Sylvia Plath: poemas sobre la muerte y el desequilibrio emocional | MÁS LITERATURA

Por: Andrea Castillo Pacheco

Sylvia Plath nació el 27 de octubre del año 1932 en Boston, Massachusetts (Estados Unidos). Con el paso de los años esta poeta norteamericana de posguerra del siglo XX, junto con su amiga Anne Sexton, sería una de las principales exponentes de la poesía confesional.

Plath estuvo marcada por la depresión, la bipolaridad e intentos de suicidio. Gran parte de su vida estuvo inmersa en una gran inestabilidad emocional.  Nunca se llevó bien con su madre, y la muerte de su padre desencadenaría los inicios de su depresión, pero la famosa autora siempre tuvo el don de la poesía recorriendo sus entrañas, pues a los 9 años ya escribía sus primeros versos, y tiempo después un profesor la animó a tomar una clase especial donde conoció y estudió a Hemingway, T.S. Eliot, Frost, Dickinson, Faulkner, Lawrence, Yeats, Joyce, Virginia Woolf, Dylan Thomas, Shakespeare, Platón, Dostoievski, entre otros. Ante tal cantidad de estímulos literarios, Sylvia trabajó para ser la mejor y formó una conciencia disciplinada orientada a la perfección, ante lo que escribió: “Nunca jamás conseguiré la perfección que anhelo con toda mi alma… mis pinturas, mis poemas, mis cuentos”.

Sin embargo, fue editora de una prestigiosa revista de ensayos, y publicó muchas veces su poesía en Harper´s Magazine; además de que ganó varios premios relacionado con su prosa y sus versos, donde comenzó a crear un mundo en el que la escritora era una forma de exorcizar los demonios de sus enfermedades mentales.

La campana de cristal fue la única novela que escribió antes de salir de la universidad. Esta obra de tono autobiográfico, cuenta la historia de Esther Greenwood (el alter ego de la escritora) una universitaria con gusto por la escritura que becada por una revista femenina pasa un verano en Nueva York. Tras la experiencia en la Gran Manzana, Esther, sumida en una profunda depresión, no puede dormir ni escribir, por lo que recibe tratamiento de electroshock. Tanto en su novela como en su poesía, Plath nunca separó sus experiencias personales de sus obras, siempre se mantuvo entre dos polos: querer escapar de ella misma y por otro lado plasmar su ser en cada línea que escribía.

Tras graduarse con los máximos honores, Sylvia obtuvo una beca Fullbright en 1955 para estudiar en Cambridge, donde conoció a su futuro marido, el poeta Ted Hughes, quien sería su desdicha más que su alegría. Plath se enamoró locamente del poeta. Cinco años después, publicó su primer libro de poesía The Colossus, y además daba a luz a su primera hija, Frieda Hughes, y después a su segundo hijo, Nicholas Hughes. Madre y escritora a la vez, Sylvia estuvo confinada a la vida privada, dedicada a la atención de sus hijos más que a su escritura. Su visión del mundo la hizo debatirse entre una realidad donde ella era una señora, madre y ama de casa, y a la vez una intelectual que mediante la poesía confesional habló del dolor y el miedo. Cuestionó el rol social de la mujer y la censura de sus posibilidades, en donde los estereotipos sociales encadenaban a las mujeres a una rutina “femenina”, y a comportarse de acuerdo a las normas sociales de su época.

Su familia y la poesía habían sido un refugio para sus enfermedades mentales, pero el engaño de su esposo con la poeta Assia Wevill terminó por consumir su vida y sus versos. Hughes y Plath se separaron y ella quedó sumida en la depresión para después terminar con su vida: casi sola en el frío invierno inglés, escribiendo, pero insegura de la calidad del resultado no pudo aguantar más, y después de dejar en la recámara de sus hijos galletas y leche, selló con cinta aislante la puerta de la cocina para que no escapase el monóxido de carbono hasta la habitación de sus hijos, metió la cabeza en el horno y espero su muerte. Detrás dejaba dos niños pequeños, una obra conmovedora y el sufrimiento de la depresión y la bipolaridad que la acompañaron hasta el final de sus días. Plath intentaba superar sus enfermedades mentales, pero el engaño y la separación con el poeta Ted Hughes terminaron con su vida. Amigos y grupos feministas acusaron al poeta por la muerte de Sylvia Plath, parte de la carrera literaria del poeta decayó irremediablemente.

