5 poemas de Anne Sexton | MÁS LITERATURA

Por: Andrea Castillo Pacheco

Anne Sexton nació en Newton, Massachusetts, en 1928. Como la mayoría de las mujeres de su época, o como la sociedad lo estipulaba, deseaba un matrimonio, un hogar y una familia a la que encomendar sus días. Sin embargo, fue ama de casa que lamentaba no haber cursado estudios universitarios. Confinada a una vida suburbana y a procurar atención a los otros, estuvo inmersa con lapsos en hospitales psiquiátricos con intentos de suicidio y divorcio. Necesitaba una salida. Por lo que en 1957 tomó una decisión que la llevaría al descubrimiento de un talento antes oculto e inimaginable. Se inscribió al taller de poesía de John Holmes,- a partir de ese momento su carrera como poeta transgredió los estándares de una poesía convencional escrita por mujeres-. Tres años más tarde publica su primer libro de poemas. Su carrera es exitosa e ininterrumpida. Autora de diez libros de poemas, cuentos para niños en colaboración con Maxine Kumin y una novela inconclusa. Obtuvo distinciones de múltiples universidades y sociedades de escritores, diversas becas y premios — incluido el Pulitzer en 1967—, coordinó varios talleres de creación poética y participó en coloquios y congresos. Recorrió el país de cabo a rabo leyendo su obra.

Anne Sexton nunca fue feminista, pero introdujo en sus versos su feminidad a través de su condición de mujer: aborto y maternidad, deseo, erotismo, menstruaciones y libertad sexual. Temas que escandalizaron, por lo que fue acusada de enferma, errática y exhibicionista. Sus defensores apoyaron más a la persona que a la poeta.

En su poesía también se plasman mitos y cotidianidad, misticismo y lugares comunes; aunque también estuvo presente la otra dualidad: el abandono, el menosprecio, la inquietud y la inestabilidad emocional que la perturbó hasta el final de sus días.

El deseo es un tema recurrente en su poesía, pero no sólo un deseo sexual, sino el deseo de un prototipo de mujer que anhelaba desde la infancia

Hablar de dicha obra sin referirla a su vida es difícil; ella misma las intrincaba de tal suerte que resulta casi imposible distinguirlas. Su poesía es asidero, ya no como modus vivendi, sino como instinto de supervivencia.

“Su mal es tan grande como su genio y ninguno de los dos polos redime, consuela ni olvida al contrario. Si su poesía cohabita con los fantasmas más fantásticos es porque tiene la apariencia de una vida autónoma”.

Su poesía es algo más que el signo de su lucha, que termina en nefasta profecía con suicidio, cuando se puso el abrigo de piel que había heredado de su madre, se bebió dos vodkas y con un tercero en la mano entró en el garaje de su casa, encendió el motor y la radio de su Cougar rojo y se quitó la vida en 1974.

Su contienda por la fe, su manía, su depresión, su vida y su experiencia como susceptibles de ser poesía: ésa es la que no pierde.

Por lo anterior, vale la pena leer los siguientes poemas de Anne Sexton:

EN ALABANZA A MI ÚTERO

En mi interior todos son un pájaro.
Estoy batiendo todas mis alas.
Querían cortarte
pero no lo harán.
Decían que estabas desmesuradamente hueco
pero no lo estás.
Decían que te encontrabas mortalmente enfermo
y se equivocaron.
Como colegiala cantas.
No estás roto.
Dulce peso,
en la alabanza de la mujer que soy
y del alma de la mujer que soy
y de la creatura central y de su goce
te canto. Me atrevo a vivir.
Hola, espíritu. Hola, copa.
Detente, cúbrete. Cubierta que contiene.
Hola, tierra de los campos.
Bienvenidas sean, raíces.
Cada célula vive.
Hay suficientes para colmar a la nación entera.
Basta con que el populacho se apropie de estos bienes.
Cualquier persona, cualquier congregación diría de él:
“Sería bueno que plantáramos otra vez este año
y pensáramos de antemano en la cosecha.
Un percance se había pronosticado y se ha conjurado.”
Muchas mujeres juntas cantan a esto:
una está en la fábrica de zapatos maldiciendo la máquina,
una está en el acuario cuidando una foca,
una está, indolente, tras el volante de un Ford,
una está recibiendo el dinero en la caseta de cobro,
una está amarrando el ombligo a un becerro en Arizona,
una está a horcajadas sobre un cello en Rusia,
una está cambiando las ollas sobre la estufa en Egipto,
una está pintando color de luna las paredes de su recámara,
una está muriendo pero recuerda un desayuno,
una se tiende sobre su estera en Tailandia.
una le limpia el culo a su hijo,
una mira por la ventana del tren
en el centro de Wyoming y una está
en cualquier parte y algunas están en todas partes y todas
parecen estar cantando, aunque algunas no puedan
dar la nota.
Dulce peso,
en la alabanza de la mujer que soy
déjenme usar una mascada larguísima,
déjenme redoblar por las muchachas de diecinueve años,
déjenme llevar los cuencos de la ofrenda
(de ser ese mi papel).
Déjenme estudiar los tejidos cardiovasculares,
déjenme examinar la distancia angular que media entre
meteoros,
déjenme chupar los tallos de las flores
(de ser ese mi papel).
Déjenme hacer ciertas figuras tribales
(de ser ese mi papel).
Pues esto es lo que el cuerpo necesita
déjenme cantar
por la cena,
por los besos,
por el adecuado
sí.

