Constantino Cavafis: el poeta simbolista que unifica las palabras con las cosas | MÁS LITERATURA

Por: Andrea Castillo Pacheco

El 29 de abril de 1863 nació uno de los poetas griegos más emblemáticos del siglo XX, y uno de los mayores exponentes del renacimiento de la lengua griega moderna.

La obra de Cavafis, desde sus inicios, fue alimentada por la lectura de parnasianos y simbolistas franceses, esto hizo que su poética se considerara madura, exigente, pulcra, habitada por una refinada cultura grecolatina y una subyacente ironía.

Sus versos han sido corregidos sin cesar hasta llegar a la perfección (algunos poemas fueron elaborados por espacio de diez años). Además, su obra consta de ciento cincuenta y cuatro poemas que consideró acabados y forman la edición canónica, más cierto grupo de otras composiciones que, a su juicio, no habían encontrado todavía su forma definitiva.

Interesado por la historia, Cavafis compuso con frecuencia poemas sobre grandes momentos históricos y su decadencia, como el famoso Esperando a los bárbarosEl dios abandona a Antonio o Ítaca, algunas de cuyas frases han pasado a ser proverbiales. También son muy leídos hoy sus poemas homoeróticos, que cantan las excelencias sensuales del amor furtivo, como “Recuerda, cuerpo…”.

Los mejores poemas de Cavafis concentran la experiencia humana de una forma intemporal y, por ello, ha influido notablemente a autores de la poesía de la experiencia, como Jaime Gil de Biedma.

Asimismo, su poesía demuestra que, como creían los antiguos griegos, la historia es cíclica, e insufla los sentimientos de la nostalgia y del miedo a lo desconocido en sus evocaciones. Por tanto, sus versos poseen el secreto de recrear la atmósfera cotidiana de los tiempos ya pasados.

En cuanto a sus poemas homoeróticos, se asoma la flaqueza y la debilidad que acecha en los peores momentos, la atracción sexual intensamente física ligada muchas veces al cristiano, el sentimiento de culpa y la impotencia ante el paso del tiempo.

El estilo de Constantino Cavafis rehúye conscientemente a la retórica, pero muestra un distanciamiento grave e inteligente, solemne e irónico a la vez. Por sus poemas desfilan jóvenes chaperos que son ingenuos y deseables; personajes históricos contemplados en sus momentos de mayor humanidad, personas anónimas de la calle y objetos vulgares y corrientes que, de pronto, adquieren un profundo valor simbólico, como las velas encendidas y apagadas que representan el curso de la vida. También se asoma el pasado con nostalgia: los viajes se recuerdan y se configuran en imágenes estéticas y apacibles, y las ciudades se vuelven baúles de innumerables historias.


En palabras de José Férez: “la vida de este poeta es una manifestación de similitudes que permanecen plasmadas en sus líneas; esboza lo negativo de la Edad Media de la misma forma que satiriza al clasicismo o dice con toda claridad sus deseos carnales. La poesía ha dejado de ser la prosa del mundo: las semejanzas engañan puesto que llevan a la visión y al delirio y las cosas permanecen obstinadas en su identidad irónica: no son más de lo que son; las palabras vagan a la aventura, sin contenido, sin semejanza al mundo para hacerse vivir; ya no marcan las cosas, duermen entre las hojas de los libros en medio del polvo.

Cavafis es uno de los intentos más logrados de reunificar palabras y cosas.
Una vez desatada la similitud que separaba las cosas y las actitudes de las palabras que les nombran, sale a flote la verdadera experiencia que será la misma en la vida que en la obra; y es por eso que seguramente, se le menciona en su época en voz baja; siendo de esta manera comentado exclusivamente por lo que dice, llamado osadía su lenguaje cuando es precisamente lo contrario: tomar las cosas y las personas por lo que son, reconoce a los amigos de la misma forma que ignora a los extraños, sin tratar de enmascarar actitudes ni sublimizar valores; para él, verdaderamente, los oropeles no hacen al rey ni los gestos al héroe”.

