VAMPIRO, DE EMILIA PARDO BAZÁN | MÁS LITERATURA

Emilia Pardo Bazán (1851-1921), fue una magnífica y prolífica novelista, feminista, ensayista, crítica literaria, poeta, editora, traductora y noble española. Su obra es considerada dentro del naturalismo. Sin embargo, también incursionó en la narrativa fantástica. Su lucha por los derechos de las mujeres fue incansable. Tuvo una importantísima actuación política y pública defendiendo el derecho a la educación. Una de sus más importantes obras literarias es la magnífica novela Los pasos de Ulloa (1886).

En MÁS LITERATURA, compartimos su cuento “Vampiro”, disfrútenlo.

No se hablaba de otra cosa. ¡Y qué milagro! No sucede todos los días que un setentón vaya al altar con una niña de quince.

Así, al pie de la letra: quince y dos meses acababa de cumplir Inesiña, la sobrina del cura de Gondelle, cuando su propio tío, en la iglesia del santuario de Nuestra Señora del Plomo –a una distancia de tres leguas de Vilamorta– bendijo su unión con el Sr. Fortunato Gayoso, de setenta y siete y medio, según dictaba su acta de bautismo. La única exigencia de Inesiña había sido casarse en el santuario, pues era fiel devota de aquella Virgen por lo que siempre usaba el escapulario del Plomo, de franela blanca y seda azul. Y como el novio no podía, ¡qué había de poder, el desdichado!, subir por su pie el inclinado y rocoso terreno que conduce al santuario, desde la carretera entre Cebre y Vilamorta, ni tampoco podía sostenerse a caballo, se decidió que dos jóvenes corpulentos de Gondelle, hechos para cargar el enorme cestón de uvas en las vendimias, llevaran a don Fortunato a la silla de la reina, hasta el templo. ¡Situación que da risa!

Sin embargo, en los casinos, boticas y demás círculos de Vilamorta y Cebre, como también en los atrios y sacristías de las parroquias se dialogó que en Gondelle las ceremonias eran muy duraderas, y los novios no estaban interesados en una misa con tantas adulaciones.

Mientras que en el pueblo se hablaba de que a Inesiña le había caído el premio mayor, pues el viejo Fortunato poseía una gran riqueza. Pero, ¿quién era Inesiña? Veamos: era una chiquilla alegre y apacible, con gran sentimiento de exaltación ante las situaciones que le apasionaban. Tiene unos  ojos enormes y brillantes que se pueden distinguir a simple vista, sus pómulos son pronunciados y se asemejan a la suavidad de los pétalos de una rosa; ¡pero qué demonio!, ¡hay tantas así desde el Sil al Avieiro! En cambio, don Fortunato poseía una cantidad de dinero enorme y ni hablemos de sus bienes tan lujosos, que el sólo hecho de pronunciarlos me produce envidia. No se encuentra otro riquillo de este tipo en toda la provincia. Sabrá Dios de dónde sacó tanto dinero, si sería bien ganado o no , porque esos que vuelven del otro mundo con tantísimo dinero, sabe Dios qué historia ocultan entre las dos tapas de la maleta; sólo que…. ¡pchss!, ¿quién se mete a investigar el origen de un fortuna? Nadie…nadie lo hace por temor. Porque a pesar de su edad, el viejo Fortunato sigue siendo un hombre rencoroso y audaz.

La fortuna es como el buen tiempo: se disfruta y no se preguntan sus causas.

Que el señor Gayoso se había traído un montón de plata, constaba por referencias muy auténticas y fidedignas; sólo en la sucursal del Banco de Auriabella dejaba depositados grandes fajos de billetes  esperando una buena ocasión para invertirlos, cerca de dos millones de reales. También, los pedazos de tierra que se vendían en el país los compraba sin regatear ni un solo peso.

Hace algún tiempo, en la plaza de la Constitución de Vilamorta, el viejo había adquirido un grupo de tres casas, derribándolas y construyendo sobre los solares un edificio espléndido y ostentoso.

