita ser perseguido y reencontrado. Un Dios que desde el pensamiento filosófico ha muerto, pero desde la voz de Ochoa es un Dios que revive en su propio interior.

En el centro arde la luz

Dios no está sordo

vibra su oído en el silencio

y templa la dentellada hambrienta

que fustiga el aire:

Dios no está ciego,

amanece en el ojo del sol,

rompiendo la tiniebla;

sonríe mientras suelta sus amarras.

Dios no está manco,

del fato espejo a la tierra fértil

mueve su mano,

camino,

hay solo un paso.

Dios despierta, se despierta en mí,

rompe el bostezo de ceniza…

Yo frente a mí, dentro de mí,

en el centro arde la luz…

¡Dios no está muerto!

La poesía de Enriqueta manifiesta un lazo con la tierra y el cosmos. Lo espiritual y lo cotidiano. La autora retrata la creación a través de la comunión. La semilla formándose en la tierra de la mujer, que es su cuerpo, donde resguarda el misterio más grande, la vida:

El vagido de la esperanza

Sueña en el fondo de una semilla

Siempre la memilla mirará a lo eterno.

El erotismo se vuelve una consagración llena de deseo y pasión, en donde surge una fecundación en un universo poético. Los elementos del interior se enlazan y fluyen en el rio de seducción para dar origen al fruto que ha sido cosechado en la tierra, que es como el vientre de la mujer, fértil y lleno de misterio:

Jadeante se ahogaba el horizonte

Hasta que el fuego y el espacio

como, uno solo, la voz se les hizo lluvia;

del estanque espacial

descendió microscópico el embrión de la vida

En sus versos encontramos un amor que nos mantiene vivos y a su vez nos consume. Coexiste un amor que corrompe y traspasa fronteras, que no encuentra límites y se aferra a la comunión para dar fruto, generando el inicio de un nuevo interior. Pero también se muestra un amor que desgarra las entrañas, un amor que se niega a ceder, que se asoma a la puerta sin entrar y desemboca en una irremediable soledad que duele y a la cual se desea silenciar:

Entre el amor y el hombre,

que soledad tan honda,

profundidad sin fondo…

Día a día dolorida me yergo,

busco torpemente en mi torno

y siempre me hallo sola,

absurdamente sola

¿Cómo curar el sitio donde duele,

Si en todo duele y no se sabe dónde?

La poesía de Enriqueta es vasta, llena de vivencias y originalidad, lo que ha logrado que trascienda y ocupe un sitio preponderante dentro de la tradición de la poesía escrita por mujeres mexicanas, y en el panorama de la literatura contemporánea. Ochoa es única, conjugó lo supremo con el ser terrenal, lo femenino con la creación. Plasmó la masculinidad como deseo; el amor y la soledad como elementos que transforman, duelen y callan, configurando un cosmos terrenal, sin fronteras y sin divisiones. Así fue Enriqueta Ochoa, una ironía hecha poesía.

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