Bajo los signos establecidos de la mitología y a pesar de ellos, Cavafis escucha otro mensaje, más profundo, que recuerda el tiempo en que las palabras brillaban universalmente porque enunciaban las cosas: borra de su lenguaje la distinción de los signos y logra lo que tan difícil resulta para quien escribe: hacer soberano lo que es, tal como es. Las palabras no se someten a su interlocutor, deben estar destinadas a crear en suma libertad, sin restricciones ni obligación. Mientras que el significado es y será con valor.

Pues Cavafis nos dejó algo muy claro: de nada sirven símbolos ni signos convertidos en palabras si describen vaguedades; no hay cosas ni personas que necesiten de un cúmulo de palabras para ser descritas; hay una unión verdadera de lo que es y lo que se enuncia; nada se oculta ni de nada se hace alarde. Todo se resume en una actitud sencilla de escribir el mundo; de hacer de la poesía la verdadera literatura.

Deseos

Como cuerpos hermosos de muertos sin vejez
encerrados, con lágrimas, en bellos mausoleos,
rosas a la cabeza, jazmines a sus pies—
así parece ser que se pasaron los deseos,
sin ser cumplidos nunca, sin apenas merecer
una noche de goce, ni su claro amanecer.

Monotonía

A un día monótono, después
le sigue otro monótono, inmutable. Pasarán
las mismas cosas, que suceden otra vez.
Momentos similares nos encuentran y se van.

Un nuevo mes trae el mes que ha transcurrido.
Se puede fácilmente adivinar qué nos espera:
igual que ayer será, lo mismo de aburrido.
Y así el mañana es como si mañana ya no fuera.

La ciudad

Dijiste: «Marcharé a otra tierra, marcharé a otro mar.
Habrá de hallarse en algún sitio una ciudad mejor.
Mas cada intento mío está condenado al error;
sepulto —como muerto— el corazón.
Y cuánto va a durar mi mente en esta confusión.
Dondequiera que mire, que vuelva mis ojos,
solo veo aquí de mi vida los despojos,
y tantos años que pasé y perdí en este lugar».

Lugares nuevos no hallarás, no hallarás otros mares.
La ciudad irá tras de ti. En sus calles pasearás,
las mismas, y en los mismos barrios envejecerás,
se te verá en estas casas acabarte.
Y siempre llegarás a esta ciudad. Para otra parte
—no esperes— no hay barco ya, ni senda para ti.
Lo mismo que tu vida la perdiste aquí,
en esta esquina, la perdiste en todos los lugares.

En lo posible

Y si no puedes disponer tu vida como quieres
esto procura al menos conseguir
en lo posible: no vayas a ensuciarla
al frecuente contacto con el mundo,
con charlas y negocios por doquiera.

No vayas a ensuciarla traslandándola,
rondando sin cesar y exponiéndola
a la vulgar locura cotidiana
de tanta relación y compañía
hasta que se convierta en una extraña intrusa.

Ítaca

Cuando emprendas tu viaje a Ítaca
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.
No temas a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al colérico Poseidón,
seres tales jamás hallarás en tu camino,
si tu pensar es elevado, si selecta
es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.
Ni a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al salvaje Poseidón encontrarás,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no los yergue tu alma ante ti.

Pide que el camino sea largo.
Que muchas sean las mañanas de verano
en que llegues -¡con qué placer y alegría!-
a puertos nunca vistos antes.
Detente en los emporios de Fenicia
y hazte con hermosas mercancías,
nácar y coral, ámbar y ébano
y toda suerte de perfumes sensuales,
cuantos más abundantes perfumes sensuales puedas.
Ve a muchas ciudades egipcias
a aprender, a aprender de sus sabios.

Ten siempre a Ítaca en tu mente.
Llegar allí es tu destino.
Más no apresures nunca el viaje.
Mejor que dure muchos años
y atracar, viejo ya, en la isla,
enriquecido de cuanto ganaste en el camino
sin aguantar a que Ítaca te enriquezca.

Ítaca te brindó tan hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene ya nada que darte. Aunque la halles pobre, Ítaca no te ha engañado.
Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,
entenderás ya qué significan las Ítacas.

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