Juan Rulfo: 4 cartas de amor a Clara Aparicio | MÁS LITERATURA

Por: Andrea Castillo Pacheco

Cartas a Clara no existió como libro ni fue de conocimiento editorial sino hasta el año 2000 cuando fueron compiladas y publicadas ochenta y un cartas donde Rulfo, como un alquimista de la palabra, le expresaba a su esposa la grandeza de su amor en tiempos de su trabajo como capataz de una fábrica, como vendedor de llantas y como sujeto consumido por la inclemente soledad que lo acechaba en días de nostalgia. Pero en el año 2012, se publican en total ochenta y cuatro cartas, tres de estos documentos, una postal, un poema y una carta, que agrupan la totalidad de textos que Rulfo envió a Clara durante siete años de comunión y orfandad, textos que son en principio una labor de escritura juiciosa en el futuro escritor mexicano y una forma de habitar un lugar propio. Alberto Vital manifiesta que: “Las misivas atestiguan también la importancia del amor y, más adelante, de la familia en la construcción de un mundo propio para quien hará de Comala, de Luvina, de San Gabriel de Talpa, territorios simbólicos, que cerrados y opresivos para los personajes, se abren ya para siempre a los lectores y no dejan de deslumbrarlos” (Vital, 2012: 12).

Cada una de las cartas que escribe Rulfo le permite asegurar un lugar en el mundo que empieza a habitar desde la lejanía de su hogar y que comparte de manera permanente con Clara. “Juan Rulfo se sustrae de la lógica de la cotidianidad para evaporar la rutina de su vida en la escritura, podría afirmarse, que como San Juan de la Cruz o Gustavo Adolfo Bécquer, Rulfo se evade en la escritura como oportunidad para albergar un mundo incondicional donde existe él y su corazón, donde existe el sujeto que ama”.

Aquí te dejamos cuatro cartas que el escritor mexicano Juan Rulfo le escribe a Clara Aparicio entre los años 1944 y 1950 las cuales no solo representan un hecho poético en sí mismo convertido en prosa, sino que develan al menos tres estados que se conjugan y coexisten en el plano de la expresión de cada misiva: la nostalgia, la confesión y el amor.

México D.F. a 9 de enero de 1945
Sta. Clara Aparicio.
Kunhardt No. 55.
Ho Guadalajara, Jal.

Clara, pequeña amiga mía:

Tengo, entre las joyas de mis parientes, un tío muy terco (yo también soy muy terco, pero él me gana) que se armó a que lo acompañara. Y la cosa fue tan de repente que no tuve tiempo sino de hacer mi envoltorio y venirme con él. Eso fue el sábado al mediodía. Por tal motivo, estoy suplicándote me perdones el no haberte avisado de mi salida. Me he acordado mucho de ti. Todo el camino me vine piense y piense que en Guadalajara se había quedado una cosa igual a las cosas esas que andan por el cielo, y, de puro acordarme, venía sonriéndose mi corazón y dando de brincos a cada paso, como si no le cupiera el gusto de saber que tú existes. Debido a eso no se me hizo largo el camino.

Él y yo nos vinimos platicando de ti (mi corazón y yo), y él estuvo de acuerdo conmigo en todo. Por ejemplo, yo comencé por decirle que no me merecía ni siquiera que me dirigieras la palabra y mucho menos tenerme por amigo. Entonces él me contestaba: es muy cierto, muy cierto. Yo seguía diciéndole: tengo necesidad de Ella, de quererla mucho; ¿pero acaso tengo yo algún mérito para merecerla, eh? No, no tienes ninguno, de respondía él. Ella es muy bonita, ¿verdad? ¿Bonita? ¡Es la criatura más hermosa con que yo haya tropezado en mi vida! Eso decía mi corazón.

Luego pasé a preguntarle si Ella no se iría a enojar si le habláramos de tú, aquí en esta cosa que casi parece carta. No, no se enojará; el de Ella es un corazón muy buena gente y no se enojará. Ahora, si se enoja, que se enoje, al fin y al cabo no está aquí cerca de nosotros para que nos regañe. Oye, corazón, ahora sí te equivocaste. Ella sí está aquí con nosotros; nada más cierra los ojos y verás la figura completa de Ella. Ahora está arqueando la cejita y nos está echando una mirada muy seria. Dentro de un rato se le va a salir uno de esos suspiros buenos que Ella acostumbra dar de rato en rato, cuando no sabe qué hacer con el amor que lleva dentro.

¡Ah!, si Ella se imaginara la fuerza que tiene su recuerdo y la forma como él, ese recuerdo suyo, lo tenemos aquí presente, tal así, vez nos quisiera un poquito. Bueno, vamos haciendo una aclaración, vamos suponiendo que nos quiere tantito, así, con un amor del tamaño de una semilla de amapola. Pero no, no nos con quiere ni así. ¿Te acuerdas del día en que nos dijo que no nos tenía confianza? Tú te pusiste a llorar un rato, ¿no? Y esto se debió a que la queremos, a que Ella es la misericordia nosotros, y aunque yo me he propuesto aceptar todo lo que venga de ella, tú, en cambio, eres débil como una cáscara de me ciruela y te dueles con mucha facilidad. A veces me da pena salir a defenderte porque no aguanto la cara de sentimiento que pones. Sobre todo, me da pena con Clara. ¿Qué idea se hará ella de tu fragilidad, de ti, pobre corazón que la quieres tanto? Los dos te queremos. Mi corazón y yo somos un buen par de buenos amigos tuyos. Esa es la verdad.

Te estoy escribiendo desde un restaurante. Aquí estoy en mi elemento. Son las diez de la noche y se me magulla el alma de pensar que tú algún día llegues a olvidarte de este loco muchacho. No, ahora no estoy triste. Tristeza la de antes de conocerte, o cuando el mundo estaba cerrado y oscuro; pero no ahora en que, si no me porto mal, tal vez, algún día de éstos, llegues a comprender lo encariñado que estoy contigo. Clara, vida mía, me hace falta tantita de tu bondad, porque la mía está endurecida y echada a perder de tanto andar solo y desamparado. Perdóname si yo he exigido mucho de ti, quizá demasiado, que haya querido que tu corazón palpitara fuera de tiempo, como yo hago con el mío; pero yo soy un desequilibrado de amor y tú no, ahora lo sé y sé también que por eso me gustas así, porque eres como la brisa suave de una noche tranquila.

Es precisamente por esto que yo te anduve buscando y me metí en tantos trabajos para dar contigo porque sabía que, ya conociéndote, podía contarte las cosas que le dolían a mi alma y tú me darías el remedio. Clara, no sé todavía los días que voy a estar por aquí. Ando arreglando el asunto de mis sueldos y quiero ver, de paso, si es posible dedicarme a librero allá en Guadalajara. Ya que estoy aquí quiero aprovechar el tiempo en algo. Si de casualidad quieres escribirle al muchacho puedes hacerlo a Virrey Antonio de Mendoza No. 125, Lomas de Chapultepec. Es la cosa que yo me moriría de gusto al tener noticias tuyas. Aquí está haciendo de las suyas el frío; pero yo estoy enamorado y a los enamorados no nos hace fuerza nada. Quisiera poder contarte más cosas de estoy de aquello, pero soy muy flojo para escribir y lo hago muy mal. Ojalá se componga el tiempo y vuelva la inspiración, aunque la inspiración se quedó en Guadalajara.

México, Enero 10 de 1945
Muchachita:

No puedo dejar pasar un día sin pensar en ti. Ayer soñé que tomaba tu carita entre mis manos y te besaba. Fue un dulce y suave sueño. Ayer también me acordé de que aquí habías nacido y bendije esta ciudad por eso, porque te había visto nacer. No sé lo que está pasando dentro de mí; pero a cada momento siento que hay algo grande y noble por lo que se puede luchar y vivir. Ese algo grande, para mí, lo eres tú. Esto lo he sabido desde hace mucho, más ahora que estoy lejos lo he ratificado y comprendido. Estuve leyendo hace rato a un tipo que se llama Walt Whitman y encontré una cosa que dice:

“El que camina un minuto sin amor,
camina amortajado hacia su propio funeral”.

