Dios es un concepto histórico | MÁS LITERATURA

A través del espejo

Muchas veces se ha comentado que Dios creó al humano a su semejanza. Sin embargo, es una idea lejana que fue establecida, de manera conceptual, durante la Edad Media. Esta situación funcionó para justificar la primera causa de todas las cosas. Aunque, si se revisa el término de manera histórica, se puede observar que esta idea fue evolucionando con el tiempo. Por ejemplo: Platón pensaba que la primera causa de las cosas era el Demiurgo, una deidad que creaba al mundo a partir del caos, pero esta divinidad no era una totalidad en sí, de hecho era un ser limitado e inferior a las formas mismas que causan el bien. Aristóteles, por otra parte, retomando la idea platónica, opinaba que la primera causa del mundo era el Primer motor inmóvil, a quien le asignaba la responsabilidad de la creación conjunta y en sí. De tal manera, estos conceptos llegaron hasta Santo Tomás de Aquino quien retomó las bases platónicas y aristotélicas para establecer como primera causa a Dios, y así fundar las bases de las instituciones religiosas vistas como creadoras del todo.

Con esta revisión se puede observar que Dios fue elaborado con la semejanza e ideas del humano, aunque nace la pregunta: ¿por qué esta necesidad divina? Nietzsche opinaba que las necesidades divinas provenían del temor a la nada, esquivando la verdadera esencia del ser donde el humano tiene la posibilidad de conocer su propia naturaleza. Por tal motivo, el humano propuso una salida sencilla: encontrar una primera causa que se cree a sí misma para prevenir su propio conocimiento de su naturaleza y, por esto, inventó la idea de Dios, una idea que con el tiempo comenzó  a involucrarse en diversos estudios como la belleza y la estética.

Dios –puede ser radical la idea– sí contiene belleza, puesto que se representa con las ideas generales que Miguel Ángel y muchos renacentistas dedicados al arte plasmaban en sus frescos. Es decir, Dios fue elaborado por el humano. Esta cuestión la pudieron observar porque los artistas analizaban la historia mítica de la humanidad, principalmente la historia de los dioses griegos, quienes compartían sentimientos y características iguales al hombre: amor, ira, compasión, etcétera. Con estos aspectos, por medio del arte, se han establecido estándares de belleza que cualquiera puede identificar, basta recordar a Miguel Ángel y sus Escenas de la creación, donde se observa a un ser divino con la concepción de belleza griega que poseían los renacentistas. Esta aparición artística de un dios sólo ha sido explicada por los valores de bondad o maldad que el humano ha determinado con su idea de cultura. De tal manera, el cuerpo humano, el alma, y la naturaleza han sido los principales argumentos que establecen los parámetros para crear una imaginativa de un ser divino. Así, Miguel Ángel probablemente pudo pensar que un ser todopoderoso podía tener las características humanas. En otras palabras: Dios es la mejor obra artística creada por el hombre.

A través del espejo 1

Viendo estas cuestiones, se puede declarar que la belleza divina interpretada por la historia del arte es muy variada y complicada. Siglos más tarde del Renacimiento, Nietzsche en El nacimiento de la tragedia, reforzaría la idea del temor del conocimiento del hombre como un ser perteneciente a la tierra. De igual manera, elaboraría un gran tratado de estética donde ésta era contemplada como la principal creación del mundo, pero dividida en dos partes: en lo apolíneo y en lo dionisiaco. La primera parte era la representación onírica de un mundo imaginario para escapar de la verdadera esencia natural del mundo, que era vista como un desierto lleno de angustia donde lo único que crecía era la aridez del ser. En lo apolíneo, Nietzsche comenta que se creó la tragedia para que los antiguos griegos no vieran la devastadora verdad de la nada. Por tal motivo, crearon a los dioses del Olimpo, el arte concreto y la retórica para habitar en un mundo donde la vida debía tener un significado profundo y entrañable para que así la muerte fuera lo último que se buscara en la existencia. De hecho, la muerte ya no es vista como una finalidad natural del hombre que posee desde el momento de nacer, sino como aspecto que la institución religiosa se ha aprovechado para que su mitología fuera establecida como hechos que justifican la existencia de lo divino: “cuando, en efecto, ―escribe Nietzsche― los presupuestos míticos de una religión comienzan a ser sistematizados bajo la mirada intelectualmente rigurosa de un dogmatismo ortodoxo en los términos de una sarta definitiva de sucesos históricos, y se comienza a defender con atropello la veracidad de los mitos, aunque obstaculizando a su vez toda tendencia natural a que sigan viviendo y creciendo; cuando, en definitiva, el sentimiento respecto al mito fenece para ser remplazado por una religión que pretende erigirse sobre bases históricas”. Es decir, los mitos que ha creado el hombre para evadir la verdad natural de sí, han sido tomados como discursos verdaderos y no artísticos para construir instituciones que justifiquen su poder y su coacción del discurso a través de la historia.