– ¿No le bastarían a ese viejo chocho siete pies de tierra? –preguntaban los concurrentes burlones e indignados que visitaban el Casino.

Júzguese lo que añadirían al difundirse la extraña noticia de la boda, y al saberse que don Fortunato no sólo se portaba dadivoso con la sobrina del cura, sino que la proclamaría heredera universal de todos sus bienes.

Las quejas de los parientes, más o menos cercanos a don Fortunato, se esparcieron rápidamente, como la noticia de una muerte inmediata. Incluso se habló de llevar esta situación a los tribunales, se acusó al viejo de locura senil y se discutió sobre su encierro en el manicomio. Pero este viejo cascarrabias, aunque muy demacrado y hecho una pasa seca, conservaba íntegras sus facultades y aún mantenía sus conversaciones de manera coherente, aúny gobernaba perfectamente. Así que fue preciso dejarle encomendando su castigo a su propia locura.

           Lo que no se evitó fue el escándalo producido con campanillas y cuernos con el fin de burlarse de los recién casados ante su nueva morada, una casa decorada y amueblada aparatosamente, pues a pocos días del matrimonio entre Inesiña y el viejo Fortunato. Más, más de quinientos hombres se juntaron armados con sartenes, cazos, latas y cuernos. Alborotaron cuanto quisieron, sin que nadie les pusiera un alto, pero en la casa del matrimonio no se entreabrió ninguna ventana, no se filtró luz por las rendijas. Cansados y desilusionados, los revoltosos se retiraron parahacia sus hogares. Aun cuando estaban de acuerdo en hacer su escandalo una semana entera. Lo cierto es que días después dejaron en paz a los cónyuges y ahora el pueblo se encontraba en completa calma..

Entre tanto, dentro de aquella  mansión tan lujosa y  abarrotada de  muebles ostentosos y de cuanto pueden exigir la comodidad y el regalo. Inesiña creía estar soñando ante ese lugar tan suntuoso. Tenía tantas ganas de bailar a su gusto, pues aquel piso brillante y hermoso le provocaba un entusiasmo enorme que espontáneamente comenzaba a mover los pies.

El temor más instintivo que razonado con el que fue al altar de Nuestra Señora del Plomo, se había disipado ante los dulces y paternales razonamientos  dede su marido, el cual sólo pedía a la tierna esposa un poco de cariño y calor. Así como los incesantes cuidados que necesita para su  extrema vejez.  Inesiña recordaba las reiteradas palabras de su tío, el cura de Gondelle: “No tengas miedo, boba”;  “Cásate tranquila”. Y lo hizo, ahora sus días estaban dedicados a desempeñar un oficio piadoso: el papel de enfermera y el rol de hija que le tocaba por algún tiempo… ¿acaso sería muy poco?

Inesiña seguía siendo una niña, la prueba de esto eran las dos muñecas enormes vestidas de seda y encaje que estaban sobre su tocador. Allí no se concebía que pudiesen venir otras criaturas más hermosas que aquellas de fina porcelana.

¡Asistir al viejecito! Vaya: eso sí que lo haría de muy buena manera la pequeña Inés. Día y noche –de noche sobre todo, porque era cuando necesitaba a su lado, pegado a su cuerpo, un abrigo dulce y tierno– se comprometía a atenderle, a no abandonarle ni siquiera un minuto. ¡Pobre señor! ¡Era tan simpático y tenía ya tan metido el pie derecho en la sepultura! El corazón de Inesiña se conmovió, nunca conoció el cariño de un padre y pensó que Dios le deparó uno en su decrepito marido. Se portaría como una hija, y aún más, porque las hijas no prestan cuidados tan íntimos, no ofrecen su calor juvenil, ni los aromas que se desprenden de su cuerpo; y en eso justamente creía don Fortunato encontrar algún remedio a la decrepitud. “Lo que tengo es frío –repetía–, mucho frío, querida; es la nieve de tantos años estancada en mis entrañas. Te he buscado como se busca el sol. Me arrimo a ti como si me arrimase a la llama que calma un invierno violento. Acércate, mi pequeña, échame los brazos; si no, comenzaré a temblar por el frio y me quedaré helado inmediatamente. ¡Por Dios!, abrígame con tu calor; no te pido más”.