Y esto me hizo recordar que yo siempre anduve paseando mi amor por todas partes, hasta que te encontré a ti y te lo di enteramente. Clara, mi madre murió hace 15 años; desde entonces, el único parecido que he encontrado con ella es Clara Aparicio, alguien a quien tú conoces, por lo cual vuelvo a suplicarte le digas me perdone si la quiero como la quiero y lo difícil que es para mí vivir sin ese cariño que ella tiene guardado en su corazón. Mi madre se llamaba María Vizcaíno y estaba llena de bondad, tanta que su corazón no resintió aquella carga y reventó. No, no es fácil querer mucho.

México, D.F. 20 de agosto 1946
Sta. Clara Aparicio
Guadalajara, Jal.

Mujercita:

Ayer me llegó muy fuerte el amor por ti. Estuve en una fiesta en la casa de la pintora María Izquierdo y allí me encontré con un gran montón de poetas y pintores y escultores y artistas y “coleros” como yo. Allí me encontré a Isabela Corona y me solté platicando con ella y como yo estaba medio romántico le hable de ti y ella me dijo que tenía una prima en Guadalajara que según el decir poseía las piernas más bonitas y monumentales de todo el Occidente del país; pero que, conforme lo que yo le decía de ti, debía de no ir a visitar a su prima y, en cambio, casarme contigo luego lueguito y enseguida inmediatamente lo más pronto posible, porque de otro modo me iba a caer cualquier día muerto de amor a la orilla de cualquier banqueta. Eso sucedió porque allí se trataba de un banquete. María Izquierdo es muy fea y tiene una hija más fea que tú. También conocí a Enrique González Martínez, el autor de “Tuercele el cuello al cisne” y, a José Gorostiza, el mejor poeta de México: “Muerte sin fin”, Antología “Laurel”, páginas tales y cuáles. A Rosaura Revueltas, que está loca de querer tanto a su marido que se le fue de su casa hace dos años y al que todavía anda buscando. Bueno, se bebió, se comió, y se dijeron muchas barbaridades, que no te cuento porque te pondrías coloradita. Y como te iba diciendo me acordé de ti mucho y ya no hallaba a quién contarle que tu vivías sobre la tierra y que comías y dormías y que no eras ningún fantasma ni ninguna alucinación mía, sino que estabas vivita y coleando y que te quería mucho y que ya no te iba a regañar nunca, con tal de poder creer, aunque no sea cierto, que tú también me quieres. Te iba a escribir anoche mismo pero ya te puedes imaginar qué llegué algo atarantado, no de lo que tú te imaginas, sino de la desvelada, pues eran las cinco de la mañana y la cama estaba rete sabrosa. Te recomiendo que veas una película que se llama “La escalera de caracol”; allí sales tú dando unos gritos muy fuertes. De cualquier modo ya tengo ganas de ver tu naricita y esa boca tuya que tanto me gusta. Dios sabe que… ¿Cómo salieron tus fotografías? Recógelas todas, no vaya a suceder que las pongan en el escaparate y algún o algunos o algunas (pretérito pluscuamperfecto del verbo: algunear) te lleguen a confundir con la Virgen de Zapopan y luego te quieran llevar en peregrinación por la calles. Cuídate mucho y quiéreme mucho, pedacito de jitomate. No creas que estoy loco, pero si no me voy a Guadalajara en esta semana no faltará que pierda algún domingo. I love you, I love you, I love you, I will always love you. Salúdame mucho a tus hermanitos y a tu mamá si es que ya está con ustedes y ojalá que tú estés contenta y de buen humor, como siempre. No leas esta cosa acabando de comer porque te haría daño. Y no me sigas haciendo daño a mí, pobre corazón mío.

He aprendido a escribir tu nombre en las paredes. No te escribo nada de este lado porque me dijeron que era falta de educación. En ese sentido tú sabes que yo soy muy correcto.

México, D.F. a 14 de julio de 1947
Querida mujercita:

Cada que veo tu nombre en alguna parte, me sucede algo aquí, en el lugar por donde uno tiene la costumbre de pasar la comida, y al que algunos, casi todos, llaman gorgüello. El otro día lo vi, por la noche, en un edificio de apartamentos. Se prendía y se apagaba y era de una luz blanca muy fuerte. Clara -pum, se apagaba- Clara -pam, se prendía-. Seguramente el ”Santa” está descompuesto, pues el letrero completo debía decir ”Santa Clara”, pero sólo relumbraba el Clara… Clara… Cada vez igual a la respiración de uno. Estando allí, me llené de recuerdos tuyos y me senté un rato sobre un pradito para mirar a gusto aquel nombre tan querido de esa criatura tan aborrecida y fea. Así anda el mundo.

