Anne Sexton y Sylvia Plath: poesía, martinis y suicidio | MÁS LITERATURA

Por: Andrea Castillo Pacheco

Como un flechazo romántico entre dos astros, al término del curso de poesía confesional que impartió Robert Lowell dentro del Hotel Ritz de Boston (1959), Sylvia Plath y Anne Sexton se conocieron. Cada noche compartían algunos martinis extra secos: charlaban, reían de sus vivencias y revelaban sus secretos. Un misterio aquello que intercambiaron entre una copa y otra en el ambiente ahumado, bajo la protección lujosa del hotel.

De su tormento, de su talento, de su vida y suicidio se ha escrito mucho y podemos llenarnos la cabeza de pajaritos que pían las palabras que se pudieron decir. Anne Sexton, tras pedirle a Sylvia Plath el poema perfecto, aconsejó: «Elígete a ti misma».

Tanto Plath como Sexton eligieron la poesía, no sólo como profesión sino también como una posición de rebeldía y defensa frente a una sociedad que las ahogaba. Las ataba y condenaba a la soledad de la casa, a la sombra del éxito de los demás. Su vida y su poesía fueron la revelación de la liberación femenina, del placer y la sexualidad, la exposición de los miedos y una salida a su rutina femenina y a los prejuicios, pero sobre todo, a las enfermedades mentales y a la inestabilidad emocional que las aquejaba día con día.

Fue en un curso de poesía de Robert Lowell donde se conocieron estas dos almas atormentadas. Era 1959 y Anne Sexton se encontró con una enérgica Sylvia Plath de 27 años. En seguida conectaron, rápidamente se fascinaron mutuamente. Sexton tenía más experiencia pero lo que definía a Plath era su autenticidad.

En la intimidad ahumada y alcoholizada se desahogan y hablan de ese «mensaje que reciben de que su lugar tiene que estar al servicio de los demás, de cómo sus sueños y aspiraciones valen menos, de cómo su trabajo se ve constantemente cuestionado», anota Geijo.

Por un lado se ve a dos mujeres sentadas junto a sus copas y sus patatas fritas, divagando, hablando de sus preocupaciones, de sus heridas, de sus muertes y consiguientes nacimientos.

Así pues, Sexton le dice a Plath que no lo haga, que persiga su sueño, que si acepta una vida convencional tendría que pagar  por ello. Sexton, que se estaba despojando de todas aquellas capas de las que tanto se lamentaba, le aconseja que lo haga de otra manera. «Elígete a ti» por encima de todo. Como un reivindicativo feminista. Con todo, hay un aspecto amable en los encuentros donde se les ve relajadas en una especie de «rebelión amable y divertida», apunta Geijo. Y es que ellas fueron poetas extraordinarias porque supieron extraer capas de la realidad que nadie se había atrevido a tocar, una «serie de leyes secretas que forman el universo de las mujeres». Por eso, a modo de estribillo de una canción, «estos encuentros se vuelven liberadores», matiza Geijo.

Hay algo, más allá de sus circunstancias, que también sirve de nexo entre las dos poetas malditas: el deseo de perfección. Eso mismo que les lleva por un camino peligroso. Aceptar esa imperfección deriva en otro sentimiento que aparece bajo el nombre de frustración. Y «cómo eso nos lleva a cometer errores en nuestra vida como abandonar la carrera profesional, aceptar una vida convencional, incluso el suicidio», dice Rubio.

Ambas amigas, poetas, mujeres atormentadas y aquejadas por trastornos psicóticos terminarán por suicidarse. Primero Plath, con la cabeza metida en el horno tras llevar el desayuno a sus hijos a la cama. Sexton se lamentará, de manera quizá un tanto envidiosa, y escribirá un poema para la novia suicida. Su amiga suicida. Su amiga que se le adelanta. Y que pronto la alcanzará al ponerse el abrigo de piel que había heredado de su madre, y con un vodka en la mano entrará en el garaje de su casa, encenderá el motor y la radio de su Cougar rojo y se quitará la vida. Poco importaba el enorme talento que poseían, su fama, su belleza, el éxito de su obra en el ámbito literario y académico. 

Pronto se encontrarían las dos amigas de la poesía confesional, que compartieron de manera muy semejante las heridas, la inestabilidad emocional, la familia, la rebeldía femenina, la poesía, incluso la muerte.

Mujeres atractivas y talentosas, convencidas de que sufren “un dolor insoportable”, lo que las convierte irremediablemente en seres marginales. Ahí entra la enfermedad mental y su tabla de salvación: la poesía.

DESEANDO MORIR / ANNE SEXTON

Ahora que lo preguntas, la mayor parte de los días no puedo recordar.
Camino vestida, sin marcas de ese viaje.
Luego la casi innombrable lascivia regresa.
Ni siquiera entonces tengo nada contra la vida.
Conozco bien las hojas de hierba que mencionas,
los muebles que has puesto al sol.
Pero los suicidas poseen un lenguaje especial.
Al igual que carpinteros, quieren saber con qué herramientas.
Nunca preguntan por qué construir.
En dos ocasiones me he expresado con tanta sencillez,
he poseído al enemigo, comido al enemigo,
he aceptado su destreza, su magia.
De este modo, grave y pensativa,
más tibia que el aceite o el agua,
he descansado, babeando por mi boca.
No se me ocurrió exponer mi cuerpo a la aguja.
Hasta la córnea y la orina sobrante se perdieron.
Los suicidas ya han traicionado el cuerpo.
Nacidos sin vida, no siempre mueren,
pero deslumbrados, no pueden olvidar una droga tan dulce
que hasta los niños mirarían con una sonrisa.
¡Empujar toda esa vida bajo tu lengua!
que, por sí misma, se convierte en pasión.
La muerte es un hueso triste, lleno de golpes, dirías,
y a pesar de todo ella me espera, año tras año,
para reparar delicadamente una vieja herida,
para liberar mi aliento de su dañina prisión.
Balanceándose allí, a veces se encuentran los suicidas,
rabiosos ante el fruto, una luna inflada,
Dejando el pan que confundieron con un beso
Dejando la página del libro abierto descuidadamente
Algo sin decir, el teléfono descolgado
Y el amor, cualquiera que haya sido, una infección.

SOY VERTICAL / SYLVIA PLATH

Pero preferiría ser horizontal.
No soy un árbol con las raíces en la tierra
absorbiendo minerales y amor maternal
para que cada marzo florezcan las hojas,
ni soy la belleza del jardín
de llamativos colores que atrae exclamaciones de admiración
ignorando que pronto perderá sus pétalos.
Comparado conmigo, un árbol es inmortal,
y una flor, aunque no tan alta, es más llamativa,
y quiero la longevidad de uno y la valentía de la otra.
Esta noche, bajo la luz infinitesimal de las estrellas,
los árboles y las flores han derramado sus olores frescos.
Camino entre ellos, pero no se dan cuenta.
A veces pienso que cuando estoy durmiendo
me debo parecer a ellos a la perfección
oscurecidos ya los pensamientos.
Para mí es más natural estar tendida.
Es entonces cuando el cielo y yo conversamos con libertad,
y así seré útil cuando al fin me tienda:
entonces los árboles podrán tocarme por una vez, y las flores tendrán tiempo para mí.

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