El tiempo del otro, por Byung-Chul Han | MÁS LITERATURA

El amor como lo absoluto es para Hegel una conclusión. El amante ciertamente muere en el otro, pero esta muerte va seguida de un retorno a sí mismo. Ahora bien, el retorno a sí mismo desde el otro es todo menos una apropiación violenta del otro, modalidad que algunos han convertido falsamente en figura principal del pensamiento hegeliano. Hoy no habría que leer a Hegel tal como nos han enseñado Derrida, Deleuze o Bataille; tendríamos que leerlo de otra manera. El retorno a sí mismo no es ninguna apropiación; más bien, es el don del otro, donación a la que precede la renuncia a sí mismo, el abandono de sí mismo. La conclusión es absoluta porque no es limitada. Una conclusión limitada significa que tan solo me apropio una parte del otro, permaneciendo yo intacto en mí mismo. El amor como conclusión absoluta presupone una suspensión del sí mismo. Es transformación. El abrazo amoroso es otro signo visible de la conclusión. La declaración de amor es una promesa, que tiene una duración, que produce un claro en el tiempo. La fidelidad es ella misma una forma de conclusión, que introduce una eternidad en el tiempo. Es una inclusión de la eternidad en el tiempo.

La comunicación humana solo funda sentido por el hecho de que constituye una forma de conclusión. El hombre comunica para sustraerse a la muerte y dar un sentido a la vida. El diálogo representa una bella forma de conclusión. Por eso puede fundar sentido. Es una comunicación con un tú. También la oración es un diálogo. En palabras de Martin Buber, Dios es un tú eterno. La red digital no es ninguna forma de conclusión. Y por eso la comunicación digital es incapaz de diálogo. Hoy se hace narcisista y se orienta a que el otro desaparezca. El vacío de sentido hace que la comunicación se produzca sin pausa ni interrupción. El vacío en la comunicación se presenta como muerte, que se procura encubrir con toda rapidez mediante más comunicación. Pero eso es una empresa desesperada. Una comunicación fundadora de sentido como diálogo se guarda de la aceleración.

El tiempo que puede acelerarse es el tiempo-yo. Es el tiempo que yo me tomo, y conduce a la penuria de tiempo. Pero hay también otro tiempo, el tiempo del otro, un tiempo que yo doy al otro. El tiempo del otro como don no puede acelerarse, se sustrae también al trabajo y al rendimiento, que exige siempre mi tiempo. La política del tiempo en el neoliberalismo suprime el tiempo del otro, pues esta modalidad temporal no trae rendimiento. En contraposición al tiempo-yo, que es aislado e individualizado, el tiempo del otro funda la comunidad. Solamente el tiempo del otro rescata al yo narcisista de la depresión y del agotamiento.

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