El asesinato metafórico de Elena Garro: una revisión del movimiento estudiantil del 68 | MÁS LITERATURA

Por: Andrea Castillo Pacheco

Elena Garro estudió en la Facultad de Filosofía y Letras, fue coreógrafa del teatro universitario de la UNAM y bailarina de ballet clásico. Con grandes proyectos artísticos e intelectuales que quedaron truncos al casarse con Octavio Paz. Por lo que de una manera injusta, su imagen es más conocida por su matrimonio con el ganador del Premio Nobel, y no por su gran aportación en la literatura mexicana del siglo XX, ni mucho menos por su valiente activismo social.

Fue hasta 1963 que Garro escribe su primera obra, cuando aún vivía con Octavio Paz en Paris, Los recuerdos del porvenir, considerada su obra maestra y brutal, donde criticó el curso que tomó la Revolución Mexicana; un clásico por su estructura circular y el tratamiento del tiempo y la memoria que utilizó. El manuscrito estuvo guardado en un baúl durante mucho tiempo, rechazado por editoriales e, incluso, a punto de ser quemado. Finalmente fue publicado diez años después convirtiéndola en precursora del movimiento literario más importante que ha dado Latinoamérica: el realismo mágico. Paz y Garro estuvieron en el extremo opuesto de la arena: Paz en la vida oficial, diplomática, con una conciencia crítica moderada, y Garro en contra del statu quo, rompiendo reglas en la literatura y en la esfera política y social.

Fue una mujer rebelde, tenaz, que incursionó en el activismo social y político a finales de 1956 al involucrarse en la defensa de los campesinos de Ahuatepec, Morelos.  Estuvo comprometida con la defensa de los derechos de los campesinos y en contra de las injusticias cometidas por parte de los terratenientes y caciques que deseaban apoderarse de sus tierras.

Garro era pro Pancho Villa y Emiliano Zapata, y al Estado le molestaba que defendiera e incitara a los campesinos a rebelarse en contra de los terratenientes, ¿y quiénes eran los terratenientes?, nada menos que los funcionarios, los políticos y los dueños de los bancos. Esto no le convenía al Estado, así que fue la primera razón por la que Garro comenzó a ser una enorme piedra en el zapato para el sistema.

La segunda razón: el movimiento estudiantil del 68. Durante esta época, el gobierno de Díaz Ordaz se caracterizó por una fuerte actitud conservadora, ejerciendo un cruel autoritarismo y represión hacia la libertad de expresión. Mientras el movimiento estudiantil emergía de un modo desmesurado,  muchos intelectuales apoyaron sus causas, pero Elena Garro estaba en desacuerdo con muchos de estos escritores y artistas “de extrema izquierda”, ya que afirmaba que criticaban la autocracia, el autoritarismo y la falta de libertad de expresión desde sus escritorios, y lanzaban a los jóvenes al “matadero”,  al incitarlos a defender sus demandas por medio de la violencia. Así mismo, establecía que los intelectuales no eran los encarcelados, los golpeados y los que padecían en carne propia la hostilidad del gobierno, y en el momento de asumir la responsabilidad se quedaban callados, cómodamente en sus puestos detrás de sus escritorios. Por estas razones, criticó la  falta de compromiso de los intelectuales hacia las demandas del movimiento, así como su honestidad.

A Elena Garro le molestó que los estudiantes cayeran en provocaciones, porque al hacerlo le daban el pretexto ideal al gobierno para mandar a los paramilitares y a los halcones-grupo formado por militares y jóvenes marginados entrenados para proteger las instalaciones de la capital; aunque después fue utilizado por el poder para enfrentar y eliminar a sus opositores-.Es cierto que hubo una crítica por parte de Elena Garro hacia el movimiento estudiantil del 68; sin embargo, nunca formó parte de él.

El Estado volcó a la policía política (DFS) y al ejército a la persecución sistemática de los estudiantes y de los militantes de izquierda: hubo espionaje político, acoso, persecución, terror y represión selectiva. Esta forma de reprimir a los huelguistas, a los manifestantes, a los críticos, a la prensa independiente, fue un elemento que caracterizó a Díaz Ordaz. Por lo que su gobierno terminó con el movimiento estudiantil con la masacre del 2 de octubre.

