Día de los desamorados – III | MÁS LITERATURA

Por: Gustavo Vignera

¡No soporto que la gente sea tan irresponsable, y para colmo maleducada y que pretenda tener razón! No importaba que no me hubieran reservado la mesa de siempre en el restaurant al que venimos invariablemente para el día de los enamorados. Lo que más me molestó fue que la recepcionista me mirara fijo a los ojos y deletreara mi apellido, el cual tiene cuatro veces más consonantes que vocales, y me lo repitiera sobrándome, junto a mi nombre, como si lo hubiese estudiado de memoria por años antes de que llegásemos Eugenia y yo al restorán. No somos tantos en la guía. Mi apellido no es para nada común, vengo de una familia yugoslava que huyó de la guerra con la ilusión de cambiar su suerte en las costas del Río de la Plata.

La verdad es que no sé porque me puse tan loco, supongo que imaginaba que lo que pasaba no era fruto de la casualidad. Su cara me era familiar a pesar de estar seguro de no haberla visto en mi vida.

Tenía que bajar un cambio, era el día de San Valentín y si bien es mi costumbre ponerle un par de fichas al amor de Eugenia, con esa actitud iba a provocar una inevitable y catastrófica pelea con ella. Al fin y al cabo no era para tanto.

Las dos docenas de rosas y la caja de chocolates nunca alcanzan si no la llevo a cenar a este lugar. Es una especie de ceremonia, algo que debo hacer como si fuera uno de mis empleados que al llegar a la fábrica marcan la tarjeta para fichar su llegada.

Es evidente que no estoy bien, a veces creo que soy una bomba de tiempo que en cualquier momento va a estallar. El estrés y el cansancio me están matando.

El maître nos acompañó a la mesa, le corrió la silla a mi esposa para que se sentara y hasta esa delicadeza me irritó. Tengo tantos problemas que no puedo cambiar mi punto de vista ni por un minuto. Eugenia y yo tenemos dos hijos hermosos y sanos y ese perro… ese perro que, aunque me llene de pelos el traje antes de ir para la fábrica, es el único que me saluda con alegría moviéndome la cola cuando regreso.

No dejo de pensar en la recepcionista diciendo mi apellido como si estuviese completando un crucigrama con él. Su cara y las de mis hijos ignorándome se fusionan en una sola imagen: la mía.

Me pedí un bife a caballo, como siempre. Soy de esos tipos afectos a las tradiciones, cuando hay algo que me gusta lo repito hasta el cansancio. El mismo cansancio que tengo de mi vida y que no me animo a terminar con un chumbo ya que además, para colmo de males, también soy un cobarde.

Mientras esperábamos el mozo nos trajo unas copas de champagne. Yo quise hacer chin-chin con Eugenia pero ella estaba distraída, era como si algo la hubiese turbado desde el momento en que entramos al restorán y me puse a discutir con la encargada.

—Eugenia, ¿que te pasa? —le pregunté, y ella agitó su cabeza como quien vuelve de un bajón de presión.

—Perdoname, sé que estuve mal —le dije de corazón.

Yo sabía que no tenía que ponerme así, y menos en un día que, se supone, es para estar bien con tu pareja. El tema es que en la fábrica está todo mal, y yo no quiero pasarle los quilombos a ella. Es un tema que tengo que resolver yo.

Desde que vinieron los yanquis y compraron todo lo único que estoy pudiendo hacer es administrar la desgracia. Bajó el consumo, las ventas —obviamente— también, no tenemos materia prima, no paro de despedir gente todos los meses. Todo el mundo, hasta los más cercanos a mí, están con cara de culo y yo sólo la remo como si estuviera en un bote a la deriva en un río interminable esperando ver en qué momento aparece el despeñadero y nos vamos todos a la mismísima mierda. Soy un cero a la izquierda, un instrumento, una marioneta, una especie de cocoliche que no para de recibir órdenes y ejecutarlas en contra de mis convicciones.

Pero Eugenia está en otra, casi ni me mira, observa todas las mesas y yo trato de que me preste un mínimo de atención, necesito de ese salvavidas que me devuelva la esperanza de seguir nadando hasta la orilla.

