Miguel León Portilla: Antigua y Nueva Palabra

Fotografía: UNAM

Por: Ian Yetlanezi Chávez Flores

Miguel León Portilla relataba en sus conferencias que, cuando descubrió la poesía de Nezahualcóyotl y los textos de Bernardino de Sahagún, se sorprendió con el nivel de profundidad que existía en cada una de las palabras de estos dos grandes personajes. Siempre argumentaba, con seriedad nata, que el pensamiento filosófico de los antiguos nahuas era tan complejo y bien construido que merecía ser estudiado en un nivel académico y literario, tal como sucedía con toda la filosofía y literatura occidental.

Con este descubrimiento, León Portilla –estando en Estados Unidos– decidió regresar a México para buscar a Ángel María Garibay. Cuando lo encontró, éste, arrogante y solitario, le puso una prueba: leer uno de sus libros para comprender una parte de la lengua náhuatl, si no lo hacía, Portilla no tenía derecho a buscarlo nuevamente, porque le daba a entender a Garibay que nunca le interesó el pensamiento y la gramática de dicho idioma.

Así que Miguel se dio a la tarea de estudiar intensamente Llave del náhuatl (1940) y, cuando terminó el libro, volvió a buscar al religioso para que le enseñara más sobre el tema. Al final, dialogaron extensamente sobre la gramática, formas de expresión y la evolución del náhuatl. Garibay sorprendido por el interés del joven, accedió a enseñarle gran parte de lo que sabía para que su discípulo continuara analizando códices prehispánicos y escritos del siglo XVI y XVII.

Con el paso del tiempo, León-Portilla desarrolló una investigación doctoral que tituló La filosofía náhuatl estudiada en sus fuentes (1956). En esta obra entregó una visión filosófica, histórica, antropológica y literaria del modo de pensar y concebir la vida de los antiguos nahuas.

Sin embargo, sus aportes no sólo se concentraron en la investigación lingüística e histórica de dicha cultura, sino se extendieron a los estudios de otras lenguas mesoamericanas, como es el caso de los mayas, mixes, otomíes, mazatecas, zapotecas, mixtecas y más.

De esta manera, se convirtió en un rockstar del estudio de las lenguas indígenas. En todos los congresos a los que yo asistía, siempre surgía el apellido León-Portilla. No existían estudios académicos sin mencionar alguna vez su nombre en los ensayos.

Por eso, cuando me enteré de su muerte, me di cuenta que se había ido uno de los más grandes pensadores de México. Su partida dejó un hueco tan grande que hasta el académico más destacado y preparado, sabe que no podrá llenarlo.

Afortunadamente, su pensamiento aún sigue impreso y las historias corren por cada pasillo de las universidades. Pocos olvidarán que su obra nos ha entregado visiones distintas de la Conquista de México y que, también, nos hace recordar aquellos cantos y relatos orales que practicaban los antiguos nahuas para educar y rememorar lo perecederos y diminutos que somos en este mundo.

Por ejemplo, nunca olvidaremos que gracias a él y sus antecesores, la antigua literatura nahua se pudo dividir en dos grandes géneros: cuícatl (poesía) y tlahtolli (prosa).

El primer género podía expresarse de diversas maneras, porque los cantos (no hay que olvidar que los antiguos nahuas cantaban y bailaban para desarrollar un estado poético) contenían variantes temáticas que correspondían a un modo de pensar específico.

De esta manera, Garibay y León-Portilla pudieron sistematizar diversos cantos, pues al estudiar los textos del siglo XVI y XVII, encontraron que los antiguos sacerdotes registraron actividades que los nahuas realizaban para explicar el mundo físico y metafísico.

Por ejemplo, cuando se cantaba a los dioses, este modo de expresión podía ser denominado como Teocuícatl; si se deseaban recordar sucesos bélicos, se podía cantar de tres maneras posibles: Cuauhcuícatl, Ocelocuícatl o Yaocuícatl; si se expresaba lo bello del mundo y se exaltaban los sentimientos personales, entonces se entonaba un Xochicuícatl o un Xopancuícatl; si se quería meditar o buscar la esencia del ser, se declamaba un Icnocuícatl; o si se deseaba ahondar sobre el amor o el placer sexual, se pronunciaba un Ahulcuícatl.