Después de este catastrófico suceso, Sócrates Campos Lemus, señalado como provocador de la represión y delator del movimiento estudiantil, es presentado el 5 de octubre ante la prensa, y declara que Elena Garro junto con Madrazo y otros políticos fueron los instigadores del movimiento estudiantil, situación que sirvió para desacreditarlos. El sistema los acusó de querer derrocar al gobierno e instaurar un sistema comunista. Madrazo y Garro no eran comunistas, pero el gobierno en turno utilizó esto a su favor para quitarlos de su camino.

Díaz los acusó como complotistas contra su gobierno. A los conservadores les preocupaba la desestabilización de su régimen. Por un lado el movimiento estudiantil, y por otro el Madracismo. Carlos Madrazo representaba un movimiento democrático, deseaba reformar el PRI. Su objetivo era la realización de una democracia dentro del Partido Revolucionario Institucional, situación que no le convenía al gobierno de Díaz Ordaz. Así que lo obligaron a renunciar como presidente del PRI. Después de su renuncia, Madrazo se dedicó a crear opinión pública para saber las inquietudes del pueblo, y también su postura política. Y a mediados del 68, estuvo a punto de formar un nuevo partido político: “Patria nueva”, partido que sería la oposición al PRI en las elecciones de 1970. Por supuesto que fue algo que inquietó a los derechistas, sobre todo a Luis Echeverría, que buscaría la presidencia para esas mismas elecciones al término del gobierno de Díaz Ordaz. Poco después, Madrazo murió en un sospechoso percance aéreo en 1969. 

A Elena Garro no la asesinaron con balas, ni con bombas y golpes como a los estudiantes del movimiento del 68, no, a Elena Garro la asesinaron con el descredito, y con la difamación. Los intelectuales se dedicaron a atacarla cuando El Universal publicó una lista con los nombres de 500 intelectuales presuntamente acusados por ella de apoyar el movimiento estudiantil. Lista que el sistema hizo creer a los intelectuales que Garro había entregado a este periódico, que junto con La Prensa, eran en ese momento, dos de los medios de comunicación incondicionales al Estado. Además, el grupo de intelectuales no era nada clandestino, sino que era un sector abierto a la opinión pública: se manifestaban en el zócalo, la universidad, y fueron el blanco de seguimiento de la CIA en México y de su colaboradora, la (DFS), la policía secreta del régimen priista del siglo XX. La DFS (Dirección Federal de Seguridad), ya tenía toda esa información porque todos eran espiados, necesitaban un chivo expiatorio para lavarse las manos de la masacre, y esa fue Elena garro, por lo que dirigieron la atención hacia ella.

Elena Garro fue silenciada por el gobierno, que la mandó al exilio porque era una figura que molestaba al sistema y porque se unió a Carlos Madrazo. El Estado quería la muerte de Elena Garro, y no hablo de una muerte real, sino una muerte metafórica, pues fue orillada al ostracismo al recibir amenazas de muerte, acoso y espionaje por la parte de la DFS. Nadie quería rentarle un cuarto junto con su hija, Elena Paz, mucho menos darle trabajo. Garro estaba sola, sin dinero y con la difamación de su persona hasta el suelo. Razones de sobra  para exiliarse, primero en Estados Unidos, posteriormente en España, y luego en Francia, donde permaneció 20 años. Hasta que regresó a México en 1993, donde se estableció en Cuernavaca, Morelos. Falleció cinco años después, en 1998 a los 71 años, en su sepelio, apenas hubo un puñado de personas. Elena Garro vivió los últimos 30 años de su existencia en el exilio, en el hambre, en el descrédito. Como su personaje Juan Cariño, Elena Garro nunca volvió a ser la que fue después del movimiento del 68.

México fue uno con la presencia aguerrida de Elena Garro en los años cincuenta y sesenta, y otro muy distinto sin su valentía y su creatividad después de su exilio.

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