Las cosas de la lotería andan de otro modo.
Yo quería darte la sorpresa de que me había hecho rico y nada. Me quedé mudo ese día al ver cuánta es mi mala suerte para eso de las monis. Y aunque siempre he tenido mala suerte, no creía que fuera tanta. Te voy a ir contando despacio cómo estuvo.

Tú ya sabes cómo soy yo de despilfarrador, cómo ando por aquí y por allá comprando cuanto libro o papel encuentro. Y me pasa siempre lo mismo; cada día peor y todavía peor para gastar la lana en cosas inútiles. Bueno, pues ahí tienes que de un día para otro me llegó el remordimiento y dije que iba a ahorrar lo más que pudiera. Me puse a hacerlo, primero con muchos trabajos y después un poco mejor. Pasaba por las librerías y cerraba los ojos. (No sé por qué, pero siempre por donde yo ando, camino o vagabundeo, encuentro librerías). En lo que nunca me fijo es en las zapaterías, camiserías o donde quiera que vendan trapos de esos que la gente usa para vestirse.

Ahorré un poquito, no mucho. Y como siempre me sucede, ese dinero me estaba quemando las bolsas. Entonces fui y lo guardé en un banco que está cerca de la compañía. Allí lo dejé y pensé no acordarme más de él. Veía muchas cosas que quería comprar (libros), pero me hacía el disimulado y me aguantaba. Yo les decía a mis ojos que vieran para otro lado; que aquello, lo que fuera, estaba más interesante. Sin embargo, por las noches, mi conciencia veía libros y revistas llenas de fotografías y no me dejaba en paz.

Una noche en que estaba piense y piense se me ocurrió que si yo compraba unos diez billetes de la lotería podría atinarle de algún modo. Antes había comprado uno o dos cuando más, pero diez al mismo tiempo era distinto. Fue entonces cuando se me metió lo loco y saqué el dinero y lo cambié por billetes enteros del uno al cero. Gastar o no gastar, me decía mi tía Lola. Esto fue hace unos doce días.

No me dio coraje saber al día siguiente que no me había sacado nada. No, ni siquiera me dolió haber tirado así tantos aguantes. De un billete me devolvieron lo que me había costado, pero los otros nueve no tuvieron esa suerte. Así estuvo. Con todo, me sentí mejor, más tranquilo, y sé que con eso me quisieron decir que me pusiera a trabajar con más ganas.

Ese es el cuento. Pero en el fondo hay otra cosa. En el fondo de todo eso hay, yo creo, el querer resolver pronto la situación. El querer que las cosas se aclaren y no haya dificultad ninguna para sentir que uno puede hacer lo que necesita hacer, sin estar esperanzado a lo que pueda suceder o no el día de mañana.

Sin embargo, a veces, cuando uno se da cuenta de muchas cosas -de la riqueza de los ricos y de la miseria de los pobres- y comienza uno a pensar en que hay algo injusto, con todo, yo he llegado a considerar que en uno está el intentar ser de un modo o de otro. Pues yo jamás (hasta ahora) he deseado querer ser dueño de muchas cosas. Antes al contrario, un instinto oscuro me ha ido retirando cada vez más del interés por el dinero. Aunque quizá se deba a que nunca me ha hecho falta nada. No sé cómo, pero ese Dios tuyo y mío me ha protegido siempre, aunque, al igual que a ti, no creo merecerlo.

Pero ahora me ha llegado esa necesidad de un modo desesperado. No por mí mismo, sino por algo que es más valioso para mí que este cuerpo flaco que yo tengo; algo a quien ama mi alma y por lo cual quisiera quitar todas las piedras de este camino mío tan pedregoso.

