Alfonsina Storni: el modernismo literario a través del feminismo | MÁS LITERATURA

Por: Andrea Castillo Pacheco

Alfonsina Storni nació el 29 de mayo de 1892, en Capriasca, Suiza. A los cuatro años emigró con sus padres a Argentina. Su infancia estuvo marcada por la pobreza, la violencia y el alcoholismo de su padre. Su madre, para sobrevivir, trabaja ocasionalmente como actriz.

Mientras que Storni trabaja como obrera en un taller de confección. Hasta que se incorpora al teatro donde trabajará con cierta frecuencia, pero el teatro la desilusiona y comienza sus estudios. Aunque no será una estudiante feliz, sus complejos e inseguridades la convertirán en una mujer solitaria y hermética.

Storni queda embarazada de un hombre mucho mayor que ella, la espera de un hijo le cambiará la vida y decide convertirse en escritora, y como ella dice “escribo poesía para no morir”. O más bien para escapar de una vida solitaria que siempre la acechó.

Su poesía es muy clara y concreta: una mirada hacia su condición femenina, a su independencia, a la emancipación de la mujer, una crónica amarga de sus luchas, un testimonio de anhelos frustrados, y un desamparo sórdido y lúgubre.

Sus dos primeros poemarios: La inquietud del rosal y el dulce sueño, son obras amargas, llenas de rebeldía y orgullo (“hay demasiado orgullo en mí para someterme”, dice hablando de los hombres), del dolor de su propia existencia. Son obras de un romanticismo tardío, con insistente terquedad y la libertad del modernismo; aunque de un modernismo visto a través de una óptica muy personal.

Su poesía está llena de un enorme sentimentalismo, donde el amor no se concreta, se extingue o se transforma. Canta a la nostalgia de los recuerdos, reclama por lo anhelado y sobre todo, manifiesta una soledad tan desolada, una soledad ya sin vida.

También escribe Poemas de amor (1926) un libro vigoroso y lleno de sugerencias, con un tono sencillo y escueto del que algún crítico dice que es “eminentemente masculino” y en el que da la sensación de que al mismo tiempo que explora un estilo nuevo se busca a si misma de alguna manera, se prepara para la madurez y la muerte.

“Alfonsina, siempre reconoció ser una mente varonil encerrada en un cuerpo de mujer a la que le dolió haber nacido mujer. A pesar de los desengaños amorosos que sufrió, de considerar el sexo un estigma, de su nerviosismo hasta la paranoia y de las depresiones que padeció, dedicó su existencia a luchar contra las desventajas y discriminaciones de las mujeres con una prolífica obra como escritora y también como periodista”

“En la obra Tú me quieres blanca expresa su descontento con el hombre hispanoamericano que quiere que las mujeres sean puras. O en Hombre pequeñito habla sobre la prisión que la mujer puede sentir por las relaciones con los hombres. Storni habló en nombre de muchas mujeres al sugerir que las relaciones entre hombres y mujeres fueran intelectuales y más equilibradas. Instó al gobierno a otorgar el voto a las mujeres y escribió artículos y ensayos sobre los derechos de las mujeres”.

Su rebeldía contra la opresión de la mujer fue personal y política a través de su literatura y también de su activismo. Participó en la defensa del derecho al voto de la mujer argentina y en campañas a favor de la educación sexual en las escuelas. Practicó el amor libre sin temor a ser juzgada, y deseaba que todas las mujeres lo hicieran sin la crítica de la sociedad por medio de los prejuicios y estereotipos sociales.

En el verano de 1935 Alfonsina descubrió que tenía cáncer de mama. Fue operada y, aunque se pensaba que era un tumor benigno, en realidad tenía ramificaciones, por lo que la mastectomía le dejó grandes cicatrices físicas y emocionales.

Si Alfonsina siempre había sufrido de depresión, neurosis, paranoia y ataques de nervios, los síntomas de enfermedad mental se recrudecieron y se recluyó, su aislamiento se profundizó hasta el grado de que no permitía que su hijo se acercara a ella, mucho menos las pocas amistades que tenía. En 1938 el cáncer había llegado hasta su garganta. Por lo que el 18 de octubre tomó un tren a Mar del Plata y se quedó en un pequeño hotel. Escribió el poema “Me voy a dormir” el 20 de octubre, y el día 22 lo envió a la redacción de La Nación. Mientras el público leía su poema, ella se suicidó en la playa La Perla en Mar del Plata en la madrugada del 25 de octubre, cuando tenía 46 años.

Sin duda, Alfonsina Storni, sigue siendo una de las figuras líricas más representativas de la poesía modernista que no solo manifestó un profundo sentimentalismo a través de su poesía, sino que ejerció una crítica hacia los prejuicios sociales a los que las mujeres eran sometidas además de reclamar por sus derechos. Una escritora que estuvo marcada por la soledad y la tragedia, sin dejar de lado la rebeldía y la tenacidad.

Aquí compartimos cuatro poemas que demuestran el feminismo de Alfonsina Storni a través de su poesía.

La loba

Yo soy como la loba.
Quebré con el rebaño
Y me fui a la montaña
Fatigada del llano.


Yo tengo un hijo fruto del amor, de amor sin ley,
Que no pude ser como las otras, casta de buey
Con yugo al cuello; ¡libre se eleve mi cabeza!
Yo quiero con mis manos apartar la maleza.

Mirad cómo se ríen y cómo me señalan
Porque lo digo así: (Las ovejitas balan
Porque ven que una loba ha entrado en el corral
Y saben que las lobas vienen del matorral).

¡Pobrecitas y mansas ovejas del rebaño!
No temáis a la loba, ella no os hará daño.
Pero tampoco riáis, que sus dientes son finos
¡Y en el bosque aprendieron sus manejos felinos!

