Día de los desamorados – II | MÁS LITERATURA

Por: Gustavo Vignera

—¿Eugenia? —escuché, y pensé que mi papá me llamaba.

Había tenido un mal día. Me borré del estudio y lloré todo lo que mi cuerpo pudo soportar. Estábamos en el restorán al que solíamos ir con mamá antes de su enfermedad, esperando que la chica que nos recibe con tanta amabilidad se sacara de encima a un desquiciado que no paraba de gritarle y faltarle el respeto.

Papá no me miró. No era a mí a quien llamaba, parecía que había visto un espíritu del más allá o al mismísimo demonio. Una señora muy elegante, morocha, con un look interesante, lo saludó a manera de trámite y salió tras los pasos del loco, que al parecer había logrado su cometido.

Papá es un genio, un tipo elegante, tiene toda la facha, todas mis amigas están enamoradas de él. Hablo de papá todo el tiempo, mi psicóloga bromea con que debo padecer el complejo de Electra. Pero la verdad es que yo lo admiro mucho al viejo, todo lo que ha logrado en su vida, cómo fue que se recibió de abogado, cómo creció viniendo de una familia muy humilde y, sobre todas las cosas, cómo la bancó a mi vieja en todo momento hasta el triste final.

Vino el maître y nos acompañó a la mesa que papá ya había reservado. Él estaba raro, se lo veía duro, incómodo podría decirse. Si hubiese visto a un fantasma tendía mejor cara. Yo quería, para romper el hielo, que me contara alguna anécdota graciosa de cuando era joven y trabajaba de coordinador de los grupos de colegios que iban a Bariloche.

Me había llamado por la tarde para saber cómo estaba, si iba a salir con amigas o con algún chico. Era el día de San Valentín y era más que obvio que debía festejar con alguien, aunque fuese con el portero de mi edificio.

El mozo trajo la carta y nos ofreció champán. Yo tenía el estómago revuelto, el pensar en comida me daba náuseas. Papá sabía que había cortado hacía nueve meses con Ezequiel, el chico con el que salí por cinco años. Era del comercial de a la vuelta de mi escuela. Esta vez papá ignoraba con quién había arrancado mi nueva relación. No me animaba a contárselo, sabía que era indebido, más que prohibido, diría que ilícito para continuar con la jerga del estudio.

De chica sufrí algunos trastornos alimenticios, así que lo que sentía en ese instante ya era bastante familiar aunque presumiblemente superado. Me faltaban diez materias. Papá habló con su socio y me hicieron entrar como pasante al estudio de abogados para poder ir aprendiendo el oficio, una manera mucho más real y práctica de lo que te pueden enseñar en la Facultad.

Pedí un crepe vegetariano y papá salmón a la parrilla, que le encanta. Cuando llegaron los platos el viejo empezó a comer como un autómata. Yo quería contarle desde un principio qué me había pasado y qué era lo que sentía en aquel, para mí, ya lejano momento. Tenía la autoestima muy baja, la enfermedad de mamá me había derribado el alma, necesitaba a alguien que me contuviera con todas las letras y así fue como me enamoré desesperadamente de Jorge, el socio de papá. Sabía que me estaba metiendo en un terrible despelote pero no me importó, la vida es una sola y yo siempre me dejé llevar por lo que me dictaba el corazón.

Jorge parece el hermano de papá, tienen casi la misma edad, pero él es la versión Richard Gere. Es el jefe en el estudio, le dio un lugar privilegiado a mi viejo y, obviamente, también a mí.

Papá estaba ido, en otro planeta, con la mirada perdida, no prestaba atención a nada de lo que le decía, era otra persona. Él siempre me escucha y está siempre presente cuando lo necesito, pero esta vez apenas miraba el plato, no se cómo hacía para llevarse el tenedor a la boca y embocar el bocado. Necesitaba su atención para poder confesarle lo que me estaba pasando. Nunca le había ocultado nada y sentía una especie de remordimiento. Sabía que a pesar de lo terrible que pudiera ser la realidad, yo debía ir con las cartas de frente y enfrentar las consecuencias.

Después de lo de mamá pasaba horas hablando con Jorge, siempre dándome la palabra justa o un consejo para mi relación con Ezequiel, mi ex. Siempre me recomendaba algún libro para que leyera, se preocupaba por mi carrera profesional y nunca le faltaba tiempo para darme una explicación sobre algún tema legal que debía estudiar para un examen de la Facu. Jorge era más que un jefe, más que un padre, más que un amigo, se había convertido en el amor de mi vida.

Papa comía y hacía como si me escuchara, pero yo me daba cuenta de que algo le había pasado y como soy muy perceptiva intuí que la morocha de la entrada le había movido el piso.

En un momento tuve que ir al baño, pensé que no llegaba, tenía ganas de vomitar. Me empecé arreglar frente al espejo y apareció ella, la morocha. Me miraba como si yo fuese su enemiga, tenía una mirada penetrante, me miraba de arriba abajo, parecía que destilaba odio. Evidentemente estaba tan loca como su supuesto marido. Yo seguí en lo mío y traté de ignorarla.

Me arreglé el maquillaje y me peiné un poco. Quería volver como una lady a la mesa. Sé que a papá le gusta que la gente nos mire. Se divierte con eso, imagina qué estarán diciendo por detrás y me toma la mano para darles envidia. Mirá a ese viejo con esa pendeja, me dice al oído, y yo sólo disfruto.

Sé que nadie en la vida te da un cheque al portador para la felicidad, pero Jorge es todo lo que necesito hoy. Cuando mamá murió él estuvo en el entierro. Aún recuerdo su abrazo al darme el pésame. Yo estaba destruida, no podía pensar en nada, pero sé que ése fue el momento en que hicimos conexión.

Trajeron el postre de papá. Yo no quería nada, apenas le robé una cucharadita a su flan con dulce de leche y crema. Al final él pagó y yo no tuve el coraje de contarle nada.

Salimos a la calle, papá le dio el papelito sellado al chico que trae los autos y apareció de nuevo la loca y lo fue a encarar al viejo. Tuve miedo de que hiciera un escándalo. Se acercó a mí y me preguntó cómo me llamaba. Se lo dije y su cara se enterneció de golpe. La gente está muy loca, sólo por decirle mi nombre la mina “se volvió buena”.

Yo no estaba bien. El día anterior, antes de salir de la oficina, fui al despacho de Jorge. Estaba distinto. Lo vi más preocupado que de costumbre. Le conté lo que me pasaba, él me dijo que le hacía falta tiempo, que sus hijos aún lo necesitaban y que no se podía borrar. Lo escuché distinto, distante, pero no pierdo la fe, lo voy a esperar hasta el fin de mis días.

Estoy con unas semanas de atraso, lo siento todas las mañanas, lo siento a él adentro mío todo el tiempo.

Si es varón, juro que le pondré Jorge.

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