Panchita | MÁS LITERATURA

Por: María del Refugio Sandoval

Su nombre era Francisca Sotelo, de cariño le decían Panchita; sus padres procrearon dos hijas; a Nela, la mayor, le enseñaron a preparar comida, lavar, planchar y todo lo necesario para atender el hogar; Panchita fue privilegiada, en el sentido de que a ella le propiciaron la entrada al maravilloso mundo del conocimiento. Aprendió a leer, escribir, y tuvo la oportunidad de cursar y concluir su primaria, lo cual era toda una proeza en los años de 1920; con un país devastado por la revolución, una Constitución en cuna y en plena génesis; la Secretaria de Educación Pública.

El camino de alfabetización que México necesitaba recorrer era vasto, la urgencia de personas con el dominio de la lecto−escritura era más que suficiente para engrosar las filas del magisterio; Panchita tenía en su haber  15 vueltas al sol; un botón desplegando sus colores, convirtiéndose en clavel; fue invitada a incursionar en el fantástico mundo de la enseñanza, en el pueblito donde radicaba, ubicado al sur de Chihuahua y puerta de entrada a la Sierra Tarahumara.  

En ese contexto, no era común que la mujer desempeñara algún oficio o profesión fuera del hogar, por lo que su presencia despertaba una serie de emociones encontradas en los habitantes del pueblo; por un lado, las mujeres admiraban su porte y presencia; siempre bien vestida, maquillada y sus manos y uñas perfectamente cuidadas; en contraste con las de ellas, que debían encargarse de las labores del hogar, el apoyo con animales, campo y en todos los espacios donde su ayuda fuera requerida. En cuanto a las señoras con hijos solteros, no la veían como candidata a nuera y madre de sus nietos; hasta la fecha prevalece un dicho: “pueblo chico, infierno grande”,  todos sabían que a Panchita había que endulzarle la taza de café, servirle el plato y prodigarle todas las atenciones necesarias; aunado a que era una de las personas que más había leído y conocido, por lo que los varones se sentían intimidados ante su presencia.

Sus antecesores vivían en Texas, cuando aún era territorio mexicano, sus padres emigran a Chihuahua a iniciar una nueva vida. Con casi cuatro décadas procrean a sus hijas,  y finalmente se asientan a vivir en Balleza, Chihuahua.

Corrían los años de 1934, cuando Cárdenas estaba al frente de la presidencia de México, que fallece uno tras otro; decía Panchita que su padre no pudo soportar la soledad y desconsuelo de enterrar a su madre, y decidió dejarse morir de depresión y abatimiento.

De esa manera, quedan solas en el mundo; Nela se olvida de sí misma y vive para satisfacer las necesidades de su hermana. El tiempo sigue su camino inexorable.

Muchas generaciones se vieron beneficiadas por la dedicación, pasión y entrega a su profesión de esta pionera de la enseñanza. Era una de las pocas personas que había tenido la oportunidad de viajar y conocer más allá de los límites del pueblo; poseía libros, enciclopedias, cuentos fantásticos, colecciones de novelas, mapas, cuadernos, todo un compendio de saberes que siempre ponía a la disposición de quien gustaba incursionar en el mundo del conocimiento. Debido a la edad temprana en que incursionó al magisterio, a los 45 años estaba jubilada.

No se les conoció pareja alguna, por lo que dedicaron su amor al cuidado de los animales. Los chiquillos del pueblo se dedicaban a atrapar pajaritos y se los llevaban a vender;  los cuidaban hasta que estaban listos para emprender el vuelo. Tenían dos perros que eran alimentados  diariamente  con los mejores chicharrones que preparaba el matancero del pueblo. Para los gatos, mandaban comprar carne molida y para el cerdo que estaba en su corral desde que nació, y el cual ya había perdido toda la dentadura por los años vividos, le preparaban maseca con leche para que estuviera bien alimentado. De esa manera, el sueldo de su pensión se repartía generosamente en las manos de comerciantes, en quien hacía los mandados, quien le llevaba a vender libros viejos, ropa, maquillaje y pinturas y renta de los cuartos donde vivían.

 Al fallecer Nela, queda en el más grande desamparo, tiene que pagar por quien le prepare alimentos y  limpie su ropa. Nadie jamás en el pueblo dio un paso dentro de su casa; se sabía de la existencia de los animales porque se les escuchaba al pasar por la banqueta. Ella fue envejeciendo, su espalda se fue encorvando, el aroma que emanaba de su cuerpo era tan desagradable, por un lado, la falta de aseo y por otro, el estar en constante acercamiento con sus mascotas.

Después de Nela murió el cerdo, luego sus perros; fueron las únicas ocasiones que permitió a un chiquillo entrar por la puerta trasera del corral, hacer un hoyo y dar sepultura a quienes le acompañaron y le prodigaron calor y amor por largos años.

El duelo le lastimó profundamente. Sus historias cambiaron por lamentos y lágrimas, el abatimiento de la soledad se cargó en sus hombros, su mirada perdió nitidez y su oído la capacidad de escuchar.

En ese devenir de su casa a la que le servían alimentos, un día sufre un accidente, se atraviesa a la calle y es golpeada por una camioneta; Doña Chino, era  quien la atendía y decide darle abrigo en su casa. Hubo que bañarla para que el doctor aceptara revisarla.  Cuanta suciedad y abandono tenía ese frágil cuerpo de 80 años; su largo cabello canoso al quedar libre de la atadura de las trenzas y del pañuelo que le sostenía, caía como una cascada plateada hasta por debajo de su cintura; el tono rosado de su piel brotó y el aroma que por tantos años le había acompañado, se fue a la coladera junto con el agua.

Se limpió su cuerpo, más no su alma, esos dolores y añoranzas del pasado no pudieron resurgir.Su cadera fracturada jamás volvió a soldar.

Silenciosa como un pájaro, una mañana ya nos abrió sus ojitos. Voló su alma a los confines de otro mundo, buscando a su familia, a esos rostros de niños que por 30 años  educó con vehemencia y dedicación.

En el pueblo, las últimas generaciones que la recuerdan, no lo hacen  como la persona erudita que fue, sino como la viejita con un aroma impregnante y repulsivo, con su carita llena de arrugas grotescamente maquillada, ropa llena de pelaje de perros y gatos y su cabeza cubierta por una pañoleta.

En el camposanto, hay una tumba con una cruz de madera, cuyas letras apenas son perceptibles: Panchita Sotelo O. 1914−1996

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