Por otra parte, en la estética dionisiaca, Nietzsche comenta que es el trance de la embriaguez donde se conoce la verdad y, a su vez, la esencia del ser en su totalidad, pero ésta no es representable como lo apolíneo sino que la estética dionisiaca se desborda como sopa en un plato de cerámica, lo cual ofrece un conocimiento puro donde se cree la existencia del humano, pero sin saber cómo comunicarla, con excepción de la música y el baile, actividades que demuestran la esencia del ser.

En términos freudianos muy básicos se puede decir que la estética apolínea es lo consciente, mientras la estética dionisiaca es lo inconsciente. Sin embargo, el filósofo alemán explica que el mundo necesita de ambas partes para poder crear el arte con el objetivo de afirmar la vida y así encontrar un sentido al mundo en el que se habita. De este modo, todo lo representado que tenga que ver con lo divino tiene una parte dionisiaca que ha sido inspirada de una manera metafísica, y también tiene una parte apolínea que pone un marco determinado a la obra creada. Por tanto, la estética para Nietzsche es una dicotomía que tiene que ver con el trance de la esencia pura del ser que debe establecer límites para su representación apolínea. Y es, por tal motivo, que la creencia de un dios judeocristiano retoma tanto los aspectos dionisiacos con los adjetivos de omnipotencia, omnisapiencia, omnipresencia, así como los aspectos apolíneos que demuestran las instituciones, la moral y la representación artística.

Con estos argumentos, los párrocos se atreven a decir que la humanidad es semejanza de Dios y, hablando desde una perspectiva bíblica del Génesis: Dios es la nada y el todo. El párroco, el pastor, o cualquier persona que practique la religión como su único sentido en la vida, puede decir que Dios es ambivalente. Aunque lo más importante, Dios es apolíneo porque es un ser donde se puede encontrar consuelo ante el miedo a la muerte.

Dios es la creación del humano ante el miedo de lo desconocido.

Miguel de Unamuno comentaba que “Dios es ante todo y sobre todo, he de repetirlo, sentir hambre de Dios, hambre de divinidad, sentir su ausencia y vacío, querer que Dios exista”. Es decir, en los términos del filósofo español, el humano en las representaciones apolíneas de Dios, creará una forma que podrá comprender con su propio conocimiento de belleza para otorgarle un sentido a la existencia humana de una manera finita, infinita y nula.

En la película A través del Espejo, de Ingmar Bergman, Karin –mujer que sufre esquizofrenia y ataques de pánico– logra ver a Dios y contemplar su totalidad, por dicha razón se asusta y grita. Nietzsche comentaba que el ser humano “no quiere poseer nada en su totalidad, porque la totalidad también significa abarcar la crueldad natural de las cosas”. Dicho en otras palabras: la contemplación de Karin es el mundo dionisiaco que está arrojado a la verdad natural de las cosas, un lugar donde no existen subterfugios para no huir de su propia existencia e intentar crear una verosimilitud por medio de la cultura que establece y dicta un lenguaje artificial que lo consideramos como el hecho más natural, sin saber que es el primer artificio al que el ser debe enfrentarse. Justamente aquí es donde entra la problemática de la totalidad infinita que comentaba Tarkovski: “El conocimiento y el descubrimiento surgen cada vez más como una imagen nueva y única del mundo, con un jeroglífico de la verdad absoluta. Se presentan como una revelación, como […] un deseo apasionado que refulge repentinamente, un deseo de acogida intuitiva de todas las leyes del mundo, de su belleza y su fealdad, de su humildad y su crueldad, de su ser ilimitado y de sus límites.”

El humano es en esencia belleza y atrocidad. Así cuando Karin contempla a Dios, observa lo que Givone comenta sobre Ficino: “Ficino, quien concibe el alma como ‘cópula del mundo’ en cuanto que es medio de extremos y unidad de opuestos: está situada entre Dios y el cuerpo y participa a la vez de la finitud a la infinitud. La mediación sólo puede tener lugar a través del amor, ya que el alma ha nacido de Dios y a Él aspira; el amor, que está guiado por la visión de la belleza, conduce, a su vez, al alma entre los extremos, del caos al cosmos”. De tal manera, Karin al ver a Dios, contempla al humano en su totalidad, con sus virtudes endemoniadas y sus defectos angelicales que asustan a cualquier ser con el sólo hecho de conocer la verdad.

Tarkovski mencionaba que “Desde el momento en que Eva comió de la manzana del árbol de la ciencia, la humanidad está condenada a buscar perennemente la verdad”. Por tanto, cuando Karin le comenta a David momentos previos al suceso de ver a Dios: “Es horrible ver confusión y comprenderla”, en realidad descubre, con su esquizofrenia, la totalidad del ser. Observa lo atroz que somos cuando somos un todo, o citando a Nietzsche: “el hombre únicamente ve por doquier cuán espantoso o absurdo es el ser”. Nada mejor, como dice Francisco Umbral en Mortal y Rosa: “No morir completamente en limpio, completamente descifrado. Quedar como un códice a medias, incompleto, fragmentado y sugestivo”. Morir dejando un gran color oscuro, una incógnita para que alguien intente descifrar la humanidad, un propósito necesario para estar en incertidumbre, porque la incertidumbre es el principal motivo que nos mantiene existentes. La totalidad de una luz blanca y divina, asusta; la sombra, lo opaco como lo es la perplejidad e ignorancia son la fuente de la vida humana porque nos dejan con una incógnita bajo una sombrilla que recibe, tempestuosamente, la lluvia de los estudiosos. Así pensaba Francisco Umbral y lo relataba de una manera más sencilla: “La vida es opaca para la muerte. Gracias a eso vivimos”. En este sentido, la estética de Dios es el todo que conforma la belleza y la atrocidad conjuntas, dicotomizadas, pero ocultas bajo piel oscura que el humano intentará descifrar durante su existencia. Aunque si se toma en cuenta una secuencia de Los comulgantes ―película que también dirige Bergman― se podrá ver que todo lo que sabemos de Dios es sólo desesperanza, el sufrimiento del arte de saber sobre lo místico. Es necesario recordar una parte de dicha película: Tomas, un pastor que de manera continua está atormentado por la muerte de su esposa, pierde la fe en Dios y el deseo de seguir viviendo, pues sus ideales como el amor y dedicar su vida a un ser superior, han sido defraudados por la muerte de su amada. Tomas se encuentra sumergido en una gran depresión y así debe aconsejar a Jonas Persson, un fiel seguidor de Dios, quien ha perdido la esperanza en todo. El pastor le menciona a su seguidor sus metas en su vida y que tales ya no tenían sentido, por dichos motivos no le podía responder si existía un dios o determinar una forma exacta. Tal comentario decepcionó a Persson. Momentos más tarde, Tomas se quedó esperando en su recinto sagrado y, en un instante inesperado, una mujer llega para entregar un mensaje: el sujeto al que el pastor había aconsejado se había dado un tiro. El suicidio del hombre entrega una reflexión sobre la desesperanza en el saber de Dios, pues al no tener una idea sobre la misma existencia de él por medio del lenguaje, da pauta a una pregunta ¿Cómo las palabras podrían designar aquello que conocemos como realidad, cuando éstas designan un punto de vista de lo que el humano desea interpretar por medio del lenguaje que conoce? Saber la verdad sobre el lenguaje o cualquier aspecto, es equivalente a no saberla y, por tal, es tan desahuciante que es mejor proporcionarse un tiro al estilo Hemingway.

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