Thesaurus, por Eréndira Corona | MÁS LITERATURA

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Nadie sabe qué ha venido a hacer a este mundo,
a qué corresponden sus actos, sus sentimientos, sus ideas,
ni cuál es su nombre verdadero.
-León Bloy-

Entre las páginas de un libro robado y luego encontrado formando parte de los botines que descansaron en las entrañas de Altaussee, durante el transcurso de 1945, hube perdido para siempre la paz mientras la guerra tocaba a su fin.

Es bien sabido que un hombre inevitablemente al menos una ocasión en su vida, siente curiosidad sobre su origen, la naturaleza de su existencia y los propósitos que de ella se desprenden. La mayoría olvida casi de inmediato el tema y vive tranquilamente; pero hay otro tipo de individuos, quizás los menos, para los que semejante cuestión provoca la misma fascinación que un rayo de luz rebotando entre dos espejos. Creando así un dédalo infinito por el que irremediablemente se extravían, y en donde pasan la mayor parte de sus días tratando de encontrar la salida a la incertidumbre que supone siempre la misma pregunta. Yo pertenecía a estos.

Fue en el devenir de una noche de Mayo, en el pleno de una operación para tratar de mantener intactos los tesoros escondidos por la ERR (Einsatzstab Reichsleiter Rosenberg) al interior de una mina, la ocasión en que inesperadamente me fue revelada la respuesta. Días atrás, en un movimiento casi contra reloj, habíamos logrado convencer al despiadado Kaltenbrunner de permitirnos intervenir para desarmar las bombas que se habían instalado a lo largo de todo el lugar. Artefactos sembrados en aquel mismo sitio, donde la mitad de los mineros que ahí laboraban eran simpatizantes del régimen, mientras que la otra parte apoyaba a la resistencia. Sin embargo, en medio del inhóspito territorio, la política y las militancias partidarias parecían no tener cabida. Aún me sorprende el repentino apoyo recibido de alguien considerado un criminal de guerra. Sospecho, en el fondo, era de los que permanecían vagando en el laberinto.

Trabajamos con una docena de compañeros arduamente durante toda la madrugada para deshacernos de la mayor parte de los explosivos. Éramos una especie de cadena humana movilizándonos al unísono, impulsados por la esperanza de rescatar lo poco que restaba de belleza en la humanidad de aquellos días, al mismo tiempo que salvaguardábamos nuestro sustento. Casi finalizada la tarea, decidí echar un último vistazo para cerciorarme del estado en que se encontraban las cajas antes de sellar la entrada para impedir el paso de los comandos. Encendí una linterna y entré en la penumbra franqueando el abrupto camino que se extendía por los complejos túneles y galerías. El lugar, a pesar de las precarias condiciones, poseía la humedad y temperatura necesarias para la conservación de las valiosas piezas.

Me desplacé como pude a uno de los habitáculos que contenía tan solo una parte de las miles de obras cautelosamente resguardadas. Recorrí con la vista el sin número de envoltorios dentro de los cuales habría numerosas pinturas, medallas, esculturas y libros. Logré entrever ciertos códigos con los que estaban etiquetados. Era evidente, todo había sido rigurosamente inventariado. Desde uno de los cajones alcancé a percibir un leve brillo que quizás provenía de los objetos que contenía. Enseguida me aproximé guiado por la curiosidad para averiguar un poco más. En los tablones laterales pude distinguir la inscripción R 2530 AUS KISTE N.R. Kasten R267. Busqué un sitio donde colocar la lámpara para examinar lo que recién aparecía ante mi vista como un libro que sobresalía.

El recuerdo en este punto es distante. El tiempo ha degradado en mi memoria la cubierta plateada de aquel ejemplar, pero aún conservo el tacto frío que sentí al sujetarlo entre mis manos y la difusa imagen de mi rostro sobre la superficie metálica. Vislumbré ese detalle como una declaración velada de lo que la lectura de cualquier libro presupone. El lenguaje como espejo de quien lo lee, multiplicando la realidad sin fin, como los colores de la cola de un pavo real. Deslicé mis manos por sus frágiles hojas con cuidado. En la cubierta interna tenía grabado un escudo de armas y la palabra “Kupezn”. De entre los folios resbaló un cúmulo suelto que inmediatamente recogí para tratar de leer.

Lo que alcancé a comprender en dichos escritos, durante mi estancia al interior de  aquella mina de sal, coronó mis inquisiciones y anegó la poca inocencia que los acontecimientos históricos presenciados recientemente, me habían permitido conservar. El texto era bastante antiguo y estaba organizado en una estructura que no me fue familiar al inicio, pero después de algunos instantes entendí lo que se revelaba en el intrincado conjunto de signos. El contenido comenzaba explicando que así como las letras de nuestro alfabeto se repetían, del mismo modo sucedía con los comportamientos, acciones y eventos a nuestro alrededor. Así pues, existían una y otra vez el jinete sobre su caballo, el sol saliendo por el horizonte, el viajero atravesando un camino y la luna sobre cada noche. Todos  ellos constituían una serie de signos cuyo símbolo y la relación entre ellos, obedecían a un lenguaje que desconocíamos. No había un hecho en la tierra, por minúsculo que este fuera, que no tuviera una connotación dentro del todo que conformábamos.

Entonces, súbitamente vino a mi cabeza un fragmento de León Bloy que había leído años antes y que ahora cobraba sentido para mí. En sus palabras se leía que: “la historia era un inmenso texto litúrgico donde las jotas y los puntos no valen menos que los versículos o capítulos íntegros, pero la importancia de unos y de otros es indeterminable y está profundamente escondida”. En ese momento yo tenía entre mis manos la clave del idioma en el que se escribía nuestro relato.

La mayor parte de mi vida jamás hablé de lo sucedido durante los días de guerra o durante aquella noche, ni siquiera a mis hijos o a mis nietos. Pero en secreto siempre quise volver a dilucidar tan claramente como en dicho momento, lo que la más trivial de las acciones podía llegar a significar. Comprender nuevamente la secreta relación entre el gesto de una sonrisa, una gota de rocío acaecida por la mañana y el hombre que abordaba el tren durante la tarde. Cada evento cotidiano, significativo, planeado o inesperado como elementos de un lengua ignorada que encarnaba una narración viva, palpitante y eterna. En la que todo suceso, cosa, criatura animal o ser humano y sus casi infinitas derivaciones, también teníamos  parte.

Ahora que mi tiempo está por extinguirse, me aferro a la esperanza de que la muerte sea el equivalente de un breve intervalo que dote de ritmo y continuidad a una nueva línea de lo que sea que estemos narrando, contando o recitando desde un pretérito ayer, durante el esquivo presente y quizás para siempre. Me queda el consuelo de que mis días y mis noches, así como todo lo acontecido dentro de ellos, contribuyeron de algún modo a la pronunciación de un imperecedero nombre. Por último, abrigo el deseo de que ante esta declaración no se me juzgue tan duramente por no haber tenido la osadía para destejer un arcoiris.

Eréndira Corona

Eréndira del Carmen Corona Ortíz nacida el 29 de Octubre de 1984 en la antigua y hermosa ciudad de Veracruz, México. Estudió Ingeniería en Telecomunicaciones, ejerce en el campo de la Automatización y es Escritora por afición. Le gusta apreciar las realidades del mundo desde sus distintas perspectivas como en un caleidoscopio y ha encontrado en la poesía y los cuentos las herramientas perfectas para hacerlo. Ha publicado en revistas como Taller Ígitur, otro Lunes “Revista Hispanoamericana de Cultura”, Letralia – Tierra de Letras y Papenfuss.

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