Lo que se callaba el viejo, lo que mantenía en secreto con el especialista inglés a quien como último recurso había consultado, era el convencimiento de que, puesta en contacto su ancianidad con la fresca primavera de Inesiña, se verificaría un misterioso trueque. Si las energías vitales de la muchacha, la flor de su juventud, su intacta provisión de fuerzas debían reanimar a don Fortunato. La decrepitud y el agotamiento del viejo se comunicarían a la jovialidad de la dulce muchacha., Transmitidos por la mezcla y el cambio de los alientos, recogiendo el anciano el aura viva, ardiente y pura de Inesiña, absorbiendo la doncella un vaho sepulcral. Fortunato sabía  que su joven esposa era la víctima, la oveja traída al matadero con el feroz egoísmo de sus últimos años de existencia, en que todo se sacrifica con el afán de prolongarla, aunque sólo sea unas cuantas horas. El viejo no sentía ni rastro de compasión. Agarraba a la desventurada Inés, absorbiendo su respiración sana, su hálito perfumado, delicioso, preso en la urna de cristal de los blancos dientes; aquel era el licor más generoso y caro que compraba y que bebía para sostenerse; y si creyese que haciendo una incisión en el cuello de la niña y chupando la sangre en la misma vena tendría un aspecto nuevo, sentiría un orgullo inmenso. Ya había pagado por ella, de algún modo la chiquilla tenía que servirle., pues Inés ya era de su propiedad.

Grande fue el asombro de Vilamorta –mayor que el causado por la boda – cuando notaron que don Fortunato, a quien le tenían pronosticado ocho días de vida para después llevarlo a la tumba, ahora daba indicios de mejorar: ya no caminaba tan encorvado. Ya salía por su propio pie apoyado del brazo de su mujer, después en un bastón, pero con menos titubeo en las piernas. Incluso la decrepitud de su rostro comenzaba a desvanecerse poco a poco hasta rejuvenecerse. A los tres meses de casado regresoregresó al casino, y al medio año, ¡oh maravilla!, jugó su partida de billar, quitándose la levita, mostrando una gran virilidad. Diríase que le estiraron la piel o que le inyectaban jugos rejuvenecedores, pues sus mejillas perdían las hondas arrugas, su cabeza se erguía, sus ojos ya no contenían aquellas pupilas ausentes que se sumían en su  cráneo. Mientras tanto, el médico de Vilamorta repetía con una especie de terror cómico y macabro:

–Que la rabia termine con mi vida si no tenemos aquí un centenario de esos de quienes hablan los periódicos.

Los papeles se habían invertido. El mismo médico tuvo que asistir durante la enfermedad lenta y tormentosa de Inesiña. La pobre sufrió un gran deterioro físico y progresivo, con fiebres altísimas e inexplicables, algo que expresaba del modo más significativo la ruina de un organismo que había regalado a otro su capital. La pobre de Inés murió de una manera angustiosa y lamentable, – ¡lástima de muchacha!–, antes de cumplir los veinte años su aterrador marido terminó con ella. Tuvo un entierro lujoso y un buen mausoleo, como si el viudo hubiese querido compensar el regalo de la vida que Inesiña le brindó sin voluntad. Don Fortunato ya está de vuelta, busca novia. Está vez o se marcha del pueblo, o la multitud terminará por quemarle su casa y lo sacarán arrastras para matarlo de una paliza tremenda. ¡Estas cosas no se toleran dos veces! Pero don Fortunato no tiene ningún temor, sonríe sarcástico y triunfador, mascando con los dientes postizos el rabo de un puro.

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