Día de los desamorados – I | MÁS LITERATURA

Por: Gustavo Vignera

—¿Eugenia?

Escuché una voz familiar a mis espaldas mientras mi esposo Carlos, fuera de sí, discutía con la encargada del restorán porque no tenía registrada nuestra reserva.

Era el día de San Valentín, y como hace ya un millón de años, Carlos reserva en el más caro de los restoranes de Puerto Madero para homenajearme, o tal vez para cumplir conmigo como lo hace de costumbre.

Giré mi cabeza con cierto temor. Algo interior me decía que no debía prestarle atención a esa llamada. Antes de terminar de mirarlo a los ojos repitió:

—¿Eugenia?

Me di cuenta de que era él. El hombre que había quedado dando vueltas como una calesita en mi cabeza desde aquel amor de primavera ya hacía veintipico de años. El “pico” lo dejo en suspenso para no delatar mi edad, que seguro estarás calculando.

Era Roberto, el coordinador del viaje a Bariloche de nuestra promoción del colegio María Auxiliadora. Asentí con la cabeza y dibujé una mueca que parecía ser una sonrisa en mi boca recién pintada.

—¡Hola Roberto! ¿Cómo estás, tanto tiempo?— atiné a decir, mientras pispeaba sobre mi hombro como Carlos matizaba el papelón que había iniciado al confórmarlo con la asignación de la mesa que siempre ocupamos para estas ocasiones.

Junto a Roberto había un grupo de gente. En el momento no pude darme cuenta de si estaba solo o acompañado. Me despedí, le di un beso en la mejilla y salí corriendo tras Carlos, que ya se estaba dirigiendo, junto al maître, a nuestra mesa.

Al sentarnos nos sirvieron una copa de champán como bienvenida, para compensar el mal rato que habíamos pasado. Yo, erguida como con un periscopio en la espalda, trataba de identificar donde ubicarían a Roberto y quien lo acompañaba.

Con Carlos la cosa no está mal, pero ni fu ni fa, ni blanco ni negro. Tenemos dos hijos y un perro. Cualquiera diría que somos una familia feliz, pero no. Él me cuida como si yo fuera una Barbie dentro de una campanita de cristal. No sé si la rutina, el aburrimiento, o la vida misma han hecho que el amor se haya marchitado y mi alma se haya llenado de hastío. Algo así como que el amor había pasado directamente del horno al freezer, sin escalas.

Mientras mirábamos la carta para elegir la cena mi mente no paraba de mandar imágenes de cuando fuimos a Bariloche, aquel viaje, aquellos desayunos tremendos, y él siempre ahí, muy cerca de mí, mirándome, cuidándome, diciéndome algo lindo, y yo perdidamente enamorada de un chico que, para mi edad, ya era un hombre.

Pude ver donde lo ubicaron. No estaba a más de cuatro mesas de donde estábamos mi esposo y yo. Roberto podía verme a mí, como yo a él, perfectamente. Estaba con una rubia alta. Mi corazón empezó a latir a un ritmo acelerado. Tenía taquicardia.

Nada había cambiado en Robert, se lo veía más maduro, obviamente, un tanto canoso, con una barbita de dos días que lo hacía mucho más sexy. De pronto levantó su increíble mirada hacia donde nosotros estábamos y me sonrió. Esa sonrisa me mató.

Yo también le sonreí, pero con vergüenza. Fue como cuando me encontraron robándole los bombones a mi abuela Julia.

Carlos pidió un bife de chorizo a caballo, para no perder la costumbre. Yo estaba inapetente, se me había cerrado el estómago y sólo quería ver el rostro de la rubia que lo acompañaba, que estaba de espaldas a mí.

Pedí una Waldorf, por pedir algo. Me acordé de cuando me tomó de la mano aquella primera vez en el bosque de los Arrayanes, cuando quise saltar por un pequeño arroyito y él no quería que me mojara. Volví a mirar hacia su mesa. Él seguía ahí, con su mirada firme y su sonrisa imborrable. Nos trajeron los platos y Carlos, como siempre, tomó un pedacito de pan y me lo dio como si fuera Jesucristo en la última cena, diciéndome:

—Te ama verdaderamente quien te ofrece un pancito para que mojes en su huevo frito.