No os robará la loba al pastor, no os inquietéis;
Yo sé que alguien lo dijo y vosotras lo creéis
Pero sin fundamento, que no sabe robar
Esa loba; ¡sus dientes son armas de matar!

Ha entrado en el corral porque sí, porque gusta
De ver cómo al llegar el rebaño se asusta,
Y cómo disimula con risas su temor
Bosquejando en el gesto un extraño escozor…

Id si acaso podéis frente a frente a la loba
Y robadle el cachorro; no vayáis en la boba
Conjunción de un rebaño ni llevéis un pastor…
¡Id solas! ¡Fuerza a fuerza oponed el valor!

Ovejitas, mostradme los dientes. ¡Qué pequeños!
No podréis, pobrecitas, caminar sin los dueños
Por la montaña abrupta, que si el tigre os acecha
No sabréis defenderos, moriréis en la brecha.

Yo soy como la loba. Ando sola y me río
Del rebaño. El sustento me lo gano y es mío
Donde quiera que sea, que yo tengo una mano
Que sabe trabajar y un cerebro que es sano.

La que pueda seguirme que se venga conmigo.
Pero yo estoy de pie, de frente al enemigo,
La vida, y no temo su arrebato fatal
Porque tengo en la mano siempre pronto un puñal.

El hijo y después yo y después… ¡lo que sea!
Aquello que me llame más pronto a la pelea.
A veces la ilusión de un capullo de amor
Que yo sé malograr antes que se haga flor.

Yo soy como la loba,
Quebré con el rebaño
Y me fui a la montaña
Fatigada del llano.

Tú me quieres blanca

Tú me quieres alba, 
me quieres de espumas, 
me quieres de nácar. 

Que sea azucena 
Sobre todas, casta. 
De perfume tenue. 
Corola cerrada . 

Ni un rayo de luna 
filtrado me haya. 
Ni una margarita 
se diga mi hermana. 
Tú me quieres nívea, 
tú me quieres blanca, 
tú me quieres alba. 

Tú que hubiste todas 
las copas a mano, 
de frutos y mieles 
los labios morados. 
Tú que en el banquete 
cubierto de pámpanos 
dejaste las carnes 
festejando a Baco. 
Tú que en los jardines 
negros del Engaño 
vestido de rojo 
corriste al Estrago. 

Tú que el esqueleto 
conservas intacto 
no sé todavía 
por cuáles milagros, 
me pretendes blanca 
(Dios te lo perdone), 
me pretendes casta 
(Dios te lo perdone), 
¡me pretendes alba! 

Huye hacia los bosques, 
vete a la montaña; 
límpiate la boca; 
vive en las cabañas; 
toca con las manos 
la tierra mojada; 
alimenta el cuerpo 
con raíz amarga; 
bebe de las rocas; 
duerme sobre escarcha; 
renueva tejidos 
con salitre y agua: 

Habla con los pájaros 
y lévate al alba. 
Y cuando las carnes 
te sean tornadas, 
y cuando hayas puesto 
en ellas el alma 
que por las alcobas 
se quedó enredada, 
entonces, buen hombre, 
preténdeme blanca, 
preténdeme nívea, 
preténdeme casta. 

Van pasando las mujeres

Cada día que pasa, más dueña de mí misma, 
sobre mí misma cierro mi mirada interior;
en medio de los seres la soledad me abisma.
Ya ni domino esclavos ni tolero señor.

Ahora van pasando mujeres a mi lado
cuyos ojos trascienden la divina ilusión.
El fácil paso llevan de un cuerpo aligerado:
se ve que poco o nada les pesa el corazón.

Algunas tienen ojos azules e inocentes;
van soñando embriagadas, los pasos al azar;
la claridad del cielo se aposenta en sus frentes
y como son muy finas se les oye soñar.

Sonrío a su belleza, tiemblo por sus sueños;
el fino tul de su alma, ¿quién lo recogerá?
Son pequeñas criaturas, mañana tendrán dueños,
y ella pedirá flores..., y él no comprenderá.

Les llevo una ventaja que place a mi conciencia:
los sueños que ellas tejen no los supe tejer,
y en mis manos ignorantes no perdí mi inocencia.
Como nunca la tuve, no la pude perder.

Nací yo sin blancura; pequeña todavía
el pequeño cerebro se puso a combinar;
cuenta mi pobre madre que, como comprendía,
yo aprendí temprano la ciencia de llorar.

Y el llanto fue la llama que secó mi blancura
en las raíces mismas del árbol sin brotar,
y el alma está candente de aquella quemadura.
¡Hierro al rojo mi vida! ¿Cómo pude durar?

Alma mía, la sola; tu limpieza, escondida
con orgullo sombrío, nadie la arrullará;
si en música divina fuera el alma dormida,
el alma, comprendiendo, no despertara ya.

Tengo sueño mujeres, tengo un sueño profundo.
Oh, humanos, en puntillas el paso deslizad;
mi corazón susurra: me haga silencio el mundo,
y mi alma musita fatigada: ¡callad!...

Las grandes mujeres

En las grandes mujeres reposó el universo. Las consumió el amor, como el fuego al estaño, a unas; reinas, otras sangraron su rebaño. Beatriz y Lady Macbeth tienen genio diverso. 

De algunas, en el mármol, queda el seno perverso. Brillan las grandes madres de los grandes de antaño. Y es la carne perfecta, dadivosa del daño. Y son las exaltadas que entretejen el verso. 

De los libros las tomo como de un escenario fastuoso -¿Las envidias, corazón mercenario? Son gloriosas y grandes, y eres nada, te arguyo. 

-Ay, rastreando en sus alas, como en selvas las lobas, a mirarlas de cerca me bajé a sus alcobas y oí un bostezo enorme que se parece al tuyo. 

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