Hay que recordar otra gran enseñanza de Miguel León-Portilla: Nezahualcóyotl, uno de los más grandes pensadores y poetas del antiguo mundo náhuatl, no desarrolló poesía que estuviera enfocada en temas amorosos o sexuales, sino por su historia vital (vio cómo asesinaron a su padre y sufrió un exilio) sólo desarrolló cantos que buscaban la meditación, la esencia de la vida y la exaltación de un dios (ipalnemohuani). Es decir, el rey poeta sólo se enfocó en los Teocuícatl y los Icnocuícatl.

Por otra parte, Garibay y León-Portilla también sistematizaron diversos tlahtolli (tlahtolmeh, en plural) que pueden ser considerados como la prosa de los antiguos nahuas.

En ellos se encuentra una diversidad temática que es interesante revisar, por ejemplo:

  • Huehuetlahtolli: discursos educativos con temáticas domésticas y familiares.
  • Teotlahtolli: discursos teológicos y religiosos.
  • In ye huecauh tlahtolli: discursos históricos, bélicos y sobre el gobierno de los antiguos nahuas.
  • In tonalli intlatlahtollo: discursos astrológicos.
  • Nahuallahtolli: discursos sobre temas mágicos.
  • Tlamachiliz zazanilli: discursos mitológicos.

Con estos aportes literarios, Miguel León Portilla y Ángel María Garibay dejaron en claro que los antiguos nahuas pertenecían a una sociedad sumamente desarrollada, porque pudieron crear diferentes modos de expresión artísticas, que elevaron su lenguaje a la poesía, el canto y la narrativa.

Es decir, una sociedad desarrollada no sólo se mide por el nivel de infraestructura y economía, sino también por el alto nivel de expresión artística que puede existir vía el lenguaje, porque como comentaba Guillermo Fadanelli en alguna de sus entrevistas: el lenguaje es una herramienta que permite entender el mundo para (re)construirlo a través de una crítica lógica y bien fundamentada, siempre preocupándose por el otro.

En este sentido, el estudio del lenguaje literario fue tan importante para Miguel León-Portilla que decidió extender su investigación hacia otras etapas históricas. Sin embargo, para lograr su objetivo, invitó a su esposa Ascención Hernández y a sus amigos Sylvia Shorris y Earl Shorris para escribir Antigua y Nueva Palabra (2004), un libro donde dieran cuenta de una nueva etapa literaria, que nombraron Yancuic Tlahtolli (Nueva Palabra).

Con el apoyo de estos intelectuales se registraron trabajos poéticos y narrativos de tiempos prehispánicos, pero también del siglo XX. Así  pudieron realizar una pequeña antología de escritores contemporáneos en lenguas indígenas, por ejemplo: Luz Jiménez, quien escribió narrativa, da cuenta de una visión indígena de la Revolución mexicana; Natalio Hernández Xocoyotzin, importante poeta que rescató las formas antiguas nahuas para componer versos con temas actuales; Pedro Barra, escritor que mostró una gran sensibilidad poética para cantar sobre temas referentes a la naturaleza y a la esencia del ser.

Asimismo, Miguel, Ascención, Silvya y Earl recopilaron textos en mazateco, zapoteco, chinanteco, maya, mixe, otomí, mazahua, purépecha y tlapaneco. Es decir, el trabajo de estos grandes pensadores ha permitido que exista una memoria histórica y literaria que se necesita en esta época, porque aún se piensa que la única literatura en lengua indígena se desarrolló en tiempos precolombinos. Sin embargo, en la actualidad, muchas personas trabajan y publican literatura para demostrar que las lenguas indígenas no han muerto, y mucho menos el trabajo de Miguel León-Portilla.

Por último, quisiera compartir una anécdota: después de un congreso fui a beber con algunos investigadores y, luego de muchas cervezas, surgió una pregunta que nos puso sumamente tristes: ¿Qué pasará el día que muera Miguel León-Portilla? Y no hicimos la pregunta sólo por un impulso romántico que exalta el conocimiento, sino porque con los aportes de Miguel se han desarrollado estudios interesantes, que permiten proponer políticas públicas enfocadas en la educación intercultural bilingüe, derechos humanos y otras áreas de investigación.

Ha pasado una década desde que realizamos esa pregunta y hoy puedo decir que no tengo una respuesta. Sin embargo, estoy seguro que él hizo los mejores trabajos históricos, antropológicos, filosóficos y literarios, que permiten a diversos investigadores continuar con la labor que él ha heredado.

Por eso, como Portilla lo hizo durante toda su vida, debemos tener memoria histórica y compartirla en cualquier espacio sin importar si en alguna ocasión llegamos a incomodar.

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