Yo quise cortarme, en ese mismo instante, los huevos que no tengo, con la servilleta.

 La rubia parecía ser una mujer elegante, con mucha presencia, pero no veía que hablara mucho. Él seguía atento a nuestra mesa.

Muchas de mis amigas ya se habían separado, la mayoría, pero yo me la venía bancando. No veía que ninguna de ellas fuera más feliz que yo. Algunas disfrutaban de la libertad, de salir un día con un tipo, otro día con otro, y otras estaban deseosas de encontrar un compañero. Yo les aconsejaba y les sugería que se compraran un perro, o quizás un gato, si la compañía era el problema. Al parecer, según la opinión unánime de todas, el amor es más parecido a las gaseosas que al vino. El vino, cuanto más tiempo pasa, se pone mejor, en cambio las gaseosas pierden la efervescencia y se vuelven intomables.

Al momento de los postres inmortalicé aquella última noche del viaje en la que habíamos hecho el amor apasionadamente a pesar del mandato familiar y las tormentosas charlas que por años nos habían inculcado las monjas del colegio. Recordé también que Claudia, mi mejor amiga, me había contado una historia donde todas las personas nacen con un hilo rojo que sale desde el corazón y que las une a otra persona que sin importar donde esté y sin importar que pase con sus vidas ese hilo iba a hacer que ellas se encontraran y no pudieran volver a separarse. Yo me toqué el pecho y sentí que ese hilo imaginario salía de él y me estaba uniendo a Robert. Recuerdo la vuelta en el micro de Bariloche a Buenos Aires, cuando una guacha envidiosa me contó que Robert era casado. Las vacaciones, el viaje, el mundo y la vida se habían terminado para mí en ese instante. Todas cantaban y se reían y yo no paré de llorar ni un kilómetro de todo ese largo viaje.

No lo vi más hasta la noche del restorán. De pronto la flaca que lo acompañaba se levantó. Intuí que iba al baño, yo dejé la cucharita y salí como tiro a su encuentro. Necesitaba conocerla, necesitaba saber quién era la mujer que lo acompañaba en la vida y lo hacía feliz. Ya las dos frente al espejo pude verla en detalle, centímetro a centímetro. ¡Era tan joven! Como yo en aquella época cuando le había entregado todo por amor incondicional. Era preciosa, ninguna arruga, y tenía todo en su lugar. Yo no estoy nada mal, pero la ley de gravedad hace estragos hasta en las supermodelos. Bajé la cabeza y volví a mi mesa como perro con la cola entre las patas. Debía seguir resignándome a festejar el estúpido día de los enamorados.

Carlos pidió la cuenta, dejó el diez porciento de propina a los mozos como siempre y salimos a la calle a esperar que el valet parking nos trajera el Audi. A los pocos minutos Robert y la chica salieron también. Robert le dio el ticket del auto al muchacho.

Carlos recordó que después de todo lo que había bebido no era mala idea hacer una pasada por el baño antes de irnos y volvió al local. Robert se me acercó con su sonrisa —que ya no me parecía tan hermosa— y me dijo:

—Euge, te presento a mi hija.

—Mucho gusto —le respondí, extendiéndole la mano y dándole un beso.

Mi autoestima subió un par de escalones, lo juro.

—¿Y tu mujer? —fue mi pregunta obligada, de buena chusma que soy.

—Ella falleció hace tres años, una desgracia que no podemos superar.

Noté que los ojos de la chica brillaban, no sé si por el reflejo de las luces de los autos o por alguna lágrima que no se animaba a brotar.

Carlos, atolondrado como siempre, salió corriendo. El Audi ya estaba esperando. Yo le di un beso en la mejilla a Roberto con toda el alma y la pasión que podía expresar en ese difícil momento. Luego le tomé la mano a la muchacha, le di dos besos y le pregunté:

—¿Como te llamas?

Y ella me respondió:

—Eugenia.

Parte 2

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