El monólogo interior en la poesía de Sylvia Plath, con su ritmo y estilo propio, muestran la dualidad de sentirse con la obligación de ser y aborrecer a la mujer sumisa que la sociedad esperaba, y ser y sentirse una radical feminista que cuestionó el mundo en el que creció. Su existencia atormentada hizo de Sylvia una de las mayores exponente de la poesía confesional creara un mundo poético en donde se pueden ser dos sintiéndose uno al mismo tiempo.

EL COLGADO

Por las raíces de mi pelo algún dios me agarró.
Me crispé en sus azules voltios como un profeta del
desierto.
Las noches de pronto se cerraron como párpado de
lagarto:
Un mundo de calvos días blancos en una cuenca sin
sombra.
Un aburrimiento de buitres me clavó a este árbol.
Si él fuera yo, haría lo que yo hice.

BONDAD

La bondad se desliza por mi casa.
Doña Bondad, ¡tan amable!
Las joyas rojas y amarillas de sus anillos humean
En las ventanas, los espejos
Se llenan de sonrisas.
¿Qué hay tan real como el grito de un niño?
El grito del conejo puede ser más salvaje
Pero no tiene alma.
El azúcar lo cura todo, según dice la Bondad.
El azúcar es un fluido necesario.
Sus cristales un pequeño emplasto.
¡Oh bondad, bondad
Dulcemente recogiendo pedacitos!
Mis sedas japonesas, mariposas desesperadas
Pueden a cualquier momento ser clavadas,
anestesiadas.
Y aquí vienes tú, con una taza de té
En guirnaldas de vapor.
Pero la poesía es un jet de sangre,
No hay manera de pararla.
Me acercas dos niños, dos rosas.

Lorelei

No es noche ésta de ahogarse:
luna llena, reacio
río bajo luz suave,
acuosas nieblas bajan
tupidas como redes
cuyos dueños reposan,
traduciéndose en vidrio
lúcido mientras flotan
las torres del castillo
hacia mí hiriendo el rostro
del silencio. Ascienden
sus miembros poderosos
y álgidos, pelo grave
más que mármol, y cantan
de un mundo más amable
que ninguno. Estos cantos,
hermanas, sobrepasan
al oído gastado
que aquí, en el campo, escucha
bajo el orden impuesto.
La armonía caduca
el orden que vosotras
sitiáis con vuestras voces.
Vivís entre las rocas
de oníricas promesas
de refugio. De día
bajáis de la pereza,
de altas ventanas. Peor
que vuestro enloquecido
canto o mudez. La voz
de vuestro fondo llama:
embriaguez del abismo.
Oh río, veo tu larga
y honda línea argentina,
esas diosas de paz.
Piedra, piedra, me abismas.

Una vida

Tócala: no se encogerá como pupila
esta rareza oviforme, clara como una lágrima.
He aquí ayer, el año pasado: palmiforme lanza,
azucena, como flora distinta
de un tapiz en la quieta urdimbre vasta.
Toca este vaso con los dedos: sonará
como campana china al mínimo temblor del aire
aunque nadie lo note o se anime a contestar.
Los indígenas, como el corcho graves,
todos ocupadísimos para siempre jamás.
A sus pies las olas, en fila india,
no reventando nunca de irritación, se inclinan:
en el aire se atascan,
frenan, caracolean como caballos en plaza de armas.
Las nubes enarboladas y orondas, encima.
Como almohadones victorianos. Esta familia
de rostros habituales, a un coleccionista,
por auténtica, como porcelana buena, gustaría.
En otros lugares el paisaje es más franco.
Las luces mueren súbitas, cegadoramente.
Una mujer arrastra, circular, su sombra, de un calvo
platillo de hospital en torno, parece
la luna o una cuartilla de papel intacto.
Se diría que ha sufrido una particular guerra relámpago.
Vive silente.
Y sin vínculos, cual feto en frasco, la casa
anticuada, el mar, plano como una postal,
que una dimensión de más le impide penetrar.
Dolor y cólera neutralizadas,
ahora dejad la en paz.
El porvenir es una gaviota gris, charla
con voz felina de adioses, partida.
Edad y miedo, como enfermeras, la cuidan,
y un ahogado, quejándose del frío, se agazapa
saliendo a la orilla.

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