Concha Urquiza: la poeta mexicana que estuvo entre lo terrenal y lo espiritual | MÁS LITERATURA

Por: Andrea Castillo Pacheco

Concha Urquiza nació en Morelia, Michoacán, el 24 de diciembre de 1910; murió el 20 de junio de 1945. Fue poeta y profesora de Historia y Literatura en San Luis Potosí. Militante del Partido Comunista hasta 1937. Colaboró en Ábside, Aula, Juventud, Labor, Logos, México al Día, Rueca y Saber. Fue considerada por poetas como Gabriel Zaid una de las grandes poetisas mexicanas, después de Sor Juana Inés de la Cruz y considerada por Rosario Castellanos como “la piedra angular del movimiento poético femenino”.

A los 12 años publicó los poemas Tus ojeras y, a los 13, Canto del oro y Conventual, en la Revista de Yucatán y Revista de Revistas. También colaboró en publicaciones como Ábside, Aula, Juventud, Labor, Logos, México al Día, así como Rueca y saber.

Pese a que su obra poética no fue publicada en su momento, parte de ésta se recoge en ediciones póstumas, como en el caso de Antología (1975), Nostalgia de Dios (1987), El corazón preso (1990), Obras: poemas y prosa (1976), Poesías y prosa (1971), Junio de la lluvia (1995) y Concha Urquiza, entre lo místico y lo mítico (2010).

La incesante búsqueda de lo sagrado, lo místico, lo erótico, lo cotidiano, los elementos de la naturaleza, y el amor consagrado ante una divinidad, hacen que el estilo de Concha Urquiza sea inefable, místico e insólito. Su poesía logró la comunión entre el amor y lo religioso, y rebasó los clichés que hay en el mundo femenino con una luminosidad difícil de encontrar en la poesía moderna.

Luz Elena Zamudio Rodríguez destaca en entrevista que la vida y obra de Urquiza estuvo marcada por opuestos, como dice uno de sus versos fue “de contrarios principios engendrada”. Esto, añade, ayudó a realizar nuevas interpretaciones a su poesía y ampliar la mirada de quienes sólo querían resaltar sus textos religiosos.

“Concha Urquiza rebasa los clichés contemporáneos que hay en las mujeres, creo que ella se queda bien como poeta mística y con una gran obra”, señala Vicente Anaya.

Urquiza supo cómo conciliar el erotismo femenino, su deseo y pasión con lo sagrado. Sin titubeos su poesía traspasa los límites de la restricción religiosa sin dejar de lado lo sublime y lo delicado. Sin duda, sus versos emanan un sinfín de misticismo y una gran serenidad.

Aquí te dejamos cinco poemas para adentrarte en el mundo insólito de Concha Urquiza.

Arrepentimiento

Por lo que te he ofendido, dulce cariño mío, 
quiero ser a tu anhelo cual sería el rocío:
tierna, dócil y humilde como el agua que mana
y se ofrece a las llagas de la miseria humana.

Yo enseñaré a mis manos a ser mansas contigo,
tal como las entrañas sonrosadas del higo,
para que te acaricien con tan suave caricia
como la voz del ave de la blanca novicia.

Yo enseñaré a mis plantas a que pisen tan quedo
como el viento que mueve las hojas del viñedo,
ya mis claros cabellos a quebrarse en tus manos
como frágiles tallos de lirios franciscanos.

Apoyaré mis dedos sobre tu excelsa frente
y será mi caricia sosegada corriente
para que fertilice tu pensamiento bello
y haga brillar tus ojos con singular destello.

Seré quieta y humilde como la arena rubia
y rozaré tus labios como agua de la lluvia
para llenar las horas del dulzor de las vidas,
hasta que tú perdones y para siempre olvides.

Aunque tu nombre es tierno como un beso…

Aunque tu nombre es tierno como un beso 
y trasciende como óleo derramado,
y tu recuerdo es dulce y deseado,
rica fiesta al sentido y embeleso;

y es gloria y luz, Amor, llevarlo impreso
como un sello en el alma dibujado,
no basta al corazón enamorado
para alcanzar la vida todo eso.

Ya sólo, Amor, perdido en tus abrazos,
cabe tu pecho detendrá su empeño:
no aflojará las redes y los lazos,

verá la paz ni gozará del sueño,
hasta que tenga paz entre tus brazos
y duerma en el regazo de su Dueño.

6 de julio, 1937

Del ser que alienta y del color que brilla…

Del ser que alienta y del color que brilla 
me separa tu cálida presencia,
clausurando el sentido en la vehemencia.
de una noche sin fondo y sin orilla.

En ella mi tortuosa pesadilla
te confiere su trágica opulencia,
y tórnase inmortal como una esencia,
siendo que eres trivial como una arcilla.

Te he engendrado en mi lumbre y mi universo,
en tu forma plural he proyectado
la queja vaga y el afán disperso.

Dudando está el espíritu sitiado
si eres mi sangre disculpada en verso
o mi dolor en carne figurado.

San Luis Potosí, 7 de julio, 1943

Jezabel

Palidez consumada en el deseo, 
suma de carne transparente y fina,
ya sellada, en profética rutina,
para el soldado y para el can hebreo.

¡Oh desahuciada fiebre, oh devaneo
que oscila como péndulo en ruina,
de un viñedo que el sol mimba y fulmina
a cruenta gloria y militar trofeo!

Horror de pausa y de silencio, acaso
para no conocer turbias carreras
del corazón, hacia el fatal ocaso,

ni sentir que en sus válvulas arteras
se endulza ya la sangre paso a paso
para halagar las fauces de las fieras.

24 de agosto, 1944

Un soñar con el pálido remaje…

Un soñar con el pálido ramaje 
y las llanuras donde cuaja el trigo,
un aspirar a soledad contigo
por los húmedos valles y el boscaje:

un buscar la región honda y salvaje,
un desear poseerte sin testigo,
un abrazado afán de estar conmigo
viendo tu faz en interior paisaje:

tal fue mi juventud más verdadera;
en el clima ideal de tu dulzura
maduró mi divina primavera:

y tuve mi esperanza tan segura,
como que en la hermosura pasajera
se me entregaba, intacta, Tu hermosura.

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