Día de los desamorados – IV | MÁS LITERATURA

Por: Gustavo Vignera

—¿Eugenia? —fue lo primero que atiné a decir cuando vi su rostro reflejado en el espejo de la recepción del restorán.

No podía ser otra, su hermoso cuello y su piel color caramelo estaban intactos a pesar de los veintisiete años que nos separaban de aquella noche de amor en estado puro.

Yo le había mentido, lo sé, pero quién no miente cuando de amor verdadero se trata. Yo estaba casado, pero la piba me había roto todos los esquemas. Estaba dispuesto a todo, si no se hubiese desvanecido como un espejismo en la peligrosa ruta del olvido.

Me vino a la mente aquel anochecer en el Cerro Catedral, cuando le prometí amor eterno. Primero fue como un juego, quizás como un engaño para lograr mi cometido, pero ese señuelo que había preparado con tanta astucia hizo que yo cayera en mi propia trampa, la trampa de uno de los mayores males: el amor.

El mozo nos trajo la carta y a continuación dos copas de champán. Mi nena no estaba bien, la muerte de su madre le había cambiado el humor, la pelea con su ex tampoco la había ayudado ni un poco. Sentía que ella esa noche quería hablar conmigo y contarme cosas, pero la presencia inesperada de Eugenia me había desconcertado. No podía dejar de mirar hacia la mesa en que estaba ella con ese tipo.

Evoqué el momento aquel en que estábamos sentados bajo el cielo estrellado de Bariloche, cuando quise explicarle cómo los montañistas lo utilizan para ubicarse cuando pierden las referencias. Ahí le mostré, ostentando mis magros conocimientos de astronomía, las Tres Marías, la constelación de Orión, la Osa Mayor y Sirio, la estrella más brillante, la que los antiguos egipcios llamaban la estrella roja.

Después de ese viaje yo también había perdido las referencias, estuve perdido por años a pesar de que para muchos haya sentado cabeza. Nunca me había olvidado de ella, por algo cuando supe que mi esposa iba a parir una nena no dudé un segundo en ponerle también Eugenia. Lo que fue un tremendo error, ya que más allá de homenajear al verdadero amor de mi vida, esa estupidez se había convertido en mi pequeña y cotidiana tortura.

Ese día de los enamorados mi hija me invitó a cenar. Realmente era poco común que una chica con su belleza y juventud quisiera ir a festejar ese emblemático día con su padre. Quizá pensó que yo estaría solo, tan triste como ella por la ausencia de su madre, pero la veía rara ya hacía un buen tiempo en el estudio, por eso fue que acepté la invitación.

Yo sabía que ella era una chica madura y que cualquier problema que tuviese sin duda lo sabría superar. Sin embargo, sin ser muy perspicaz, percibía en el aire que algo no estaba nada bien.

Mi atención hacia ella era tan fugaz como esas estrellas que surcan el cosmos. La miraba, le decía dos palabras, tomaba la copa y de forma inevitable volvía a mirar hacia la mesa de Eugenia.

Uno cree que los recuerdos son una especie de pan lactal, que se van apilando uno tras otros sin ninguna jerarquía, pero en mi cabeza sólo aparecía aquella carita, con su campera de abrigo, abrazándome hasta que el mundo parase de girar.

Reviví el instante en que le sugerí que hiciéramos un pacto, ese pacto que cumplí como un mandamiento. Consistía en que si las circunstancias de la vida nos separaban, cada noche que nos sintiéramos solos, cada uno de nosotros, en el lugar donde estuviésemos, buscaríamos a Sirio en el cielo y esa iba a ser la señal de que aún estábamos unidos. El mozo me trajo el salmón, no sé si estaba insulso, mal cocido o si todos mis sentidos estaban tratando de localizar a ese ser que había sido tan importante en mi juventud.

Solo probé dos bocados. Yo había salido con varias chicas, era una especie de latin lover. Era fácil para mí tener sexo con ellas, yo era el guía y ellas las guiadas, enloquecidas, liberadas, tratando de romper con todas las reglas y volver transformadas a una vida adulta que las esperaría repleta de sorpresas.

Hace un par de años descubrí el tema de Coldplay Sky full of stars en la radio, y el recuerdo de Eugenia me atormentó cada instante de mi existencia.

Había abierto una cuenta en Facebook a pesar de mi aversión a las redes sociales sólo para tratar de encontrarla. Recordaba el nombre de su colegio, el María Auxiliadora, pero jamás había logrado aprender su apellido, con lo cual mis largas búsquedas desesperadas habían sido en vano.

Por eso verla reflejada en ese espejo fue para mí una especie de milagro, algo que aunque parezca ridículo lindaba con lo sobrenatural. Mi hija fue al baño y mi otra Eugenia se levantó de inmediato y se dirigió al mismo lugar.

Yo había fantaseado miles de veces con encontrarla como a Penélope, sentada, tejiendo, en una estación, con su bolso de piel marrón y su vestido de domingo. Pero jamás pensé reencontrarme con ella, después de tantos años, en una situación tan particular. Fue por eso que la felicidad de volverla a ver era tan extraña que, más que un encuentro, parecía una despedida.

Pensé en levantarme y esperarla a la salida del baño sólo para poder decirle un par de palabras, todo lo que la había extrañado durante todos estos años, pedirle perdón y preguntarle si era feliz con ese tipo que había dejado en la mesa. Pero me censuré inmediatamente, no quise avanzar más de lo que correspondía, no me parecía correcto tratar de reconquistar a una mujer casada y para peor estaba el riesgo de ganarme un escándalo por lo mal que me había portado con ella al ocultarle mi estado civil.

Las dos volvieron a sus correspondientes asientos. Mi hija seguía con cara de resignación, y la otra Eugenia ahora me miraba con un dejo de odio. Pedimos un café y la cuenta. Me quería escapar de ese lugar lo más pronto posible.

Nos dirigimos a la puerta del restorán para esperar a que el valet parking nos trajese nuestro auto. De pronto salió Eugenia y me saludo con una frialdad que cortaba el aire. Se puso a hablar con mi hija como si le estuviera haciendo una indagatoria. Le preguntó su nombre, y al ver que eran tocayas su rostro se llenó de luz. Sin pensarlo miramos juntos el cielo de Buenos Aires tratando de ubicar a Sirio, la estrella roja, y así nuestro punto de vista celestial nos abría un nuevo camino en el intrincado firmamento de la vida.

Parte 3

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