La chica de la entrada me movió la estantería, esa cara, esa mirada, ese momento que me bloqueó las ilusiones o quizá me encendió la necesidad de dirigirme hacia un nuevo atajo, un nuevo camino.

Ya hace muchos meses que Eugenia está en otro mundo, a veces pienso que hacemos el amor solo por obligación y para no perder la costumbre. Le dije que estaba muy linda y me sonrió con un falso cumplido, que desestimé de inmediato cuando el mozo puso frente a mí un enorme plato con el bife, las papas fritas y esos dos huevos fritos brillantes que eran una maravilla.

Necesitaba redimirme con la encargada, no había estado nada bien, siempre vuelvo a este restorán y nunca está bueno inventarse enemigos.

Quería ansiosamente cambiar la onda con mi esposa, por eso con intención de seducirla o, mejor dicho, que me diera un mínimo de bola, tomé un pedacito de pan y le dije:

—Te ama verdaderamente quien te ofrece un pancito para que mojes en su huevo frito.

Ella, sencillamente, también ignoró mi chispa para remediar el mal momento que sin duda había provocado con mis exabruptos de la entrada.

Mi IPhone vibró y Eugenia ni se percató, estaba muy atenta a lo que pasaba en las mesas detrás de mí. Lo tomé, vi el mensaje y disimuladamente lo apagué y lo puse boca abajo.

Era un mensaje de Roxana, mi secretaria. Ella sí se preocupa por mí todo el tiempo. Me hace acordar a una novia que tuve hace más de veinte años, uno o dos antes de conocer a Eugenia. Algo no funcionó con ella. Se llamaba Andrea, y de un día para otro desapareció por completo de mi vida. Recuerdo que traté de buscarla, la llamaba todas las noches, no sabía qué había hecho mal, qué la había ofendido, por qué nunca más volví a saber nada de ella. A veces pienso qué hubiese sido de mi vida si Andrea no se hubiera ido de mi lado así, en silencio, sin ninguna explicación, sin ningún reproche, solo evaporándose como un fantasma que nunca existió.

Si el amor cotizara en bolsa sin duda yo ya hubiese caído en bancarrota. Sólo atesoro los recuerdos de los buenos tiempos.

La cena con Eugenia fue casi un monólogo, ella en su mundo y yo en otra galaxia. Pedí la cuenta, solicité al mozo que me sellaran el papelito para el estacionamiento del auto y nos dirigimos hacia la puerta del restorán. Le dije a Eugenia que me esperara afuera, que yo tenía que ir al baño. Ésa fue mi excusa: quería disculparme con la chica de la entrada.

El mundo está lleno de ganadores y perdedores, y yo no sé en qué grupo me encuentro. Deseaba que el destino hiciera cambiar el vacío que todo lo que me pasaba estaba generando en mí en ese maldito día de los supuestos enamorados.

La recepcionista estaba hablando con una pareja que acababa de llegar. Otro mozo los acompañó a la mesa que habíamos dejado libre. Me acerqué a la chica y le dije:

—Perdoname, sé que estuve muy grosero y te maltraté sin sentido.

Sonrió pero se le pusieron los ojos brillosos al igual que a mi hija cuando discutimos y nos amigamos. Ella me tomó la mano y me dijo:

—No quiero su disculpa señor Zvietcovich— y me sorprendió de nuevo que lo repitiera con tanta claridad y precisión en la pronunciación.

—No sé cómo disculparme entonces— le dije, y me di la vuelta en busca de mi Audi.

Al abrir la puerta del restorán la brisa fría asaltó mi cara. Sentí que una mano apretaba mi hombro. Me di vuelta intempestivamente y me encontré de nuevo con la muchacha que, con lágrimas en los ojos, me decía:

—Señor Zvietcovich, desde el día en que me llamó para hacer la reserva estoy deseando verlo.  No quiero su disculpa señor, quiero su apellido, ya que soy la hija de Andrea García y también su hija.

El mundo se detuvo por un momento y pude ver que sus ojos eran mis ojos. La martingala de la vida me estaba abriendo una nueva chance en la partida.

Parte 2

Parte 4

2 comentarios sobre “Día de los desamorados – III | MÁS LITERATURA

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .