Borges y el tiempo: Una reflexión a través de sus poemas | MÁS LITERATURA

Por: Andrea Castillo Pacheco

Jorge Luis Borges es uno de los escritores más prolíficos no sólo en tierra latinoamericana, sino a nivel mundial. Hablar de él es tan ambicioso como imprescindible, a la vez que se corre el riesgo de compararlo con otros autores extraordinarios como Carlos Fuentes y Emir Rodríguez Monegal. Como pocos, Borges tuvo la sagacidad de intentar conocerse y mostrarse donde menos se le esperaba, de tal manera que él mismo encarna muchas de las paradojas y enigmas que abordó en su literatura. Las claves enigmáticas, eruditas y recreadas de sí mismo las encontramos esparcidas en sus poemas, ensayos, confesiones y notas autobiográficas. Pero la reflexión que apreciaremos se encuentra principalmente dirigida a la concepción del tiempo.

Porque el tiempo más que ser universal —es decir, un tiempo que se mide a través de los relojes— es ante todo, un tiempo subjetivo; el que se rige a través de nuestras emociones y sentimientos. Somos seres adheridos e indudablemente dominados por el tiempo. Los romanos afirmaban: “el tiempo precipita”, para indicar de manera realista que el tiempo es ruinoso en su paso, arrastra al hombre en una carrera desenfrenada que conduce de manera irrevocable a su muerte.

San Agustín afirmó: “no existen tres tiempos, sino sólo tres presentes: el presente del pasado, el presente del presente y el presente del futuro”. Por otro lado, Heidegger determina que el tiempo no es algo que debería ser definido ni calculado, y por consiguiente, no tendría que ser relacionado con las palabras: “qué” ni “cuándo”. Heidegger le da primacía al futuro en la interpretación del tiempo, lo cual no significa que desconozca el pasado y el presente, sino que ha interpretado el tiempo en términos de posibilidad o proyección.

Todas estas reflexiones tienen el propósito de llevarnos a una primera conclusión parcial: si todo significado de la vida humana tiene que desarrollarse en el tiempo, y si el tiempo, para ser debidamente empleado, debe adquirir por sí mismo un significado, entonces es necesario seleccionar un instrumento que nos sirva para alcanzar dichos significados, un instrumento que nos ayude a dar sentido a nuestra existencia.

Para Borges, el tiempo se presenta como una preocupación y un inquietante fenómeno metafísico-literario. Plasma a este complejo elemento en diversas formas metafóricas, estadios, relaciones y concepciones; desde el tiempo que transforma y fluye incesante, y las dimensiones paralelas presentes en un Universo, hasta ser un instante o un eterno pasajero.

“Porque estamos hechos, no de carne y hueso, sino de tiempo, de fugacidad, cuya metáfora inmediata es el agua”, declaró Borges en las fuentes del poemario Atlas.

Por ello, te presentamos algunos poemas en los que Borges hace una inefable reflexión sobre el tiempo.

Reloj de arena

La arena de los ciclos es la misma
E infinita es la historia de la arena;
Así, bajo tus dichas o tu pena,
La invulnerable eternidad se abisma.

No se detiene nunca la caída
Yo me desangro, no el cristal.El rito
De decantar la arena es infinito
Y con la arena se nos va la vida.

En los minutos de la arena creo
Sentir el tiempo cósmico: la historia
Que encierra en sus espejos la memoria
O que ha disuelto el mágico Leteo.

Todo lo arrastra y pierde este incansable
Hilo sutil de arena numerosa.
No he de salvarme yo, fortuita cosa
De tiempo, que es materia deleznable.

Elogio de la sombra

La vejez (tal es el nombre que los otros le dan)
puede ser el tiempo de nuestra dicha.
El animal ha muerto o casi ha muerto.
Quedan el hombre y su alma.
Vivo entre formas luminosas y vagas
que no son aún la tiniebla.
Buenos Aires,
que antes se desgarraba en arrabales
hacia la llanura incesante,
ha vuelto a ser la Recoleta, el Retiro,
las borrosas calles del Once
y las precarias casas viejas
que aún llamamos el Sur.
Siempre en mi vida fueron demasiadas las cosas;
Demócrito de Abdera se arrancó los ojos para pensar;
el tiempo ha sido mi Demócrito.
Esta penumbra es lenta y no duele;
fluye por un manso declive
y se parece a la eternidad.

La noche cíclica

Lo supieron los arduos alumnos de Pitágoras:
los astros y los hombres vuelven cíclicamente;
los átomos fatales repetirán la urgente
Afrodita de oro, los tebanos, las ágoras.
En edades futuras oprimirá el centauro
con el casco solípedo el pecho del lapita;
cuando Roma sea polvo, gemirá en la infinita
noche de su palacio fétido el minotauro.
Volverá toda noche de insomnio: minuciosa.
La mano que esto escribe renacerá del mismo
vientre. Férreos ejércitos construirán el abismo.
(David Hume de Edimburgo dijo la misma cosa).
No sé si volveremos en un ciclo segundo
como vuelven las cifras de una fracción periódica;
pero sé que una oscura rotación pitagórica
noche a noche me deja en un lugar del mundo
que es de los arrabales. Una esquina remota
que puede ser del Norte, del Sur o del Oeste,
pero que tiene siempre una tapia celeste,
una higuera sombría y una vereda rota.
Ahí está Buenos Aires. El tiempo que a los hombres
trae el amor o el oro, a mí apenas me deja
esta rosa apagada, esta vana madeja
de calles que repiten los pretéritos nombres.

Arte poética

Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua.

Sentir que la vigilia es otro sueño
que sueña no soñar y que la muerte
que teme nuestra carne es esa muerte
de cada noche, que se llama sueño.

Ver en el día o en el año un símbolo
de los días del hombre y de sus años,
convertir el ultraje de los años
en una música, un rumor y un símbolo,

ver en la muerte el sueño, en el ocaso
un triste oro, tal es la poesía
que es inmortal y pobre. La poesía
vuelve como la aurora y el ocaso.

Elegía de un parque

Se perdió el laberinto. Se perdieron
todos los eucaliptos ordenados,
los toldos del verano y la vigilia
del incesante espejo, repitiendo
cada expresión de cada rostro humano,
cada fugacidad. El detenido
reloj, la entretejida madreselva,
la glorieta, las frívolas estatuas,
el otro lado de la tarde, el trino,
el mirador y el ocio de la fuente
son cosas del pasado. ¿Del pasado?
Si no hubo un principio ni habrá un término,
si nos aguarda una infinita suma
de blancos días y de negras noches,
ya somos el pasado que seremos.
Somos el tiempo, el río indivisible,
somos Uxmal, Cartago y la borrada
muralla del romano y el perdido

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