Salsa y literatura: un hermoso vínculo poético | MÁS LITERATURA

Guillermo Cabrera Infante

Por: Andrea Castillo Pacheco

Si el movimiento rebelde y literario de los “Beat” de los años 50 en Estados Unidos usó el jazz como su principal interlocutor. Jack Kerouac, William Burroughs y sus colegas de la “Generación Beat” recurrentemente musicalizaban sus recitales con las obras de Charlie Parker, Charles Mingus y John Coltrane. En América Latina, la música salsa, especialmente en Nueva York, Cuba y Colombia, también influyó a su modo en la literatura. Dos obras clave para pensar esta influencia son: “Tres Tristes Tigres”, de Guillermo Cabrera Infante, y la más importante, “Que viva la música” de Andrés Caicedo.

La salsa es sinónimo de deseo y su origen lo constituyen los ritmos africanos que los esclavos mantenían en sus ritos religiosos, conservación posibilitada por la asimilación de sus dioses, los orishas, a los santos católicos. Posteriormente, el jazz hace su incursión en este género en el siglo XIX, hasta consagrarse un ritmo afrocaribeño lleno de “sabor”. Un ritmo popular que no solo nos transmite movimiento y comunión al escuchar un sonido “pegajoso” por medio de los timbales, las percusiones, el bajo y el trombón, sino que nos remite a sucesos históricos, políticos, sociales y culturales a través de sus letras, convirtiéndose en una poesía llena de folklor e identidad latinoamericana. Algunos de estos músicos eran Ray Barretto, Bobby Valentin, Hector Lavoe, Willie Colon, Richie Ray, Bobby Cruz, Ismael Miranda, Adalberto Santiago y muchos otros, incluyendo grandes figuras como Cortijo e Ismael Rivera.

Héctor Lavoe

El sentimiento es poesía, la poesía es música y la música es pasión e identidad. Por ello, deslindar la literatura de un género popular sería un error, pues la literatura está en todas partes para retratar sentimiento, realidad y tradición.

A continuación se mencionan algunas referencias que ha tenido la salsa con la literatura impregnada en alguna de sus canciones.

La referencia más sutil la encontramos en Gitana de Willie Colón (1984), inspirado en la Rima XXXVIII del poeta español Gustavo Bécquer y que se vuelve patente en una de sus estrofas:

“¡Los suspiros son aire y van al aire!

¡Las lágrimas son agua y van al mar!

Dime, mujer, cuando el amor se olvida

¿Sabes tú adónde va?”

Otro vínculo lo encontramos en el popular cántico cubano Guantanamera de Joseíto Fernández, y popularizada por artistas como Celia Cruz, Compay Segundo, Israel López “Cachao”, entre otros. Aunque es una guajira de inspiración libre, la base de sus estrofas es sacada de los versos del gran José Martí:

“Yo soy un hombre sincero

De donde crece la palma.

Y antes de morirme quieroEchar mis versos del alma (…)”

Cuba, al ser uno de los países más representativos tanto en las raíces rítmicas de la salsa como en sus líricas, nos presenta a uno de sus exponentes, el poeta Nicolás Guillén, quien aparece en el tema Songoro Consongo (1978) cantado por Hector Lavoe, una composición en donde se hace latente la fuerte sonoridad mulata.

“(…) Sóngoro, cosongo,

songo be;

sóngoro, cosongo

de mamey;

sóngoro, la negra

baila bien;

sóngoro de uno,

sóngoro de tré ”.

Tal vez el poema más conocido de Guillén que se ha versionado en la salsa ha sido gracias a la Sonora Ponceña con el tema Canción (1987):

“¡De qué callada manera

se me adentra usted sonriendo,

como si fuera

la primavera!

(Yo, muriendo.)

Y de qué modo sutil

me derramó en la camisa

todas las flores de abril (…)”

Otro clásico para recordar, es El Adios de la Orquesta Zodiac (1972) cuya introducción es tomado del Poema de la despedida del argentino José Ángel Buesa:

“Te digo adiós, y acaso te quiero todavía.

Quizá no he de olvidarte, pero te digo adiós.

No sé si me quisiste… No sé si te quería…

O tal vez nos quisimos demasiado los dos (…)”

Además de Buesa, su compatriota José Hernández es aludido en la orquesta del bajista Bobby Valentin con el título de Poem (1975), un guaguancó en vivo donde se recitan algunos fragmentos del extenso y recordado poema gauchesco La vuelta Martín Fierro, formula que repetirá más adelante en el 2000 bajo el título de Filosofía de un confinado:

“No sé el tiempo que corrió

En aquella sepoltura;

Si de ajuera no lo apuran,

El asunto va con pausa;

Tienen la presa sigura

Y dejan dormir la causa”

Otras obras clásicas que no hay que pasar por alto y que han sido evocadas en tiempo de salsa las podemos encontrar por ejemplo en Romeo y Julieta (1982) del Grupo Niche, donde Jairo Varela recrea a su manera el drama de los dos amantes que inmortalizó Shakespeare. De igual forma, el Don Quijote de Cervantes aparece en las versiones del trompetista Rafael Chaparro (1971) y el Conjunto Quisqueya (1971).

Gabriel García Márquez también está presente en el imaginario salsero mediante el álbum Agua de Luna (1987) de Rubén Blades, en la que el panameño hace una interpretación personal de los primeros cuentos de Gabriel Gracia Márquez. Incluso en Macondo (1973) tema compuesto por el peruano Daniel Camino e interpretado por Dominicano Johnny Ventura se expone magistralmente el realismo mágico de los personajes de Cien Años de Soledad.

La comunión entre la salsa y la literatura es mucho más amplia de lo que aquí se ha expuesto. Tal vez lo dicho hasta aquí sea un solo un pequeño panorama para evidenciar la capacidad que tiene este género musical de reinventarse y seguir conquistando los oídos expertos y novatos, pero sobre todo, de evidenciar la literatura en un género popular que poco o nada ha sido valorado para plasmar nuestras raíces latinoamericanas.

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