Silvina Ocampo: la escritora opacada por la literatura de Casares y Borges

Por: Andrea Castillo Pacheco

Silvina Ocampo fue una escritora, cuentista y poeta argentina. Nació el 21 de julio de 1903 en el seno de una familia burguesa, lo que le aseguró una excelente educación y preparación artística y literaria.

Junto con su hermana, Victoria, fue una de las fundadoras de la revista literaria Sur, de gran calado en la primera mitad del siglo XX. La mayor parte de su vida, su figura fue opacada por las de su hermana, Victoria, su esposo, Adolfo Bioy Casares, y su amigo, Jorge Luis Borges.

La relación que tuvo con Bioy fue muy compleja. Las constantes infidelidades que padeció al lado del autor de La invención de Morel, fueron el inició de una inestabilidad constante. Cuarenta años fue el tiempo que vivió en comunión con el escritor. Cuarenta años entregada a un amor desmesurado que solo fue de ella. Y es que, como escribió su gran amigo Jorge Luis Borges: «Felices los amados y los amantes y los que pueden prescindir del amor». Pero Silvina decidió amar a un hombre que sería de muchas. La escritora nunca comprendió el enorme sentimiento que emanaba de ella hacia Bioy, incluso llegó a criar como suya, a la hija extramatrimonial de su esposo.

Mariana Enríquez, investigadora de la vida y obra de Silvina Ocampo, sostiene lo siguiente:
Junto a Bioy Casares formó una pareja muy especial… y abierta. Él tenía muchas amantes. Sin embargo, jamás se separaron, hasta el final fueron lectores el uno del otro (Bioy decía que no publicaba nada sin mostrárselo a Silvina)». Además, era una de las pocas amigas de Borges, a quien solía acompañar al médico y con el que cenaba casi todos los días. El autor de El Aleph admiraba a Silvina (sobre todo como poeta).
También afirma que «fue la cuentista más importante de Argentina. Era intencionalmente secreta y discreta; sus libros de cuentos, en ocasiones surrealistas y muchas veces crueles, no se parecen a nada. Quizá por esa originalidad le costó encontrar lectores. Además era una mujer extravagante: riquísima, de una familia aristocrática, los Ocampo, y sin embargo sumamente austera y sencilla, no tenía vida social, la mayoría de sus amigos eran gays, artistas o gente común».

La obra de Ocampo es reconocida principalmente por su inagotable imaginación y su aguda atención por las inflexiones del lenguaje y los detalles más minuciosos. Dueña de un lenguaje cultivado que sirve de soporte a sus retorcidas invenciones, Ocampo disfraza su escritura con la inocencia de un niño para nombrar, ya sea con sorpresa o con indiferencia, la ruptura en lo cotidiano que instala la mayoría de sus relatos en el territorio de lo fantástico Ocampo destacó también en el campo de la poesía, llegando a recibir el Nacional de Poesía de Argentina, y publicó varias novelas. En 1959, logró el reconocimiento general de la crítica gracias a La furia. Publicó también relatos dentro del género infantil y estrenó una pieza teatral, Los traidores. También habría que destacar sus textos biográficos que recogen toda una época de la literatura argentina, junto a Bioy Casares y Borges.

La poesía de Silvina se destaca por la exaltación de la belleza de elementos naturales, la desilusión, el amor, Sin embargo, poemarios posteriores como Los nombres, Lo amargo por dulce o Amarillo celeste muestran un verso más elaborado y a la vez desinteresado por el clasicismo.

Silvina Ocampo, la cuentista, la poeta, pero sobre todo, «una mujer con un universo propio muy único, sumamente complejo, oscuro y luminoso a la vez», que vivió siempre con el afán de permanecer oculta. Se negaba a dar entrevistas, y a conversar sobre su vida privada y su literatura. A lo que sentenció: “Escribo porque no me gusta hablar, para dejar un testimonio más de la vida o para luchar contra ese exceso de materia que acostumbra a rodearnos. Pero si lo medito un poco, diré algo más banal”, pues en ella había una suerte de opacidad voluntaria. Porque «Silvina hacía lo que quería, vivía como quería y, en su época, necesitaba no ser demasiado pública». Para eso dejó su obra, para trascender más allá de su vida.

Por lo que aquí te dejamos 3 de sus poemas más representativos:

Al rencor

No vengas, te conjuro, con tus piedras; 
con tu vetusto horror con tu consejo;
con tu escudo brillante con tu espejo;
con tu verdor insólito de hiedras.

En aquel árbol la torcaza es mía;
no cubras con tus gritos su canción;
me conmueve, me llega al corazón,
repudia el mármol de tu mano fría.

Te reconozco siempre. No, no vengas.
Prometí no mirar tu aviesa cara
cada vez que lloré sola en tu avara
desolación. Y si de mí te vengas,

que épica sea al menos tu venganza
y no cobarde, oscura, impenitente,
agazapada en cada sombra ausente,
fingiendo que jamás hiere tu lanza.
Entre rosas, jazmines que envenenas,

¿por qué no te ultimé yo en mi otra vida?
Haz brotar sangre al menos de mi herida,
que estoy cansada de morir apenas.

Diálogo

Te hablaba del jarrón azul de loza,
de un libro que me habían regalado,
de las Islas Niponas, de un ahorcado,
te hablaba, qué sé yo, de cualquier cosa.

Me hablabas de los pampas grass con plumas,
de un pueblo donde no quedaba gente,
de las vías cruzadas por un puente,
de la crueldad de los que matan pumas.

Te hablaba de una larga cabalgata,
de los baños de mar, de las alturas,
de alguna flor, de algunas escrituras,
de un ojo en un exvoto de hojalata.

Me hablabas de una fábrica de espejos,
de las calles más íntimas de Almagro,
de muertes, de la muerte de Meleagro.
No sé por qué nos íbamos tan lejos.

Temíamos caer violentamente
en el silencio como en un abismo
y nos mirábamos con laconismo
como armados guerreros frente a frente.

Y mientras proseguían los catálogos
de largas, toscas enumeraciones,
hablábamos con muchas perfecciones
no sé en qué aviesos, simultáneos diálogos.

En tu jardín secreto hay mercenarias

En tu jardín secreto hay mercenarias
dulzuras, ávidas proclamaciones,
crueldades con sutiles corazones,
hay ladrones, sirenas legendarias.

Hay bondades en tu aire, solitarias
multiplican arcanas perfecciones.
Se ahondan en angostos callejones,
tus árboles con ramas arbitrarias.

Alguna vez oí el chirrido frío
de un portón que al cerrarse me dejaba
prisionera, perdida, siempre esclava

de tu felicidad que junto a un río
bajaba entre las frondas a un abismo
de intermitente luz, con tu exorcismo.

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