EL PECHO

Ésta es la llave.
Ésta es la llave maestra.
Preciosamente.
Estoy peor que los hijos del guardabosque,
ganándome el pan y el polvo.
Estoy aquí, tamborileando un perfume.
Déjame descender a tu alfombra,
a tu colchón de paja —lo que tengas a mano,
pues la niña en mi interior muere, muere.
No es que sea ganado para comerse.
No es que sea alguna calle.
Pero tus manos, como arquitecto, me encontraron.
¡Lechera llena! Hace años ya era tuyo
cuando habitaba el valle de mis huesos,
huesos mudos en el pantano. Juguetitos.
Un xilófono con piel, tal vez,
torpemente tensada sobre él.
Sólo más tarde fue algo real.
Comparaba después mi talla con la de las estrellas de cine.
No daba la medida. Algo había
entre mis hombros. Nunca suficiente.
Claro, había una pradera,
pero ningún joven que cantara la verdad.
Nada que revelara la verdad.
Ignorante de hombres yacía con mis hermanas
y resurgiendo de las cenizas gritaba
mi sexo será transfigurado.
Ahora soy tu madre, tu hija,
tu cosa nuevecita —un caracol, un nido.
Estoy viva cuando tus dedos viven.
Uso seda —cubierta para descubrir—
pues en seda es en lo que quiero que pienses.
Pero me estorba la tela. Es tan tiesa.
Así que, di lo que sea, pero escálame como alpinista
pues aquí está el ojo, la joya está aquí,
aquí está el goce que el pezón aprende.
No tengo equilibrio —pero no es la nieve la que me
 enloquece.
Estoy loca como las jóvenes lo están,
con una ofrenda, una ofrenda…
Y me quemo como se quema el dinero.

ONCE DE DICIEMBRE

Te pienso en la cama,
tu lengua mitad chocolate, mitad océano,
en las casas adonde llegas,
en tu cabeza con pelo de alambre,
en tus manos persistentes y también
en las barreras que carcomíamos, pues somos dos.
Cómo entras y tomas mi copa de sangre
y me unes y te llevas mi salmuera.
Estamos desvestidos. Desnudos hasta los huesos
y nadamos uno tras otro y remontamos y remontamos
el río, el río idéntico llamado Mío
y entramos juntos. Nadie está solo.

A MI AMANTE, QUIEN REGRESA A SU ESPOSA

Allí está toda ella.
Cuidadosamente fundida para ti
y forjada de tu niñez,
forjada de tus cien antiguallas favoritas.
Ha estado allí desde siempre, querido.
Es, además, exquisita.
Juego pirotécnico en las aburridas medianías de febrero
y tan real como una olla de fierro fundido.
Enfrentémoslo, he sido momentánea.
Un lujo. Una lancha rojo encendido en la bahía.
Mi pelo elevándose como humo por la ventanilla del coche.
Almeja fuera de temporada.
Ella es más que eso. Es tu tener que tener,
ha cultivado tu crecimiento práctico y tropical.
No es un experimento. Es toda armonía.
Cuida de los remos y de las horquillas de los remos del
 bote,
puso flores silvestres sobre la ventana, en el desayuno,
se sienta tras su rueda de alfarera a mediodía,
ha sacado adelante tres niños bajo la luna,
tres querubines pintados por Miguel Ángel,
y lo ha hecho con las piernas bien abiertas
en los terribles meses en capilla.
Si volteas hacia arriba, allí reposan tus hijos
como delicados globos contra el techo.
También los ha cargado por el pasillo
tras la cena, la cabeza reclinada hacia ella,
dos piernas protestando —de persona a persona—
la cara sonrojada por la canción y su pequeño sueño.
Te regreso tu corazón.
Te doy permiso—
para el detonador dentro de ella, palpitando
furioso entre la mugre, para la perra que es
y el entierro de su herida
—para el entierro de su herida viva, roja, pequeña—
para la llama pálida que flamea bajo sus costillas,
para el marinero ebrio que aguarda en su pulso izquierdo,
para la rodilla de madre, las medias,
las ligas, para la llamada
—curiosa llamada
cuando horadas entre brazos y pechos
y desatas la cinta naranja de su pelo
y respondes a la llamada, curiosa llamada.
Es tan singular y tan desnuda.
Es la suma de ti y de tus sueños.
Súbela como a un monumento, paso a paso.
Es sólida.
Yo, en cambio, soy una acuarela.
Me deslavo.

UNA VEZ Y OTRA Y OTRA

Dijiste que la rabia volvería
como regresó el amor.
Tengo una mirada oscura que no me gusta.
Es una máscara que me pruebo.
Emigro a ella y su rana
se sienta en mi boca y defeca.
Es vieja. También pordiosera.
He tratado de mantenerla a dieta.
No le doy unción alguna.
Hay una buena cara que me pongo
como coágulo. La cosí
sobre mi pecho izquierdo.
Hice de ella mi vocación.
Allí enraizó el deseo.
Te he puesto a ti y a tu
hijo en su punta láctea.
Ay, la oscuridad es asesina
y la punta de leche rebosante
y cada máquina trabaja
y te besaré cuando
corte a una docena de hombres diferentes
y morirás de algún modo,
una vez y otra

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