Josefina Vicens: El libro vacío y la amenaza de estar frente a una hoja en blanco | MÁS LITERATURA

Por: Andrea Castillo Pacheco

Josefina Vicens nació en Tabasco el 23 de noviembre de 1911. Además de ser una novelista, periodista, y guionista de cine, también fue activista y feminista. “Aunque algunos estudios vinculan a la autora con La Generación del Medio Siglo debido a sus años de producción, se le considera una escritora inclasificable”, sostiene Velia Salas.

A pesar de que Vicens fue una mujer autodidacta, no sólo tuvo acceso a los libros en su ámbito familiar; sino que también adquirió una gran voluntad para aprender de su experiencia vital y establecer diversos vínculos con la cultura y la lectura. A lo que ella misma afirmó:

“Tiempo después fui a clases universitarias, de oyente: a las de Edmundo O’Gorman (filosofía de la historia), a las de Sergio Fernández (literatura)… Mi cultura se concreta a lo que he leído, a lo que he observado, a lo que he vivido. Yo me considero una persona culta, pero por la vida, por lo que he leído. En la vida aprende uno mucho y hay diferentes accesos a la cultura, por lo académico o por lo vital, lo que a uno le va enseñando la vida”.

A pesar de su poca preparación académica, Josefina Vicens supo desarrollarse en el ámbito literario con una astucia inefable, pues escribió de una manera pulcra, sutil y firme. A través de sus novelas, con un estilo muy propio que la caracterizó por un gran ingenio, supo unir una delicadeza casi imperceptible con el mando, la rebeldía y la tenacidad con la que se mostraban sus personajes femeninos para afrontar la vida, y manifestar sin temores ni delicadezas, sus deseos y pensamientos. Además, Vicens ejerció tanto en sus novelas como en sus artículos periodísticos, una crítica al ámbito social que reprime la libertad de las mujeres y en donde el machismo y la moral siguen inscritos en una sociedad patriarcal.

Josefina Vicens también se relacionó con el séptimo arte, aunque no de una manera sumamente estrecha como lo hizo con sus novelas. A pesar de ello, anunció haber escrito más de noventa guiones en toda su vida y estos representaron su mayor fuente de sustento y de reconocimiento; sin embargo, para ella el trabajo colectivo que implicaba la realización de sus guiones nunca fue tan satisfactorio como el trabajo y reto individual que implicaban sus narraciones, por eso mismo, nunca quiso denominarse “guionista” y prefería considerarse “escritora”.

Una de sus novelas más representativas y que le valió el Premio Javier Villaurrutia fue El libro vacío, publicada en 1958. Obra orientada al existencialismo francés. No obstante, lo que llamó más la atención de la crítica literaria fueron los tópicos tratados, como el ser mexicano o el papel de la mujer; algunos autores afirman que en su obra se presentan mujeres según el prototipo de la época: abnegada pasiva, dependiente del hombre y sin un desarrollo profesional. Sin embargo, otra perspectiva es que la esposa de José García no sólo representa sabiduría, fortaleza y estabilidad: además de ser quien toma las decisiones importantes en la familia, es también una figura que no está peleada con su medio.
Pero la novela va más allá; en palabras de la autora, “El libro vacío aborda el problema de escribir y el de no escribir, es una escritura sobre la escritura misma, donde la narración crítica se impone y subordina la anécdota”.

La novela presenta a José García, un escritor con una recurrente necesidad de escribir pero frustrado por no saber cómo hacerlo. Acosado por la fatalidad obedece el mandato interior que lo martiriza de la primera a la última página del texto. Su vida insignificante de empleado en una oficina sumergida en una monotonía asfixiante conmueve al lector, al reconocerse este en sus reflexiones.

La novela se transforma en una meditación -que rebasa al protagonista-, al oscuro acto de escribir. La escritura se plasma como personaje central. Pues se presenta la dificultad de mostrarse frente a una página en blanco, acerca de una urgencia de llenarla más allá de otra consideración. La amenaza de qué contar y cómo hacerlo, se presentan como una complejidad en donde el vacío es inevitable y acecha al escritor como una sombra a la que se le da la espalda, aunque estemos ciertos de que todos lo padecemos.

Infortunadamente, El libro vacío como Los años falsos, sus dos únicas novelas, nunca han tenido la recepción adecuada. Adriana Gutiérrez afirma que esto se debe en buena medida, “por lo inclasificable de la autora en los diversos grupos literarios de su época y por la dificultad de trazar claramente una genealogía que motive ambas novelas. La imposibilidad de afiliar a la obra y a la autora ha contribuido a su olvido. Incluso El libro vacío fue olvidado unos años después de su consagración, lo que se reflejó en la falta de estudios críticos hasta los años ochenta, así como en el hecho de que no se reeditó sino hasta 1978. Sin embargo, cuando regresó el interés por la novela fue con otros enfoques críticos de gran relevancia, como el del lenguaje y la escritura misma”. Vicens requiere un lugar sólido en la narrativa mexicana.

Y si bien solo publicó dos libros, su desempeño de luchadora fue recurrente y significativo. En palabras de Alice Pettersson, “lo hizo, por ejemplo, en favor de las mujeres, primero las campesinas, para luego extenderse en otras direcciones alrededor del trato desigual. Y ello la condujo a apoyar con entusiasmo el ingreso al mundo de las letras de nuevas escritoras. Es necesario valorar que Josefina Vicens, a pesar de su breve carrera literaria, supo prodigarse en un rumor envolvente y seco a la vez, sin el oropel de los adornos. Sin hacer alarde de su intimidad que sabiamente se reservó. Con la delicadeza y la sutileza de una escritura que sólo su ingenio supo crear.

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