A veces, chachinita, se me va formando dentro de mí un sentimiento de derrota, al ver cuán lejos estoy de lo que quiero y de las fallas de mi voluntad. Pero me acuerdo de ti y eso me ayuda, y de un estado de ánimo de lo más negro paso a sentirme muy contento al ver que hay alguien mucho mejor que yo que lo merece todo y que tal vez piensa que yo estoy haciendo bien las cosas y, por eso nomás, vuelvo a ver en cualquier parte pura bondad y una sana esperanza.

Prometí que ya no iba a comenzar con mis quejidos, pero tú eres mi única amiga y estoy solo, y no estás más que tú allí al otro lado, enfrente de mi corazón, y eres la única gentecita a quien él puede enseñarle sus pecados sin que se avergüence.

Y volviendo a otra cosa, quiero platicarte lo que ya sabías y es que no he encontrado casa todavía. Tal vez, algún día de estos, baje la cabeza y recurra al tío David para que me rente la que él tiene. Mi tía Rosa, de la que quizás no te he llegado a hablar, me dio ese consejo. Me dijo que si yo quería traer a mi familia (mi familia eres tú solita) debía de ser un poco práctico y me debía dejar de tantos idealismos. Me dijo también que él tenía mucho dinero y que no le haría ningún daño rentarme en la mitad de lo que renta el departamento (si no quería yo aceptar que me lo dejara sin pagarle nada) y que a mí, por el contrario, me beneficiaría mucho.

Eso yo lo sé, pues me he dado cuenta de que aquí la mayoría de la gente trabaja casi exclusivamente para pagar la renta de la casa donde vive. Así que sería de mucha ayuda conseguir ese endiablado departamento. Y, por lo pronto, no me moveré de aquí, a pesar de las cucarachas, hasta no ir a dar a la casa donde iría a vivir en definitiva. Además, existe la ventaja de que, de llegar a arreglar eso, casi se podría considerar como si uno viviera en algo propio y no tener que andar cambiando de casa por una o por muchas circunstancias.

Ahora lo que voy a hacer es ir a visitar a don David más seguido, hasta que me diga hijo otra vez, pues cuando lo tengo contento entonces me dice hijo, que es como les dicen todos los tíos a los sobrinos cuando los ven chiquitos. Y la razón por la cual no voy a verlo casi nunca ya la sabes tú, y es que no me gusta hacer visitas. Por otra parte, cuantas veces he ido, allí estaba Cantinflas con él y sólo se les va en hablar de toros y de caballos y de motocicletas y de otras muchas cosas que yo no oigo porque me pongo a leer el periódico.

Bueno, voy a estudiar la mejor forma de arreglar este asunto y te avisaré enseguida del resultado.

Oye, chachinita, ¿no crees que este periódico-carta va resultando muy enfadoso? Y sin embargo, quisiera platicarte tantas cosas que no acabaría nunca. Quisiera contarte cada sube y baja de mis pensamientos acerca de ti y acerca de todo lo que hago y trato de hacer. Quisiera escribirte largas cartas de cuanto me pasa. Ya sea de cuando estoy triste o de cuando estoy contento. Pero no se puede; necesitaría estar cerca de ti, y mirándome en tus ojos para hacerlo. Y de ese modo nunca me haría falta el tiempo.

Me da gusto saber que, ahora sí, todos están buenos en tu casa.

En cuanto a la fotografía de este sujeto, no la has recibido porque no estoy de acuerdo todavía con ella en que así soy. El retratero tal vez se equivocó y me dio la fotografía de otro tipo. Lo que hay en esto es que no está bien; es decir, que no me gusta para que tenga el honor de estar junto a la tuya. Iré de nuevo a que me retraten, y si ya está que vuelvo a salir como monigote de circo entonces ni modo: te mandaré todas juntas para que tú escojas cuál quieres. La cosa es que retocan mucho las fotos y acaba uno por salir muy distinto de cómo uno cree que es.

De cualquier modo, esta semana tendrás la fotografía salga como saliere. Espérate un ratito nada más.

Cariñito:

No creo que me quieras más que yo a ti. No puede ser. No, no puede ser, amorosa muchachita. Dulce y tierna y adorada Clara. Yo lloro, sabes, lloro a veces por tu amor. Y beso pedacito a pedazo cada parte de tu cara y nunca acabo de quererte. Nunca acabaré de quererte,

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