La institución innombrable | MÁS LITERATURA

Por: Ian Yetlanezi Chávez Flores

AQUÍ, PERO ALLÁ

Fotografía: RT

Se puede suponer que las instituciones gubernamentales manipulan la información con el objetivo de tener un control en la población y en el discurso. Muchos periodistas, profesores, investigadores, escritores y activistas han perdido la vida en querer desenmascarar una verdad dentro de la sociedad. Sin embargo, la lucha continúa por el simple hecho de que es una pelea de poder intelectual. Quien renuncia a la voluntad del conocimiento está condenado a la vida automatizada. Vivir sin cuestionar al mundo es una traición a la naturaleza humana. Así que seguir los pasos de aquellos que murieron por un ideal, no es una locura, es tratar de humanizarse. Por tanto, Antonio Ortuño en su novela La fila india se humaniza al criticar los actos de discriminación que el gobierno y la sociedad mexicana realizan a los (in)migrantes centroamericanos. Ortuño prefiere usar eufemismos en su obra para hacer dicha denuncia social, por ejemplo, utiliza el nombre de la Comisión Nacional de Migración (Conami), en lugar del Instituto Nacional de Migración (INM). Este pequeño giro a los nombres de las instituciones, desenmascara la corrupción y la alianza que existe entre el crimen organizado y el gobierno mexicano, pues en La fila india se observa cómo asesinan, persiguen, torturan, maltratan o venden a los inmigrantes que están en tránsito por México para tratar de cruzar la frontera de Estados Unidos y cuyo fin es encontrar el sueño americano.

La narrativa de Ortuño es importante en nuestros días porque demuestra cómo los discursos del INM, o la Secretaria de Relaciones Exteriores (SRE), son incoherentes, pues se rigen bajo la Ley Federal de Migración, la cual menciona que todo migrante dentro de México será respetado, tomando en cuenta sus derechos humanos. Sin embargo, en ocasiones no es así, no hay ningún respeto de los derechos humanos por parte de las instituciones ya mencionadas, porque —en 2016— el periódico Reforma sacó a la luz un caso del año 2011, en donde Cecilia Romero y Salvador Beltrán del Río —dos panistas que dirigían al Instituto Nacional de Migración durante el sexenio de Calderón— fueron capturados con diversos funcionarios del INM por estar coludidos con el crimen organizado. Su modus operandi era interceptar autobuses donde viajaban inmigrantes para después comentarles que iban a ser ayudados por el INM. Esto era una mentira porque, teniendo a los migrantes, se los entregaban al crimen organizado para fines diversos. El Reforma informó sobre la detención de los funcionarios públicos lo siguiente: “Todos fueron detenidos y sometidos a procesos porque las víctimas lograron identificarles, pero el Gobierno nunca lo mencionó en las comunicaciones oficiales sobre el caso.” (Barajas, 2016)

Regresando a la literatura, podemos encontrar otro aspecto importante en la narrativa de Antonio Ortuño, que es la demostración de la falta de atención e importancia del tema por parte de los medios de comunicación. En su novela, un grupo armado quema y balea un albergue donde anteriormente los migrantes pidieron protección al Conami. La Negra —personaje principal de la obra—, es una trabajadora social de dicha institución que va a llevar el caso de los cadáveres para su repatriación. Cuando ella se instala en Santa Rita, el pueblo donde se desarrolla la mayor parte de la novela, descubre que en la televisión nunca mencionaron el atentado: “En los noticieros de la madrugada tampoco hablaban de los quemados.” (Ortuño, 2016: 36) Muchos podrían argumentar que los problemas que se viven de manera cotidiana en México justifican la causa, hasta el exesposo de la Negra lo expresaba: “Nadie me escucha, pero igual lo digo. Hay demasiados muertos aquí para preocuparse por los carroñas centroamericanos. Demasiados desaparecidos, igualitos a los otros, morenos panzones jodidos, pero nuestros, y tantos como para ocuparse seriamente de los otros. O no. Cien mil muertos tenemos, medio con nombre medio con apellido, más los que jamás aparecieron, los que hicieron pozole o echaron a una zanja cubierta, a los que perros y cerdos y bichos les tragaron hasta los pelos.” (Ortuño, 2016: 113) La cita hasta cierto punto es irónica, porque declara que la diferencia racial existente entre la mayoría de los latinoamericanos es nula. Por tal motivo, no hay justificación a la crueldad ni a la indiferencia social.

ALLÁ, PERO AQUÍ

Fotografía: El País

Lo peor que se puede enseñar dentro de una sociedad son las líneas imaginarias que dividen al humano de una manera política; no estoy diciendo que no se debe enseñar Geografía, lo que trato de expresar es que está bien que se incluya el conocimiento de la ubicación geográfica, pero no el patriotismo desmesurado que sólo lleva a la incomprensión interior del mismo ser. Dicho comentario puede ser resumido en lo que pensaba el profesor universitario de la novela El cazador de tatuajes: “Me despojé de esa patria oficial como quien rechaza un abrazo indeseado.” (Acosta, 2004: 32) El profesor de la obra de Juvenal Acosta sabía que las patrias sólo son un invento que no sirven para la comunicación y convivencia humana, porque las patrias son el primer acto de imposición social y el primer acto de guerra intelectual entre divisiones socio-políticas. De hecho, El cazador de tatuajes también critica lo expuesto, sólo que visto desde ojos mexicanos dentro del territorio de Estados Unidos: “La pregunta siguiente: ¿qué significaba ser mexicano en el extranjero? Imposible saberlo. Yo nunca pude hablar más que de mi propia experiencia. Me acostumbré a ver, cada vez que iba a comer a un restaurante en San Francisco, los rostros ocultos de mis compatriotas asomándose desde cada cocina de cada restaurante californiano. Me acostumbré al dolor que me producía ver esa existencia de servidumbre: los albañiles, las empleadas domésticas, los lavacoches, las niñeras, los cientos de campesinos que recogen las frutas y las verduras que compramos en supermercados relucientes; los jornaleros del barrio latino que en la calle César Chávez esperan que alguien los contrate al menos algunas horas. California los convirtió, a todos y cada uno de ellos, en su chivo expiatorio, en su enemigo, en su hijo indeseado, su bastardo.” (Acosta, 2004: 75-76)

Por tanto, después de los ejemplos expuestos, lo que se intenta cuestionar en este breve ensayo es que si los mexicanos viven el miedo y terror de que sus derechos humanos se violen en Estados Unidos, ¿por qué el gobierno mexicano y la sociedad no respetan los derechos humanos de los migrantes centroamericanos? O peor ¿Por qué esconden la información, o la publican años después para que no sean juzgados los culpables? La pregunta se queda como moneda al aire donde no se sabe si va a caer águila o sol, o si va existir un triunfo, un trofeo, o si alguna vez se van hacer bien las cosas. Por eso es que se necesita continuar una lucha intelectual, nombrando lo innombrable, porque no es probable saber hasta cuándo la incertidumbre de las políticas públicas se quedarán en un volado o, peor aún, en el olvido.

Bibliografía

Acosta, Juvenal

2004 El cazador de tatuajes, México, Joaquín Mortiz.

Barajas, Abel

2016 “Entregaba el INM migrantes al narco” [versión electrónica], Reforma, México, 23 de abril, disponible en <http://www.reforma.com/aplicacioneslibre/articulo/default.aspx?id=825840&md5=aa0f2b09f9716e897fbb2dfb74e3690d&ta=0dfdbac11765226904c16cb9ad1b2efe&lcmd5=cf74d99760a791c7f7cf4f37bef14ec4&gt;.

Ortuño, Antonio

2016 La fila india, México, Océano.

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